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27 de mayo de 2015

La Paz: despacito y con calma

... Porque no hay otra manera de tomarse esta ciudad.


Llegas al aeropuerto y, nada más salir al exterior, piensas que debe ser una broma: esto está en un descampado de tierra. No hay párking, ni carriles asfaltados, ni puerta de llegadas o salidas... Nada que te haga pensar que estás en un aeropuerto internacional. Te diriges hacia tu taxi esquivando los perros callejeros y preguntándote si no serán peligrosos... (has leído por ahí algún caso de mordedura). Y te subes al coche, nerviosa y feliz: ya estás aquí.

Claro que, has llegado viva pero no sabes si regresarás de la misma manera... Te agarras al reposabrazos de la puerta y pones muecas de dolor prediciendo el choque inminente con los otros vehículos. ¡Tampoco en la ciudad parece haber carriles! Pero aquí, ¿quién tiene la prioridad? Inmediatamente conoces la respuesta: el más fuerte. El ruido por los incesantes pitidos, los escasos milímetros que te separan de todos los demás coches y una increíble y gran cantidad de gente andando por mitad de lo que parece es la calzada te hace reír. "Esto es una locura", piensas divertida, y si ellos viven así debe ser que funciona... 

Y entonces la ves, postrada a tus pies y mostrándose en toda su inmensidad, como diciendo "atrévete a explorarme entera". Colinas y colinas de ladrillo, una manta de viviendas sin terminar que se despliega hasta donde alcanza la vista, e incluso más allá. La Paz es una visión especial... no bonita, no fea... pero única, y consigue dejarte asombrada. Bajas a toda velocidad de El Alto, deseando que el taxista se pare a cada instante para guardar la imagen en tu retina y tu cámara. "Ni en una semana tendríamos tiempo para visitar esta ciudad..." piensas cada vez que una curva te hace descubrir una nueva cuenca atiborrada de casas.

                      

Pero tú eres más chula que un ocho y, botella de agua en mano (has leído que hay que hidratarse mucho...) y cámara en mochila (has leído que por aquí roban mucho...), te adentras en el centro de la ciudad con todas tus ganas. Hasta que te da el chungo.
Creías que no te pasaría. Al aterrizar no has sentido ningún efecto, pensabas que tenías suerte y que eras más dura de roer de lo que parecías. No, el mal de altura no te había afectado en absoluto y no podías creer tu suerte. Y, entonces, la ciudad te pone en tu sitio. 

Te has confiado, no lo has hecho a propósito. No has andado más rápido que de costumbre, de hecho has ralentizado tu paso habitual para evitar cualquier efecto adverso. Pero no ha sido suficiente. Doscientos metros después de haber comenzado la subida, te paras en seco: ¿de verdad estás en tan baja forma? Ya te has cansado como si hubieras corrido 10km. ¿Será esto el mal de altura? ¿o quiere decir que tienes que retomar el deporte? Decides ralentizar aún más el paso. No hay dolor, hemos venido aquí para ver... todo lo que... podamos y... conocer... la... cult...
¡Bienvenido a La Paz! Parece que la oyes hasta reírse: "Aaaah, incauto. ¿No querías conocerme? Pues te presento a mis mejores amigas: las cuestas más empinadas que has de ver en tu vida. Y si ahora te atreves... ven a por mí". Pero tú, en lugar de amedrentarte, levantas la barbilla, sacas pecho, bebes agua... y aceptas el reto.




Ves la plaza y la iglesia de San Francisco, subes por la calle Sagárnaga, pasas Murillo y te adentras en la calle Linares. "Anda, ¡el museo de la coca está aquí! Mañana vendremos, hoy toma de contacto con la ciudad". Por supuesto, mañana habrá tantas otras cosas que ver, que no irás al museo. Sigues por Linares, en la que hay un mercado enorme. "Esta calle debe ser la zona del mercado". Já, ignorante... Continúas eligiendo con tu compañero si a cada intersección vais a derecha, izquierda o todo recto, dependiendo de la opción que os parezca más bonita y, para qué mentirnos, en algunos casos menos empinada. Y entonces desembocas en un mercado de frutas y verduras enooooorme. Todas las señoras van vestidas tradicionalmente, aposentadas en su puesto con todos sus artículos rodeándolas, como si fueran las reinas de un pequeño reino de colores; y, al fondo, una colina con un mar de casas. Una visión en su conjunto increíble... Si esto no es representativo de La Paz, que vengan y me aspen ahora mismo. Por supuesto, no hay imágenes que lo corroboren... ninguna señora me dejó sacar fotos. Tendréis que imaginároslo. O, mejor aún, ir a verlo.

Quieres comprar todo lo extraño que ves, pero claro, has leído que por aquí se puede uno poner malo si compra comida en la calle... Y te quedas con las ganas. Sigues subiendo hasta que suena una alarmita en tu cabeza: cuidado, ya estás muy lejos del centro... no te pierdas. Hora de volver a territorio conocido, pues ningún transeúnte parece saber cómo se llama la plaza en la que estás (o, al menos, no la conocen con el mismo nombre del mapa). Cuando te ubicas te das cuenta de que estás no lejos, no... cerquísima. Pero ¿¡cómo es posible!? Si hemos andado durante horas... Claro, pero a paso de tortuga. Dos calles después vuelves a estar en "el centro" (aunque nunca saliste de él).

Como es el primer día, pecas de turista en muchos momentos. A la hora de comer, cuando más. Hoy tomaré... arroz con carne de llama y un mate de coca, a ver si este dolor de cabeza se me pasa. Arroz: buena opción. Mate de coca: buena opción (sí quita el dolor de cabeza, pero como eres novata y, por ende, pringada, lo bebes antes de que las hojas hayan sacado el jugo; y encima le echas azúcar, que al parecer mina los efectos...). Carne de llama: no tan buena opción (es dura y seca... aunque muy sana, claro). Haber bebido tanta agua durante el día también tiene sus consecuencias, claro... Aprovechando que estás en un bar, vas al baño. Haces tus cosas y... ¡oh, sorpresa! Aquí hay un cartel que dice "no tirar el papel higiénico al WC, tirarlo a la basura". Esto... um, bueno, vale. Y entonces entiendes por qué tu amigo mexicano tiraba el papel higiénico a la basura cuando estábais en Inglaterra (pero esa historia para otro día).

Ahora que has probado el mate de coca, estás decidida a mascar hojas de coca para evitar el dolor de cabeza y aturdimiento que llevas encima. Paseas por otro mercado (vaya, parece que aquí hay muchos mercados...) y te paras en seco: ¡¿qué es eso?! ¿Bebés llama? En efecto, mi querido Watson: fetos de llama colgados. El vendedor te explica que se utilizan para traer buena suerte a un hogar: mientras se está construyendo la casa, el feto se incinera y se entierra en los cimientos. Y si quieres atraer la buena suerte en el amor, la fertilidad, el trabajo... también hay todo un sinfín de amuletos a disposición. Estás en el Mercado de Hechicería: hierbas y remedios folclóricos a tutiplén. De momento, tú te conformas con una bolsa de hojas de coca.

