Mostrando entradas con la etiqueta mediterráneo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mediterráneo. Mostrar todas las entradas

16 de enero de 2015

Marsella, sus alrededores... y la huelga del jabón

Puede que ya haya mencionado de pasada en el blog que el verano parisino es muy inestable (tanto, que a veces ni hay). Es por esto que los habitantes de la capital huyen en agosto hacia tierras más cálidas (digo yo). Como resultado tenemos un mes de agosto desierto: muchísimos comercios cerrados, las calles vacías, el metro con asientos libres, autobuses con menos frecuencia... Vamos, que da gusto estar en París, sin atascos, ni gente estresada, etc., sobre todo la semana alrededor del 15 de agosto, ya que muchos utilizan esta fiesta para coger puente. Este año, sin embargo, me uní a la moda del puente del 15 de agosto. Sin pensar en las consecuencias, claro está.

Hartos de ver pasar los días de verano sin poder utilizar las sandalias, nos cogimos un tren que nos llevara a Marsella. Allí habíamos reservado un Bed&Breakfast para la primera noche. Al día siguiente, cómo no, nos iríamos a recorrer la costa un poco a lo loco. ¿Quién necesita organizar un viaje cuando lleva una tienda de campaña y ha alquilado un coche? Pues la primera en la frente: las agencias pedían un ojo de la cara por alquilar durante 3 días... Lo bueno es que fue así como descubrimos el alquiler a particulares. Esta opción nos salió mucho más barata, pero como lo reservamos todo a última hora, apenas quedaban coches libres... ¡¿Qué hacemos?! Pues solicitar todos los coches y el primero que nos responda, lo aceptamos. Fue así que alquilamos una furgoneta de mudanzas. Ideal para una escapadita de fin de semana romántico.

Una vez conseguimos transporte para movernos a nuestras anchas por allí, descartamos la idea de reservar hoteles/albergues o sucedáneos: nos sale mejor de precio comprar una tienda de campaña e ir de cámping. Dicho y hecho. Tienda de campaña y mochilas en mano, nos subimos al tren. Previmos un montón de artefactos útiles en caso de no encontrar cámpings: gel desintoxicador para las manos (por si no podemos lavárnoslas antes de comer o después de hacer pipí), sacos de dormir (por supuesto, nos olvidamos de las esterillas), gran cantidad de botellas de agua (para beber y asearnos, en caso necesario), rollos de papel higiénico en abundancia (por si la necesidad aprieta lejos de la civilización), etcétera.

Llegamos a Marsella. Magnífico Bed&Breakfast y paseíto por el paseo marítimo acompañados de nuestras chaquetas (¿quién nos dijo que en el sur hacía calor?). Vimos la catedral y rodeamos el puerto. Al día siguiente fuimos a recoger nuestra furgo, que fue el origen de grandes momentos de risa (imaginaos el panorama... eso sí, detrás nos cabía todo, ¡menudo maletero!), y después decidimos visitar la basílica de Notre-Dame de la Garde. Lo mejor de subir hasta ahí, además de la basílica en sí misma, son las vistas. Al bajar, nos pusimos rumbo a las calanques (o calas) para disfrutar de un poquito de playa.

Vista de Marsella desde las alturas de la basílica de Notre-Dame
Si tenéis pensado ir al sur de Francia, las calanques son un lugar que no os podéis perder, claro. Son calas repartidas por la costa azul, cuyo contraste blanco (por las rocas) - azul (por el mar) me pareció precioso. Algunas son de fácil acceso (las más turísticas) y para otras es necesario andar un poquito (o a veces un muchito). No recuerdo el nombre de aquellas en las que estuvimos (da un poco igual, son todas muy chulas), pero sí os puedo aconsejar tener cuidado si vais a hacer pis por los montes de al lado... (esta historia la contaré otro día, no es apta para niños). Estuvimos en una de estas calas hasta entrada la tarde. El agua invitaba a bañarse pero su temperatura no, por lo que preferimos tomar el sol en las rocas. Nuestro plan de visitar otras calas se fue apagando a la velocidad de la puesta de sol: había que encontrar un lugar para dormir antes de que eso ocurriera. Así que pusimos rumbo a Cassis, un pueblo muy bonito donde al día siguiente podríamos disfrutar de más calas. Conforme el reloj avanzaba, la tranquilidad de las vacaciones iba siendo remplazada por el nerviosismo de dónde caernos muertos. Menos mal que en el pueblo había un cámpig...