Ya tienes tu medicina y, aunque no sabes aún cómo tomarla... te vas andando (por supuesto) en busca del telesilla: quieres subir a lo más alto para contemplar las vistas tranquilamente. De perdidos al río: subir 400 metros más no va a suponer gran impacto para tu cabeza ya dolorida. Sin embargo, algo te dice que basta por hoy... es hora de volver al albergue y tomar otro mate. Estás tan lejos y, sobre todo, tan aturdida, que solo queda una opción factible: regresar en micro (porque si lo haces a pie... no lo cuentas). Milagrosamente, llegas al albergue y no podrías sentirte más orgullosa: has dado tu primer paso en la integración cultural. Tomar un micro por primera vez es una experiencia religiosa que merece una detallada guía de indicaciones.

Después de tu segundo mate y una cena ligerita, te vas a la cama. Tienes la impresión de estar sufriendo la peor resaca de tu vida: tu cerebro se ha hinchado y da tumbos por tu cráneo. Está decidido: mañana cambiamos el modus operandi. A Dios pones por testigo que no te desplazarás a menos que sea en micro. Subirás al Mercado 16 de Julio, donde se puede encontrar a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e de todo, hablarás con un viajero chileno que te abrirá la mente y dejarás de desconfiar de todo, visitarás el "parque de los enamorados", la calle Jaén, la catedral ... Por supuesto, seguirás aturdida, pero no tanto: ahora sabes que en el transporte está la solución.

Reconfortada por este descubrimiento, te metes en la cama. Fetos de llama... casas a medio construir... empinadas cuestas... expertos conductores en una jungla de pitidos... Has pasado el día atolondrada en medio de tanta locura. Cuando cierras los ojos te preguntas si ha sido real... ¿o has estado viviendo una ensoñación?


14 de marzo de 2015

¿Hay algún artista en la isla?

¿Qué sabemos de Irlanda? Que los irlandeses son muy simpáticos, que beben mucha cerveza, que la Guinness proviene de ahí, que la isla está "dividida" en dos, que hay muchas leyendas, que tiene paisajes muy bonitos y que siempre hace mal tiempo, ¿verdad? Pero a ver, ¿es que no os han enseñado a no dejaros llevar por los clichés? Con vosotros no se puede ir a ninguna parte... ¿Cuántas veces os han dicho que no se debe viajar con ideas preconcebidas? Vamos a tener que ir eliminándolas una por una:
"Aquí no hay extraños,
solo amigos que aún no se conocen"

"Que los irlandeses son muy simpáticos". Bueno, vale, esta la dejamos pasar porque... porque... pues porque justo esta es cierta. Claro que maleducados, bordes y personas con el día torcido nos las encontramos en cualquier parte, pero en general los irlandeses tienen fama de ser súper majos. ¿Por qué? Pues porque lo son y se la han ganado. Nada de la alegría y la buena acogida por parte de los habitantes del sur de Europa... ¡en Irlanda te harán sentir más que bienvenido!

"Que beben mucha cerveza". Esto... um, esto también es cierto... Pero ¡que conste que los clichés son estúpidos y no aportan nada a la sociedad! Mi corta experiencia en Irlanda no me permitió ahondar en mis estudios de por qué es tan popular esta bebida... pero imagino que tendrán razones más o menos parecidas a las belgas (que conozco un poco mejor): allá donde se fabrica cerveza, se bebe cerveza. Y punto. No obstante, sigue siendo todo un espectáculo contemplar el deporte nacional y hasta puede convertirse en un juego si no sabes con qué entretenerte en un bar: "te apuesto una birra a que ese se bebe 10 pintas", "pues yo apuesto a que se bebe 13". Eso sí, debo admitir que admiro la determinación por beber cerveza cuando fuera hay -7º... aunque supongo que por eso se beben varias: para calentarse bien rápido.

"Que tiene paisajes muy bonitos". Aaaah, ¡por fin os he pillao! Pues dependerá de cada visitante... Si a ti solo y únicamente te gustan las playas de arena blanca y mar turquesa, o solo te gustan los desiertos del Sáhara y Atacama... pues no, obviamente Irlanda no tiene paisajes bonitos. Pero si eres un ser humano que aprecia todo tipo de belleza... entonces me temo que sí, aquí se cumple otro cliché: tienen paisajes para cortar el hipo.

"Que siempre hace mal tiempo". Esto debe ser verdad y lo creo a pies juntillas. ¿Por qué? Porque aunque durante mi breve estancia hizo sol y el cielo estuvo azul... sé que los planetas se alinean a menudo para que los habitantes de estos países norteños pasen por embusteros ante sus visitas. Puede nevar un día y parecer que llega el fin del mundo, pero si al día siguiente te vienen a visitar tus primas... entonces saldrá el sol.


Así que, queridos lectores, como habéis podido comprobar, los clichés no aportan nada. No reflejan la realidad de un país y no muestran... ¿Qué? ¿¡Cómo que no habéis aprendido nada conmigo ni con este post!? ¿¡Cómo que solo he reafirmado los clichés ya existentes!? ¡Será posible...! Pues ala, para que os vayáis bien contentos, ahí os dejo con otro cliché para la posteridad:

"Que los irlandeses son unos artistas". Por si no fueran suficientes todos los grandes de la literatura (Oscar Wilde, James Joyce, Jonathan Swift, Samuel Beckett, George Bernard Shaw, Bram Stoker... ¿sigo?), todos los grandes de la música (Rory Gallagher, U2, Enya, Van Morrison, Sinead O´Connor, The Corrs...), y todos los grandes y guaperas del cine (Liam Neeson, Pierce Brosnan, Colin Farrell, Jonathan Rhys-Meyers...) que representan Irlanda a nivel mundial, resulta que Irlanda escupe artistas por todas partes.

Vas andando por Dublín y en cada esquina hay un grupo o músico que te deja anonadado. Tú vas pensando "joer qué frío hace en este país..." y te das de bruces con una banda que ni siente ni padece y que está dando un concierto que merecería llenar estadios... Das una vuelta por Trinity College y no muy lejos hay un escritor "autopromocionándose" aunque a simple vista te pareció un mendigo... y cruzas el río Liffey para encontrarte con un abuelillo tocando la guitarra. Por la noche vas a cenar y, después de disfrutar de unos bailes típicos en el pub más alto del país, una niñita sale del público y pide a los músicos que paren de tocar que ella va a cantar. Y ahí te quedas de piedra porque con esa cara angelical, rubita y delgada, la niña saca una voz tan potente que te pone los pelos de punta. Y después, se pone a bailar también. ¡Claro que sí! Y, por si fuera poco, en cada pub, en cada restaurante, en cada bar... también podrás disfrutar de una buena sesión de música en directo (mis favoritos fueron estos).

¿De dónde sacarán la inspiración estos irlandeses? ¿Será la cerveza, será el mal tiempo, serán los paisajes, serán las leyendas... o todo junto? Lo que está claro es que crecer en un país con tanta cultura musical y literaria, y donde la imaginación está presente en cada historia... pasa factura (pero de la buena).

16 de enero de 2015

Marsella, sus alrededores... y la huelga del jabón

Puede que ya haya mencionado de pasada en el blog que el verano parisino es muy inestable (tanto, que a veces ni hay). Es por esto que los habitantes de la capital huyen en agosto hacia tierras más cálidas (digo yo). Como resultado tenemos un mes de agosto desierto: muchísimos comercios cerrados, las calles vacías, el metro con asientos libres, autobuses con menos frecuencia... Vamos, que da gusto estar en París, sin atascos, ni gente estresada, etc., sobre todo la semana alrededor del 15 de agosto, ya que muchos utilizan esta fiesta para coger puente. Este año, sin embargo, me uní a la moda del puente del 15 de agosto. Sin pensar en las consecuencias, claro está.

Hartos de ver pasar los días de verano sin poder utilizar las sandalias, nos cogimos un tren que nos llevara a Marsella. Allí habíamos reservado un Bed&Breakfast para la primera noche. Al día siguiente, cómo no, nos iríamos a recorrer la costa un poco a lo loco. ¿Quién necesita organizar un viaje cuando lleva una tienda de campaña y ha alquilado un coche? Pues la primera en la frente: las agencias pedían un ojo de la cara por alquilar durante 3 días... Lo bueno es que fue así como descubrimos el alquiler a particulares. Esta opción nos salió mucho más barata, pero como lo reservamos todo a última hora, apenas quedaban coches libres... ¡¿Qué hacemos?! Pues solicitar todos los coches y el primero que nos responda, lo aceptamos. Fue así que alquilamos una furgoneta de mudanzas. Ideal para una escapadita de fin de semana romántico.

Una vez conseguimos transporte para movernos a nuestras anchas por allí, descartamos la idea de reservar hoteles/albergues o sucedáneos: nos sale mejor de precio comprar una tienda de campaña e ir de cámping. Dicho y hecho. Tienda de campaña y mochilas en mano, nos subimos al tren. Previmos un montón de artefactos útiles en caso de no encontrar cámpings: gel desintoxicador para las manos (por si no podemos lavárnoslas antes de comer o después de hacer pipí), sacos de dormir (por supuesto, nos olvidamos de las esterillas), gran cantidad de botellas de agua (para beber y asearnos, en caso necesario), rollos de papel higiénico en abundancia (por si la necesidad aprieta lejos de la civilización), etcétera.

Llegamos a Marsella. Magnífico Bed&Breakfast y paseíto por el paseo marítimo acompañados de nuestras chaquetas (¿quién nos dijo que en el sur hacía calor?). Vimos la catedral y rodeamos el puerto. Al día siguiente fuimos a recoger nuestra furgo, que fue el origen de grandes momentos de risa (imaginaos el panorama... eso sí, detrás nos cabía todo, ¡menudo maletero!), y después decidimos visitar la basílica de Notre-Dame de la Garde. Lo mejor de subir hasta ahí, además de la basílica en sí misma, son las vistas. Al bajar, nos pusimos rumbo a las calanques (o calas) para disfrutar de un poquito de playa.

Vista de Marsella desde las alturas de la basílica de Notre-Dame
Si tenéis pensado ir al sur de Francia, las calanques son un lugar que no os podéis perder, claro. Son calas repartidas por la costa azul, cuyo contraste blanco (por las rocas) - azul (por el mar) me pareció precioso. Algunas son de fácil acceso (las más turísticas) y para otras es necesario andar un poquito (o a veces un muchito). No recuerdo el nombre de aquellas en las que estuvimos (da un poco igual, son todas muy chulas), pero sí os puedo aconsejar tener cuidado si vais a hacer pis por los montes de al lado... (esta historia la contaré otro día, no es apta para niños). Estuvimos en una de estas calas hasta entrada la tarde. El agua invitaba a bañarse pero su temperatura no, por lo que preferimos tomar el sol en las rocas. Nuestro plan de visitar otras calas se fue apagando a la velocidad de la puesta de sol: había que encontrar un lugar para dormir antes de que eso ocurriera. Así que pusimos rumbo a Cassis, un pueblo muy bonito donde al día siguiente podríamos disfrutar de más calas. Conforme el reloj avanzaba, la tranquilidad de las vacaciones iba siendo remplazada por el nerviosismo de dónde caernos muertos. Menos mal que en el pueblo había un cámpig...

...Lleno, por supuesto. Claro, ¿quién necesita organizar un viaje cuando lleva una tienda de campaña y ha alquilado un coche? Pues todo el mundo si la fecha gira en torno al 15 de agosto. Oh, oh. Así que nada, ¡a la aventura! Por suerte encontramos un campo de olivos frente a unas viviendas, junto a la carretera pero oculto por arbustos. ¡Perfecto lugar para pernoctar! Como buenos campistas, preguntamos a los vecinos de las casas si podíamos acampar en su campo, que resulta que no era suyo pero nos dijeron que no nos preocupáramos, que no llamarían a la policía. Terminamos de montar la tienda justo antes de que cayera la noche, y para entonces unos alemanes se habían unido a nuestro campamento. Lo malo de acampar fuera de un cámping es que no puedes irte y dejar la tienda ahí abandonada, así que en lugar de un paseo nocturno por el pueblo, nos fuimos a dormir pronto (yo haciendo como si no supiera que había arañas saltadoras en los arbustos de al lado...). Oh, oh: nos habíamos olvidado las esterillas, y la tierra estaba tan dura que hasta había formado piedras de tierra... No hay dolor, somos jóvenes. Oh, oh: también nos habíamos olvidado... la linterna. Los vecinos han sido tan majos antes... ¿Y si les pedimos una linterna? Volvimos a llamar a su puerta y, sin ninguna vergüenza (bueno sí, mucha, ¿pero qué opción teníamos?) pedimos una linterna que muy amablemente nos prestaron.

Cuando amanecimos a la mañana siguiente los alemanes ya se habían ido, y es que a quien madruga... no lo achicharra el sol. Tras una noche de frío (por haber olvidado las esterillas), dolor de espalda (por lo mismo) y calor infernal (porque el sol llevaba en pie desde las 5 a.m.) nada nos podría haber reconfortado tanto como una buena ducha... que no pudimos darnos. ¿Qué más da? Nos bañamos luego en el mar. Visitamos el pueblo, que es bastante chulo, y descansamos al sol en una calanque preciosa (sí, habéis leído bien: "descansamos", el agua no estaba como para bañarse...). El viaje continuaba rumbo a La Ciotat, que también me encantó. Nos "perdimos" por sus calles disfrutando del calorcito y el sol. Entre ambos pueblos hay una ruta que no pudimos hacer por exceso de viento, pero aun por la carretera menos bonita, los paisajes fueron increíbles.

                       

La Ciotat se parecía a Cassis (pueblo mediterráneo, colores marrones y amarillos, sol, vacaciones...) sobre todo por una cosa: la historia se repetía, los cámpings estaban llenos. El problema es que esta vez no encontramos ningún lugar escondido donde instalarnos. Puesto que teníamos aún bastante tiempo, continuamos hasta el siguiente pueblo, esperando encontrar allí un lugar donde pasar la noche. Saint-Cyr-sur-Mer, además de ser un pueblo demasiado turístico, también tenía un cámping (completo). La buena noticia es que sí encontramos un lugar donde acampar, pero por estar un poco más aparente que el de la noche anterior, decidimos esperar a que se hiciera de noche para montar el chiringuito (total, ya lo habíamos hecho una vez, y además con muy buenos resultados). [Inciso: la verdad es que también habíamos encontrado un campamento de gitanos nómadas con sus furgones pero nos pareció mal acoplarnos. Aunque cada vez que volvíamos a pasar junto a ellos se convertía en una opción más atractiva. Fin del inciso]. Nos engalanamos (aquella noche estábamos de celebración), o al menos todo lo que se pueden engalanar dos personas que no se han duchado en día y medio y tienen sus pertenencias en mochilas en el maletero de una furgoneta de trabajo, y salimos a pasear y cenar por el centro. Por supuesto, a la hora de ir a dormir, no teníamos fuerzas para montar la tienda...