...Lleno, por supuesto. Claro, ¿quién necesita organizar un viaje cuando lleva una tienda de campaña y ha alquilado un coche? Pues todo el mundo si la fecha gira en torno al 15 de agosto. Oh, oh. Así que nada, ¡a la aventura! Por suerte encontramos un campo de olivos frente a unas viviendas, junto a la carretera pero oculto por arbustos. ¡Perfecto lugar para pernoctar! Como buenos campistas, preguntamos a los vecinos de las casas si podíamos acampar en su campo, que resulta que no era suyo pero nos dijeron que no nos preocupáramos, que no llamarían a la policía. Terminamos de montar la tienda justo antes de que cayera la noche, y para entonces unos alemanes se habían unido a nuestro campamento. Lo malo de acampar fuera de un cámping es que no puedes irte y dejar la tienda ahí abandonada, así que en lugar de un paseo nocturno por el pueblo, nos fuimos a dormir pronto (yo haciendo como si no supiera que había arañas saltadoras en los arbustos de al lado...). Oh, oh: nos habíamos olvidado las esterillas, y la tierra estaba tan dura que hasta había formado piedras de tierra... No hay dolor, somos jóvenes. Oh, oh: también nos habíamos olvidado... la linterna. Los vecinos han sido tan majos antes... ¿Y si les pedimos una linterna? Volvimos a llamar a su puerta y, sin ninguna vergüenza (bueno sí, mucha, ¿pero qué opción teníamos?) pedimos una linterna que muy amablemente nos prestaron.

Cuando amanecimos a la mañana siguiente los alemanes ya se habían ido, y es que a quien madruga... no lo achicharra el sol. Tras una noche de frío (por haber olvidado las esterillas), dolor de espalda (por lo mismo) y calor infernal (porque el sol llevaba en pie desde las 5 a.m.) nada nos podría haber reconfortado tanto como una buena ducha... que no pudimos darnos. ¿Qué más da? Nos bañamos luego en el mar. Visitamos el pueblo, que es bastante chulo, y descansamos al sol en una calanque preciosa (sí, habéis leído bien: "descansamos", el agua no estaba como para bañarse...). El viaje continuaba rumbo a La Ciotat, que también me encantó. Nos "perdimos" por sus calles disfrutando del calorcito y el sol. Entre ambos pueblos hay una ruta que no pudimos hacer por exceso de viento, pero aun por la carretera menos bonita, los paisajes fueron increíbles.

                       

La Ciotat se parecía a Cassis (pueblo mediterráneo, colores marrones y amarillos, sol, vacaciones...) sobre todo por una cosa: la historia se repetía, los cámpings estaban llenos. El problema es que esta vez no encontramos ningún lugar escondido donde instalarnos. Puesto que teníamos aún bastante tiempo, continuamos hasta el siguiente pueblo, esperando encontrar allí un lugar donde pasar la noche. Saint-Cyr-sur-Mer, además de ser un pueblo demasiado turístico, también tenía un cámping (completo). La buena noticia es que sí encontramos un lugar donde acampar, pero por estar un poco más aparente que el de la noche anterior, decidimos esperar a que se hiciera de noche para montar el chiringuito (total, ya lo habíamos hecho una vez, y además con muy buenos resultados). [Inciso: la verdad es que también habíamos encontrado un campamento de gitanos nómadas con sus furgones pero nos pareció mal acoplarnos. Aunque cada vez que volvíamos a pasar junto a ellos se convertía en una opción más atractiva. Fin del inciso]. Nos engalanamos (aquella noche estábamos de celebración), o al menos todo lo que se pueden engalanar dos personas que no se han duchado en día y medio y tienen sus pertenencias en mochilas en el maletero de una furgoneta de trabajo, y salimos a pasear y cenar por el centro. Por supuesto, a la hora de ir a dormir, no teníamos fuerzas para montar la tienda...

Así que aparcamos el coche en una colina, junto a unas casas muy monas. ¿Para qué montar la tienda si en este enorme maletero caben 2 personas? Pues porque el maletero tenía unas protuberancias que imposibilitaban pasar la noche... ¡A los asientos delanteros se ha dicho! Un par de toallas colgadas para que no se nos vea a través del parabrisas y las ventanas... se reclinan un poco los asientos (poco, porque no daban más de sí)... unos malabarismos para hacer pipí antes de dormir que tuvieron fatales consecuencias para mi pantalón "de gala"... (una vez te instalas y has visto a un zorro en el bosque de enfrente, prefieres no ir muy lejos...), unas risotadas y unos rezos para no morir ahogados durante la noche por el mal olor... (dos días sin duchar) ¡Y a dormir!