Así que aparcamos el coche en una colina, junto a unas casas muy monas. ¿Para qué montar la tienda si en este enorme maletero caben 2 personas? Pues porque el maletero tenía unas protuberancias que imposibilitaban pasar la noche... ¡A los asientos delanteros se ha dicho! Un par de toallas colgadas para que no se nos vea a través del parabrisas y las ventanas... se reclinan un poco los asientos (poco, porque no daban más de sí)... unos malabarismos para hacer pipí antes de dormir que tuvieron fatales consecuencias para mi pantalón "de gala"... (una vez te instalas y has visto a un zorro en el bosque de enfrente, prefieres no ir muy lejos...), unas risotadas y unos rezos para no morir ahogados durante la noche por el mal olor... (dos días sin duchar) ¡Y a dormir!







¿Se duerme bien en un coche? Bueno... ¿Pasamos tanto frío como la noche anterior? No. ¿Nos dolió la espalda como la noche anterior? Sí. Pero ya estábamos listos para retomar la ruta, porque no nos habíamos puesto ni el pijama. Cansados de ese mar que invitaba a pasar el día a remojo pero que te cortaba la circulación en cuanto metías el dedo gordo del pie, preferimos ir a visitar los pueblos del interior. Ale, ¡carretera y manta! Así es como descubrimos La Cadière-d'Azur, que ¡me encantó!, y Le Castellet, que también me encantó pero un poquito menos que el anterior. La Cadière es un pueblo precioso y con muchas cuestas. Está fortificado sobre una colina desde la que se puede ver el mar y al principio nos pareció un pueblo bastante grande, pero después descubrimos que era porque habíamos aparcado abajo del todo (en fin...). Le Castellet también es muy bonito y está construido sobre una colina. Esta vez no nos equivocamos en el aparcamiento, porque el acceso al pueblo en coche está prohibido. Tienen un párking para los turistas y, si eres un poco más espabilao y tienes suerte, puedes aparcar en los alrededores gratis. Pero... ya iba siendo hora de volver. Deshicimos el camino de la ida con un pequeño cambio: para ir de La Ciotat a Cassis cogimos la ruta de las Crestas (route des Crêtes), que es la carretera por la que no pudimos ir en un primer momento por exceso de viento. Subía muy alto por curvas a veces bastante cerradas... pero las vistas merecen la pena. Cada pocos metros bajábamos del coche para disfrutar del paisaje, hacernos unas fotos en el que oímos decir era el acantilado más alto de Europa y ver los dos pueblos, uno a cada lado de la montaña.

                         
                                     La Ciotat a un lado...
... y Cassis al otro
Fue un viaje poco higiénico, todo hay que decirlo. Así que por una parte, "menos mal" que estuvimos pocos días... Lo bueno de ir más tiempo es que la zona merece la pena ser recorrida. Eso sí, no vayas para el puente de agosto.

Nota: si se va un poco más al interior, también se puede disfrutar de la visita a numerosos viñedos y aprovechar para hacer una degustación de vino... o para robar un racimo de uvas (y que con un poco de suerte no estén ácidas).

2 de enero de 2015

Año nuevo, viaje nuevo

2014 ha estado lleno de pequeñas escapadas y un gran viaje.
Como con todo, he olvidado en qué momento hice algunos de ellos y seguro que me dejo un par en el tintero... Fruto de semejante don de memoria creé este blog, para acordarme al leerlo de todas las cosas que he tenido la oportunidad de ver.

En 2014 hice un montón de cosas...

Viajé por Francia, descubriendo Metz y sintiéndome como si estuviera en Alemania (la arquitectura es taaaan parecida que no paraba de sorprenderme cuando oía hablar francés y no alemán); Marsella y algunos pueblos de los alrededores en un viaje que se caracterizó por ir de mal en peor en cuanto a comodidad e higiene se refiere; nos fuimos de visita exprés al Monte St Michel, donde nos reímos al oír hablar del estilo arquitectónico gótico normando (venga ya...); y terminamos el año visitando el festival de las luces en Lyon, donde cada día añadía una capa de abrigo a mi indumentaria.

                    

Además, y como cada año, tuve que hacer una visitilla por Alemania, donde conocí la ciudad de Wiesbaden (que se parece a la de Metz :P) y pasé frío hasta para dormir.

También fue un año de suerte y nuevas experiencias: me tocó un viaje a Cuba (increíble pero cierto) y aunque no fue lo que esperaba, hice muchas cosas por primera vez: viajar en primera clase, ver delfines y bucear en un coral (no muy bonito, eso sí), comer langosta, ir a un hotel todo incluido (experiencia que no es para mí...), pasear a la luz de la luna llena por la playa (y no disfrutar porque las sombras me daban mal rollo), coger una estrella de mar y volar en un avión con goteras (y vivir para contarlo).

Pero como he descubierto que tengo depresión post vacacional, nada más volver de este viaje organicé otra escapada a los dos meses. ¿Dónde? Donde haga sol, haya mar y esté al sur... Así que nos fuimos a Croacia, que ha sido el descubrimiento del año (y eso que fuimos al norte, que al parecer es la parte "fea").


Y, puestos a pedir sol, mar y calor hice una escapadita a Mutriku, en el País Vasco. Hizo buen tiempo (supongo) y hasta nos bañamos (y luego nos resfriamos). Me tocó dormir en un saco con olorcillo a queso (eso sí, muy calentito) y sufrir una "noche del terror". Menos mal que comimos abundante y la gente fue de lo más simpática.

Como experiencia "loca" del año, de esas que luego cuentas y quedas como una súper aventurera (aunque en verdad no lo seas), fue el paseo en parapente en Panticosa, en el Pirineo aragonés. La actividad en sí dura poco e incuso es relajante. Las locuras llegaron más tarde ese mismo fin de semana... (la crisis de los 25 es muy dura).

Me parece que ¡eso ha sido todo, amigos!

Ya solo me queda brindar por poder seguir disfrutando de muchos más viajes. Por el momento, ya tengo algunos en la agenda... Irlanda, Teruel (¿¡qué pasa!? Teruel existe), Edimburgo, Alemania (no podía faltar. Pero esta vez nada de pasar frío, ¡iré en verano!), ¿Perú?, ¿Birmania?...
Quién sabe ;-)

7 de noviembre de 2014

Homburgo (que no Hamburgo)

Berlín, Múnich, Colonia, Frankfurt, Dusseldorf, Stuttgart, Leipzing, Hamburgo... Hay muchas ciudades importantes y famosas en Alemania que suelen ser las primeras visitadas si te dejas caer por estas tierras. Yo, sin embargo, empecé por Homburgo (que no Hamburgo). ¿Qué se me había perdido a mí por aquellos lares? Nada, la verdad; pero como ocurrió con Martinica, si un amigo te propone ir porque es su ciudad natal, pues allí que te vas. ¡Nunca hay que negarse a un viaje!

Esta vez el destino suena menos exótico, claro. Encima cada que vez que dices que vas a visitar Homburgo todo el mundo entiende que vas a Hamburgo. Que noooo, ¡pesaos! Homburg es una pequeña ciudad al ladito de Francia, que forma parte del estado de Sarre, uno de los más pequeños de todo el país. ¡Olé, olé! Resulta que Homburgo tenía muchas riquezas en carbón, y pasaron varios años que si ahora somos de Francia que si ahora de Alemania: ahora somos franceses, ahora alemanes, ¡que no, franceses! ¡alemanes! El resultado es que tal vez consigas hacerte entender en francés sin necesidad de hablar una palabra de alemán (¡uf!).

Seguro que estáis pensando que soy una pringadilla y que quién me engañó para irme a ese rincón desconocido y perdido... Pues ¿a que no sabíais que...?


Plaza del mercado e iglesia St. Michael
Foto vista aquí
Homburgo tiene un castillo en las alturas y rodeado por el bosque (castillo de Karlsberg), desde donde se puede ver toda la ciudad. Vale que hoy el castillo está un tanto en ruinas tras su destrucción por las tropas francesas, pero esto le añade aún más encanto.

Homburgo es una ciudad integrada en el bosque. De un barrio a otro a veces hay atajos yendo por plena naturaleza. ¡Já! Tiene muchos parques y parajes naturales, perfectos para hacer deporte, pasearse, respirar aire fresco, abrazar árboles (cosas de alemanes...) y escuchar a los pajarillos cantando. Además tiene un lago en los alrededores y cuando hace buen tiempo se organizan innumerables barbacoas y fiestas.

Homburgo tiene un centro ciudad pequeñito (como el resto de la ciudad, claro) pero muy mono, con una plaza del mercado coronada por la iglesia St. Michael.

Cuando se acerca Diciembre, levantan un mercadillo de Navidad. Vale, ahí me habéis pillado... seguro que todas las ciudades alemanas tienen un mercadillo de Navidad... Pero el de Homburgo seguro que es de los más pequeñitos, ¡ala!

Tanto me integré que no se diría
que no soy alemana
Foto vista aquí
Además, y como buena ciudad alemana, Homburgo ¡tiene una fiesta Oktoberfest! Solo que se llama Bockbierfest y se celebra a principios de noviembre. Antes de ir me previnieron de que la cerveza era muy fuerte y no muy buena, pero todo pamplinas. A mí me encantó (claro que casi acababa de llegar de Bélgica, donde me bebí hasta el agua de los charcos): jarras grandes, gente maja, grupos folclóricos tocando música tradicional... Me hice un papelito con las letras de la canción principal y pasé completamente desapercibida ;-)

Por supuesto, esta Bockbierfest se celebra con la cerveza propia de la ciudad. Eh, ¿qué os pensábais? Homburgo tiene su propia brasería, de la que sale la cerveza Karlsberg (que no Carlsberg).

Pero sobre todo, Homburgo tiene gente la mar de maja y acogedora que harán todo lo posible por hacer que te sientas como en casa aunque no entiendas ni papa de alemán. Y, al fin y al cabo, ¿no es eso lo que cuenta?


*
Dejando a un lado lo buena que pudiera ser mi primera experiencia en Alemania, no dudes en pasarte por Homburgo si estás por la zona. Subir al castillo, tomar una Karslberg (o emborracharte a muerte si vienes para la Bockbierfest), pasear por el bosque, respirar aire fresco, disfrutar del paisaje...

Homburgo es la prueba de que hasta los rincones menos populares en las guías tienen algo que ofrecer ;-)

10 de julio de 2014

La Martinica a ojos de una europea

La primera vez que se va al Caribe nunca se olvida. Bueno, digo yo... Yo no lo he olvidado porque fue justo hace un año. Seguro que me acuerdo durante mucho tiempo, pero por si acaso mi memoria me la juega, prefiero dejar algunas impresiones aquí escritas.
Aunque pueda parecer mentira, el Caribe nunca ha sido un destino que me "llamara tanto", tenía otras prioridades. ¿¡Quéeeeee!? Sí, lo sé, cómo se puede decir algo así... Claro que si puedo ir, me voy de cabeza, pero nunca pensé en ahorrar específicamente para hacer un viaje así. Sin embargo, tener un amigo local que te acoja y te enseñe la isla de cabo a rabo es un buen aliciente para no posponer un viaje tan idílico. Así que allí que me fui: a La Martinica, la isla de las flores. Me fui sin saber con qué me encontraría, tan solo con la idea de "voy al Caribe, al paraíso". Y... así fue. Aluciné con las playas, con el agua clara y con los paisajes. Pero hoy no os voy a hablar de qué ver en Martinica, dónde comer, etc. Eso lo guardo para otro post y podéis ir a verlo por vosotros mismos por el módico precio del billete de avión. Hoy prefiero rememorar el viaje desde un punto de vista más... perceptivo.

Para meterte de lleno en el ambiente e imaginarte en Martinica,
lee el post escuchando esta canción,
que fue la banda sonora de mi viaje
Lo primero que pensé nada más poner los pies en tierra caribeña fue "me ahogo" (miento, fue "¡menudo pelo lleva JC!", pero esto no es relevante para la historia). La humedad te da una bofetada nada más salir del aeropuerto y parece que te falte el aire para respirar. Claro que a los 5 minutos estás tan emocionado que ni lo notas.

Yo llegué sobre las 17h, así que casi se estaba haciendo de noche. Y cuando cae la noche martiniquesa, la isla retumba: ¡pensaba que me iba a volver sorda! ¿Qué es ese ruido? ¿Qué ruido? ¡Ese! ¿No lo oyes? ¡Si es atronador...! Vas tan tranquila en el coche, con las ventanillas bajadas y temiendo por tu vida porque el conductor va a toda pastilla por unas carreteras que nada tienen que envidiar a las de los Pirineos (por lo sinuosas y empinadas), cuando de repente oyes un ruido ensordecedor. Crees que son grillos pero es imposible que canten tan fuerte. Bajas el volumen de la radio para que tu compañero de viaje lo oiga y te diga qué es. Y... sí, es el canto de los grillos. Me dio hasta dolor de cabeza. No os preocupéis, a los 3 días ya ni los oía. Pero fue entonces cuando descubrí que en Martinica nunca oirás el silencio absoluto de la noche. (A menos que vaya a haber ciclón, porque entonces los grillos no cantan).

Un día tras otro y durante todo el año, se hace de noche sobre las 18:30h. Fue todo un choque comparando con el verano eterno de París (donde a las 23h aún quedan restos del atarceder). Y con la llegada de la oscuridad parece que se acaba la vida en la isla: todo el mundo vuelve a sus casas y queda muy poca gente por las calles. A menos que vayas a una soirée, a cenar a un restaurante o a dar un paseo por el Malecón de Fort-de-France, te encontrarás merodeando por calles bastante desiertas.

Visitad Fort-de-France de noche, y después visitadla de día. ¡No tiene nada que ver! Parecen dos ciudades distintas... Y si podéis, id a ver el mercado y de paso comprad alguna guayaba (o, aún mejor, zumo de guayaba).

En Martinica vi la puesta de sol más bonita que había visto nunca (hasta que fui a Cuba). Fue desde la Place des Arawaks, en Schoelcher. Mi consejo es que paséis la plaza y vayáis a sentaros sobre las rocas que dan al mar. Al día siguiente ya quería volver.