¿Se duerme bien en un coche? Bueno... ¿Pasamos tanto frío como la noche anterior? No. ¿Nos dolió la espalda como la noche anterior? Sí. Pero ya estábamos listos para retomar la ruta, porque no nos habíamos puesto ni el pijama. Cansados de ese mar que invitaba a pasar el día a remojo pero que te cortaba la circulación en cuanto metías el dedo gordo del pie, preferimos ir a visitar los pueblos del interior. Ale, ¡carretera y manta! Así es como descubrimos La Cadière-d'Azur, que ¡me encantó!, y Le Castellet, que también me encantó pero un poquito menos que el anterior. La Cadière es un pueblo precioso y con muchas cuestas. Está fortificado sobre una colina desde la que se puede ver el mar y al principio nos pareció un pueblo bastante grande, pero después descubrimos que era porque habíamos aparcado abajo del todo (en fin...). Le Castellet también es muy bonito y está construido sobre una colina. Esta vez no nos equivocamos en el aparcamiento, porque el acceso al pueblo en coche está prohibido. Tienen un párking para los turistas y, si eres un poco más espabilao y tienes suerte, puedes aparcar en los alrededores gratis. Pero... ya iba siendo hora de volver. Deshicimos el camino de la ida con un pequeño cambio: para ir de La Ciotat a Cassis cogimos la ruta de las Crestas (route des Crêtes), que es la carretera por la que no pudimos ir en un primer momento por exceso de viento. Subía muy alto por curvas a veces bastante cerradas... pero las vistas merecen la pena. Cada pocos metros bajábamos del coche para disfrutar del paisaje, hacernos unas fotos en el que oímos decir era el acantilado más alto de Europa y ver los dos pueblos, uno a cada lado de la montaña.

                         
                                     La Ciotat a un lado...
... y Cassis al otro
Fue un viaje poco higiénico, todo hay que decirlo. Así que por una parte, "menos mal" que estuvimos pocos días... Lo bueno de ir más tiempo es que la zona merece la pena ser recorrida. Eso sí, no vayas para el puente de agosto.

Nota: si se va un poco más al interior, también se puede disfrutar de la visita a numerosos viñedos y aprovechar para hacer una degustación de vino... o para robar un racimo de uvas (y que con un poco de suerte no estén ácidas).

16 de junio de 2014

Croacia, ese gran desconocido (para mí)

Este ha sido mi último viaje. La elección fue simple: quería un país al sur, con sol, playa y precios baratos. Hasta ahora nunca me lo había planteado, aunque últimamente la gente me había hablado muy bien de este destino. Y Ryanair hizo el resto... un vuelo de ida y vuelta a 65€ y 4 días bien acompañada para un viajecito en plan relax y en amoureux.

Croacia mola mucho. Antes de ir miré algunas fotos en google y flipé. Pero ¡nada que ver con la realidad! Lo bueno de irte de viaje sin saber qué te vas a encontrar es eso, que lo te encuentras suele ser mucho mejor de lo que hubieras imaginado. En mi ignorancia, desconocía completamente que Croacia tuviera tanta historia romana y unos paisajes tan idílicos. Por desgracia no tuvimos tiempo de descubrir mucho: un presupuesto ajustado y un fin de semana largo no dan para más, pero aun con todo ¡no paramos! En 4 días vimos 3 ciudades y sin estresarnos en absoluto. ¿Cómo es posible? El secreto está en el tamaño:

Pula, capital de la región de Istria y ciudad en la que dormimos, se ve en 2 o 3 horas. No miento. Bueno, si entras a ver los monumentos y museos, tal vez necesites un poco más. La primera noche que pasamos allí lo vimos todo, aun sin saberlo. Fue a la mañana siguiente cuando, guía y mapa en mano, nos dimos cuenta de que la ciudad ya no escondía secretos para nosotros. Eso sí, vimos el anfiteatro con todas las luces del día. Cuando más me gusto fue al atardecer. ¡Qué atardeceres tiene Croacia! Aquí os dejo una humilde muestra, ya que mi talento fotográfico y mi cámara de fotos con la pantalla rota no dieron para más:


Rovinj y Poreč, las otras dos ciudades que vimos, son increíbles pero increíblemente pequeñas. Esto nos pilló de sorpresa y aprovechamos el mismo día para ver las dos. Rovinj ha sido la que más me gustó.