¡Sobreviví a una tormenta tropical! Vale, no fue el fin del mundo ni pasé miedo, pero derribó un montón de árboles, hubo carreteras cortadas y estuvimos en alerta naranja (que quiere decir "no salgas de casa"). Pasamos el día sin electricidad, jugando a juegos de mesa y, cuando pasó lo peor y levantamos las persianas, vimos que las vigas de la casa que construían al lado estaban todas torcidísimas y que la enorme palmera de enfrente se había caído, dejando al descubierto la finca de un béké.

Aprendí qué es un béké y nos adentramos en su territorio: los campos de caña de azúcar. Los békés son los descendientes de los blancos que fueron a hacer negocio hace varios siglos. Aún forman el 1% de la población (con la abolición de la esclavitud algunos dejaron la isla, otros se integraron/mezclaron con los nativos o, en el caso de la Guadalupe, fueron masacrados) y aun así concentran el 90% de las riquezas de la isla... Todavía quedan algunos que viven en enormes villas y complejos integrados detrás de los campos de caña de azúcar y con vistas al mar...

¡Las casas me encantaron! (Las martiniquesas, no las de los békés) Pensé que todo el mundo debe ser rico para construirse semejantes caseríos. ¡Y tan coloridas! Me encantaron: arquitectura colonial, colores a tutiplén, porches para disfrutar de las vistas y la humedad haciendo estragos de los suyos que añaden aún más encanto. Y para más inri, la arquitectura cambia un montón de norte a sur de la isla.

El norte y el sur son muy diferentes, a pesar de ser un territorio tan pequeño. Yo estaba más bien al sur, con mucha vegetación: palmeras, cocoteros, plataneros, cañas de azúcar, flores... playas de arena blanca y el cielo más bien despejado. Pero conforme vas subiendo, todo cambia: los árboles son más frondosos e incluso hay más vegetación, las carreteras se vuelven más empinadas, las playas son de arena negra y el cielo está más bien gris y nublado.

Además el norte da un poco de miedo por sus carreteras (estrechas, empinadas y casi siempre mojadas por la lluvia o la humedad). Entre ellas destacan la del día en que pensé que iba a morir y la del 2° día en que pensé que iba a morir incluso con más certeza que el primero. Hay que tener un nivel de conducción profesional para descubrir los rincones más bonitos y las playas más recónditas. Los destinos a los que conducen merecen la pena (si no sufres de vértigo o de problemas cardíacos), porque además están poco frecuentados.

Flipé cuando descubrí que sólo puedes ir de una punta a otra de la isla por un lado: ¡por el otro está cortado! Los habitantes de Grand Rivière, Macouba o Basse-Pointe solo tienen una salida de su ciudad: una única carretera del demonio (a causa de la escarpada montaña). Pero es que por el otro... ¡ha sido imposible dominar a la naturaleza! El paisaje es demasiado abrupto. ¡Increíble!

Los paisajes son... abrumadores. Yo no tengo talento fotográfico y en el blog ha quedado probado: pese a mis intentos de captar el momento y la emoción que transmite la naturaleza de la que estaba rodeada... he fracasado. Pero me encantó el hecho de que sea tan salvaje: vas a la playa y no llevas sombrilla, te pones debajo de un árbol (¡pero cuidado, nunca debajo de un cocotero!); hay un montón de bichos con los que convivir y además tienes que tener cuidado porque algunos son pequeños pero matones y si encima los aplastas, huelen fatal; haces una excursión y ves un montón de fauna (todo tipo de cangrejos) y de flora (con hojas que son más grandes que tú de la punta de los dedos hasta los pies); vas por el bosque tropical y si empieza a llover tienes que salir pitando si no quieres sufrir graves heridas provocadas por un árbol en apariencia inofensivo... y así un largo etcétera de supervivencia.


Hasta los pájaros lo saben:
cuidadín con el Mancenillier
De hecho, cuando los pájaros no se comen el fruto de un árbol... por algo será.
Aprendí qué es un rastafari y vi uno en su hábitat natural. ¿Que queréis saber cómo y cuándo encontrar a uno en su estado natural? Muy fácil: tan solo hay que hacer una excursión, no encontrar las marcas del sendero, perderse y decidir que lo mejor será subir por el río (literalmente) hasta llegar a la cascada -que es el punto final del paseo; cuando ya no puedas con tu alma, tengas las deportivas rotas de escalar por las rocas y las rodillas con rasguños de resbalar por estas mismas, y avances sirviéndote de tus 4 extremidades por el bien de tu equilibrio, verás pasar un individuo en chanclas, con una bolsita de plástico como todo complemento de supervivencia y sorteando la naturaleza como si paseara por una calle bien pavimentada. ¡Enhorabuena, lo has encontrado!

Vi iguanas, atrapé una estrella de mar (que después liberé), hice buceo y vi peces preciosos, toqué una anémona que se cerró al instante, cogí un erizo de mar (hacen cosquillas por abajo) y vi pelícanos tirarse en picado al agua. Vi una carrera de yoles rodeada de viejitos que tomaban el "aperitivo" (con ron a palo seco y sin hielo) mientras comía pâte de guayaba (¿existe algo más delicioso?).

La respuesta es sí. En Martinica descubrí mi bebida preferida en el mundo entero y que debe ser un manjar de los dioses: el zumo de azúcar de caña. Si no habéis tenido el privilegio de probarlo, mejor: os evitará echarlo de menos y buscarlo como posesos por el continente europeo, donde a veces lo venden en tetrabricks tamaño pulgarcito pero que tan sólo son un pobre sustituto del original.

¿Qué fue antes, el coco o el cocotero?
Esto también me permitió darme cuenta de que en Europa somos un pelín exagerados respecto a las normas alimenticias: queremos que todo lo que compramos haya pasado todos los controles habidos y por haber. Me parece muy legítimo y apropiado para la salud, pero a veces un poco exagerado. No hay nada como comprar fruta al borde de la carretera o en mercadillos improvisados: ¡esa sí que es fruta fresca y viene directa de la huerta!

Guía molón que no tiene nada que envidiar a Tarzán
Y más fresco aún fue beber agua de coco recién cogido. Estar en medio de una excursión, sedienta y cansada y ver cómo escalan a un cocotero y con un "mini" machete abren un coco delante tuya... es genial. ¡Y beber directamente del coco hace que te sientas como una auténtica aventurera!



Fue un viaje en el que descubrí un montón de cosas que desconocía y que resultaron convertirse en "mis favoritas": comida (pasta de guayaba, pollo al coco, pollo colombo, pizza plus, plátanos fritos...), bebida (zumo de azúcar de caña, zumo de guayaba, zumo de mango...), fauna (desarrollé una extraña afición por los pájaros), lugares y momentos.

¿Quién me lo iba a decir? ¡El Caribe ha resultado ser uno de mis lugares preferidos! (Claro que dicho así... suena evidente)

27 de junio de 2014

Un viaje... inaudito

Este ha sido, sin duda, el viaje más surrealista de toda mi vida. No aconteció en un lugar remoto ni exótico; no era un plan de alucine; no fui pensando que siempre me acordaría de este viaje. El programa era simple: un grupo de amigas, un coche, un cámping, una semana y la idea de visitar el País Vasco (San Sebastián y algunos pueblitos de la zona) y tal vez las Landas francesas. Vamos, un viaje nada fuera de lo común pero que tienes muchas ganas de hacer por la compañía y la emoción de que es tu primer "road trip". No sabíamos que el viaje se nos iría de las manos. No sabíamos lo que nos deparaban el destino... ni la previsión meteorológica.

Empezamos el viaje: salimos de Zaragoza con destino San Sebastián. Cogemos una carretera nacional porque pasamos de pagar los peajes. Viaje sin incidentes, cantando La Oreja de Van Gogh para ir ambientándonos y rememorar nuestra infancia. Llegamos al cámping y después de montar el tinglao, nos damos cuenta de que nos faltan muchas cosas... camping gas, alguna silla, ¿papel higiénico? no recuerdo si llevamos. Sí recuerdo que los baños nos caían lejísimos... Pasamos un par de días o tres disfrutando del festival de jazz de San Sebastián, y lo único que nos falló fue el tiempo: era verano y hacía bastante fresco... Lo más remarcable (o al menos que yo recuerde) fue pensar que hay gente muy motivada en San Sebastián, haciendo footing a las 6 de la mañana bajo la lluvia y con el frío. Después de pasar el fin de semana, algunas nos tuvieron que abandonar por incompatibilidad laboral. En aquel momento pensamos "ellas se lo pierden", poco después desearíamos habernos ido con ellas...

Comienzan los imprevistos: como en todo viaje, puede pasarte que te llueva o surjan imprevistos. Claro que cuando vas con idea de vacaciones de verano, a la playita y en plan visitar tranquilamente, pues te deja un poco trastocada que no sea como tú quieres. Nos llovió. Nos llovió muchísimo. Y decidimos que cambiábamos el plan original: iríamos a ver pueblecitos de la zona pero elaborando una ruta. Destino: allá donde no llueva. Para eso acudimos a Mutriku, donde teníamos estratégicamente una casa con tele. La encendemos y... previsión meteorológica para la próxima semana en varios kilómetros y comunidades a la redonda: lluvia torrencial. ¡Da igual! Vamos a bajar hacia Vitoria, que como es el "sur" seguro que hace bueno. No, mejor no... ¿en Vitoria qué se puede visitar? Yo prefiero ir de ruta por los pueblos y de cámping donde nos pille. ¿Y si seguimos con el plan original y vamos hacia Francia para ver las Landas? Creo recordar que nos intentaron prevenir: pero si seguís subiendo... aún hará peor tiempo, ¿no? Nosotras no escuchamos, era un planazo: ¡Venga!

Carretera y manta: vamos subiendo, visitamos algún pueblo (¿o fue solo uno?) y la lluvia nos acompaña todo el camino. Los que me lean pueden pensar que somos unas señoritingas y que por 4 gotas no pasa nada. Sí, si eso lo sabemos. Pero aquello era el diluvio universal 2ª parte. Pasamos las Landas, la lluvia arrecia y no sabemos qué hacer. A estas alturas del viaje hemos convertido el coche en nuestra casa, o más bien en nuestra pocilga; la conductora y la copilota vamos como reinas, pero la pobre de atrás apenas tiene sitio para sentarse: todas las cosas que no tuvimos tiempo de meter ordenadamente en el maletero están en los asientos (nevera, abrigos, zapatos, alguna mochila, comida, bebida...).

Empezamos a delirar: madre mía, pero ¿dónde vamos a ir a parar? ¿Y si no paramos? ¡Oye! ¿Y si vamos a Futuroscope? ¡Jajajaja! Paramos en una gasolinera y vemos un mapa de Francia que nos pone los pies en la tierra: Futuroscope está en el quinto pino y pronto se hará de noche.

Nuevo plan: pararnos donde creamos que habrá un cámping. Y el elegido es... ¡Burdeos! Vemos una indicación para un cámping. ¡Estamos salvadas! Y encima, la lluvia ha amainado. ¿Qué más se puede pedir? Decidimos que al día siguiente visitaremos la ciudad tranquilamente y sin lluvia (aún conservábamos la esperanza). Llegamos al cámping, donde había menos ambiente que en un entierro, y buscamos una plaza ni muy alejada ni muy cercana de otras tiendas. Empezamos a montar la tienda lo más rápido posible porque nos quedamos sin luz solar (recuerdo que no llevábamos cámping gas), pero el suelo está tan mojado que no queremos ponerla tal cual o acabaremos con una neumonía. Menos mal que sí llevábamos... ¡bolsas de basura! Ponemos una primera capa "protectora" y... cae la noche. Montar una tienda de campaña con la luz de la linterna y de los móviles sólo se lo recomiendo a los más intrépidos. Y vuelve la lluvia... Con la satisfacción del trabajo bien hecho y tan empapadas como encanadas de la risa, nos empieza a entrar el hambre. Pero... ¡si no llevamos sillas! ¡Y llueve a cántaros! Cargamos con los bártulos (platos, cubiertos, vasos, fuet, queso, pan, tomate...) y vamos a mendigar a la recepción para que nos dejen sentarnos ahí para cenar. El recepcionista no sale de su asombro y nosotras apenas podemos comer de la risa que nos da la situación, sobre todo cuando llegan nuevos campistas y nos ven allí, dando pena pero muertas de la risa.

Visita cultural: por la mañana nos vamos del cámping con la tienda chorreando y dejando una reserva natural de ranas bajo nuestra capa protectora; y nos vamos a ver Burdeos. Tras dar mil vueltas intentando encontrar un sitio para aparcar, dejamos el coche en un párking de "zona azul". ¿Para cuántas horas ponemos ticket? ¡Pero para todo el día es carísimo! Bah, nos la jugamos, si lo mismo no pasan... Burdeos es muy bonita, hasta cogimos el trenecito que te da una vuelta y nos comimos un helado (eso sí, con un frío de mil pares). De Burdeos recuerdo vagamente una historieta con un niño que era "nuestro hijo", algo de unos auriculares... y muchas risas. Cuando nos cansamos de la ciudad volvimos a casa, es decir, al coche, para decidir cuál sería nuestro siguiente punto: aún nos quedaba un día de vacaciones. Como souvenir de Burdeos nos llevamos una multa (que nunca pagamos): obviamente sí pasaron a controlar el ticket.

Crisis: puede que mis compañeras de viaje no la sufrieran, pero lo dudo. Tras varios días en la carretera delirando y riendo (muchas veces por no llorar) y sabiéndonos víctimas de los caprichos de la condensación atmosférica, yo empecé a desesperar. Estábamos volviendo hacia la península, así que nuestro rumbo era "hacia abajo" pero sin saber dónde caeríamos muertas. Al final optamos por la misma máxima que nos guió cuando empezamos a subir en el mapa: conducimos hacia abajo hasta que pare de llover, y ahí que nos quedamos. Pero después de más de 6 horas de volante y con todo el cansancio encima (y puede que el mal olor, porque creo que en Francia ni nos duchamos) la idea de conducir un "poco" más y dormir en nuestra cama calentitas y no en una tienda de campaña que estaba lista para escurrir se volvió muy tentadora...

Volvemos a la carga: ¡Pero no podíamos rendirnos! Si no habríamos fracasado: ¿terminar las vacaciones 24 horas antes de lo previsto? ¡Antes muertas! No sé cómo surgió la idea, fue algo como Oye... ¿¡y si vamos a un pueblo en fiestas!? Nos pareció un planazo a las 3, aunque no podíamos creer el grado de locura que habíamos alcanzado en tan pocos días. El cansancio desapareció y nos embargó un sentimiento mezcla de emoción y nervios: habíamos perdido la cabeza. ¡Síiiii! ¿¡Qué pueblos hay ahora en fiestas!? ¿A qué nivel del mapa estamos? ¿Por Navarra? Utilizamos el comodín del público para llamar a la persona adecuada que nos dio la solución y... nos desviamos hacia TUDELA.