Arquitectura de "casas viejas"



Tiene una arquitectura de "casas viejas" como a mí me gusta y unas vistas preciosas. Además, antes de llegar a Croacia no sabíamos qué ciudades visitar...






Rovinj desde el aire (gracias Google por esta foto)



Pero Rovinj la vimos desde el avión y una vez en Pula la describimos y preguntamos qué ciudad era. El promontorio molón se conoce como "ciudad roja", y nos bañamos justo a los pies de la iglesia que está en el centro (y que se llama Santa Eufemia). Sí, sí, justo ahí donde la flecha.




Poreč también es muy bonita e igualmente pequeña. Es conocida por su Basílica Eufrásica, que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Sobre esta ciudad leímos en la guía que la basílica era lo más de lo más, así que allí que nos fuimos. Y como suele pasar cuando te haces expectativas... te llevas un chasco. La basílica es una pasada y si vas a Poreč hay que verla, pero nosotros esperábamos lo más de lo más. Eso sí, lo que me impresionó mucho son los mosaicos: ¡se conservan súper bien y son del siglo IV!

 



El hecho de que estas ciudades fueran pequeñitas nos permitió ir a la playa 2 días en lugar de uno, como habíamos previsto en un principio. El agua estaba un poco fría, pero es tan clara y el paisaje es tan idílico, que te dan ganas de meterte todo el rato. Para los que no lo sepáis (como era mi caso) las playas no son de arena, sino de roca (no de gravilla, no, de roca). Tal vez queráis prever unas chanclas adaptadas al medio para poder andar por las rocas e ir a descubrir los rincones más bonitos (huid de la playa donde está todo el mundo, los paisajes son mejores cuando te alejas de la multitud). Las fotos están aún por llegar...

Para completar esta guía de cómo ver Istria en 4 días, aquí van algunos consejos prácticos:

Croacia no es caro. Si eres estudiante o tienes un presupuesto apretado, es el destino perfecto.

- En Pula puedes comer raciones tamaño XXL por unos 4 o 5€. ¿Dónde? Aquí.

- Si lo que buscas es un destino para ir en pareja y/o en plan relax, Croacia es la respuesta.

- Si estás pensando en hacer un recorrido por Croacia, te aconsejo no reservar hotel en ninguna ciudad. Es muy fácil encontrar alojamiento, basta con encontrar en la estación de bus gente que te lo ofrece (más bien ellos te encuentran a ti) o con pasearte un poco por la ciudad y buscar placas que digan "sobe" o "appartement". Mi consejo: visita varias casas, compara precios y elige; negocia el precio y, si es posible, quédate en casa de alguien que hable inglés, así os entenderéis más fácilmente. Además, si una ciudad te gusta más o menos, tendrás la oportunidad de cambiar cuando quieras.

- Muchos de los restaurantes tienen a gente que intenta que te quedes a comer en su restaurante. Esto no está mal, te permite comparar precios y cuando les dices que no, te despiden con una sonrisa. Pero si hay alguno un poco desagradable que apenas te da tiempo a expresarte, HUYE. Nosotros caímos en la trampa y pagamos las consecuencias: tardaron media hora en servirnos y nos cobraron a 1€ una salsa blanca...

Llévate el bañador siempre. Aunque tengas pensado únicamente visitar una ciudad, o te parezca que no hace tanto calor como esperabas, o creas que es un coñazo ir siempre con la toalla y una mochila a cuestas. Las aguas cristalinas, un sol que no perdona y la posibilidad de bañarte en casi cualquier rincón harán que te arrepientas de no poder darte un chapuzón si no has cogido el bañador...

Y por último, mi TOP 5 de lo mejor/peor del viaje:
  1. Ir sin haber previsto nada. Sin casa, sin saber qué hay que visitar, sin hablar el idioma.
  2. Los paisajes. Solo me arrepiento de no saber plasmar en una foto lo que me flipa.
  3. Los monumentos romanos. ¡Están por todas partes! Desde los mejor conservados hasta los que están esparcidos por las calles (partes de columnas, frontones...) como si nada. ¿Lo mejor? Toparnos con el teatro romano de Pula y con el frontón de Poreč.
  4. El carácter mediterráneo. Cruzarse con gente agradable, sonriente, sin prisas... y todos bronceados!
  5. La cama. ¡Dormí como nunca! Súper cómoda, grande... Habría sido perfecta de no ser porque tuvimos una compañía con la que no contábamos... Pero eso ya lo dejo para otro día.