No pares, sigue, sigue: ¡Esta fiesta no termina! Aparcamos, nos hicimos con un pañuelo rojo para mimetizarnos con el entorno y cenamos un kebab que me supo a gloria. ¡Los pueblos en fiestas son lo mejor! Nos metimos en un círculo humano en el que no podías parar de correr, bailamos en la calle, bebimos, nos reímos muchísimo y nos hicimos una caricatura para inmortalizar el momento. Dormimos en el coche como benditas. A la mañana siguiente nos despertó una fanática del pueblo: llevaba todos los complementos necesarios para ser la perfecta peñista (pañuelo, gorro, recuerdos de la romería...) ¡hasta se había pasado a ver a la virgen del pueblo! Cuando descubrimos que la fan número 1 de Tudela era nuestra amiga... decidimos que era el momento oportuno para terminar el viaje.

FIN

Moraleja: Empezar un viaje a priori "planeado" y terminar haciendo kilómetros como cosacas para acabar en un pueblo de Navarra en fiestas el mismo día en que has estado en Burdeos... ¡no tiene precio y merece ser contado!

Moraleja 2: Si os pasa algo similar, recordad que al mal tiempo, buena cara. ¡Fue un viaje memorable!

Recorrido original: en morado.
Recorrido improvisado: azul, rojo y amarillo.
Despertarse en Burdeos y acostarse en Tudela en fiestas... ¡no tiene precio!

25 de junio de 2014

El que mucho abarca... se estresa

El título de esta entrada lo dice todo. Y es que, dependiendo de cómo seas, cuando viajas te gustaría ver absolutamente TODO.
Es más o menos lo que me pasa a mí. Y es un horror.

¿Por qué?
La respuesta es tan evidente como decir que no se puede ver todo. Llegas a un lugar nuevo y tienes el tiempo contado: un fin de semana, 15 días o 7 meses. Qué más da, el lugar a donde vayas siempre será más grande que el tiempo del que dispongas para verlo. Esta máxima debería grabármela a fuego cada vez que voy a un sitio nuevo, porque siempre lo olvido y termino estresándome...
En mi defensa diré que no siempre he sido una viajera agobiada. Antes iba a un sitio y veía todo lo que podía, pero sin agobiarme, sin pensar que "me estoy dejando cosas". Llegaba a un lugar nuevo, lo visitaba, hacía actividades y elegía qué cosas me apetecía ver más ("¿museo o paseo por la ciudad?". Nunca elijo museo...); todo sin consultar una guía.
Sin embargo, desde hace unos años me he vuelto un ser agobiante y que da la brasa para verlo todo. Lo peor es que desconozco la razón, pero me temo que tiene que ver con el valor que tiene el tiempo en mi vida diaria ("Rápido, sólo tengo un fin de semana para ver a toda la familia... Rápido, para un día que hace bueno tengo que salir a aprovechar el sol... Rápido, si pierdo este metro llegaré tarde a tomar una cerveza..." Y así entro en un bucle infinito que me persigue hasta en mis vacaciones). Si pudiera, me iría de viaje sin mí, porque viajar así es morir de estrés. Sobra decir que por esta razón no soy la mejor compañía para ir de vacaciones y, encima, el pensamiento de "esto me lo he dejado de ver" eclipsa los buenos momentos de mi viaje.

Para todos aquellos que sufran de esta misma enfermedad y estén hartos, como yo, o para aquellos que sufran en primera persona las consecuencias de un compañer@ de viaje así, aquí os dejo un par de consejos para volver más zen a vuestro compañero de ruta o para dejar el "vicio" del estrés (no porque nos guste, sino porque una vez que caes en él, cuesta salir. Me parece que algo así debe pasarle a los fumadores...):

- Si sois gente organizada, os aterroriza ir de viaje sin haber previsto las cosas y lo primero que metéis en vuestra maleta es una guía, mi consejo es: de acuerdo, preved las cosas, reservad hoteles o lo que sea y leed algo sobre el sitio a donde vais. Al llegar al destino podéis pasaros por la oficina de turismo a pedir consejo sobre qué hacer, cuándo y dónde. Pero NO carguéis con la guía a todas partes, salíos del recorrido propuesto por esta misma e indagad un poco sin saber dónde estáis. Perderse mola y, aunque no veáis lo "establecido", apreciaréis mil veces más poder disfrutar de un viaje placentero y en paz.

- Si sois del mismo estilo que la gente del párrafo anterior, pero ni de coña os separáis de vuestra guía y pasáis de "perderos"... En ese caso, estáis condenados al estrés. O, podéis optar por la opción mucho más sana a nivel cardíaco "vamos a ver todo lo que nos han recomendado pero seleccionando". Esto es, si no hay tiempo para todo, en lugar de ir corriendo de aquí para allá, podéis elegir qué cosas vais a "sacrificar". Vale, no lo veréis todo, pero vuestro corazón os agradecerá el descanso y además tendréis la excusa perfecta para volver: "es que nos dejamos cosas por ver", siempre cuela.

- Si por el contrario sois gente que solía querer ver todo lo posible, pero sin llegar a pensar que malgastaríais vuestro viaje si no lo conseguíais: ¡bienvenidos a mi grupo! Ahora os habéis vuelto unos brasas y unos compañeros penosos, ¡pero no todo está perdido! El secreto para volver a disfrutar viajando (que no visitando cual guiris de primera, mapa en mano a todas horas) es... que no lo sé. Pero yo creo que los tiros deben ir por: dejar los agobios antes de subir al avión y disfrutar con lo que el viaje ofrece. ¿Que apenas veis monumentos? Pues más tiempo habréis tenido para ver paisajes. ¿Que apenas "veis" cosas? Pues más tiempo habréis tenido para "sentir" cosas (que es lo que luego uno recuerda). ¿Que no es lo que esperábais? Pues no haberos leído la guía de cabo a rabo, insensatos. ¿Que no habéis leído la guía para no ir en plan "lo quiero ver todo" y ahora os arrepentís porque no sabéis que ver? Pues a la oficina de turismo o, mejor aún, ¡a preguntar a los habitantes! Y así sucesivamente.

Puede parecer superfluo decirlo, pero lo importante de un viaje no es tanto seguir lo que pone en la guía para no perderte nada, como adentrarte en un lugar nuevo y descubrir qué tiene y cómo te va a hacer sentir. Recuerda que la guía es, al fin y al cabo, una recopilación de las vivencias de uno o varios autores y que su viaje nunca será el mismo que el tuyo, aunque vayáis a los mismos sitios, visitéis los mismos museos y comáis en los mismos restaurantes. Una guía está bien para hacerse una idea de la historia, la cultura o lo que podemos encontrar en el destino. Pero no es una guía de tu viaje. Tu viaje es lo que ves, lo que sientes y lo que vives. No malgastes tu viaje pensando que te estás dejando cosas, porque verlo todo es imposible y porque el que mucho abarca...

20 de junio de 2014

Cuando te vas, ya no vuelves

Hay muchos tipos de viajes.
Están los viajes que todos conocemos: turistas dispersos por el mundo disfrutando de sus vacaciones (15 días en la playa, visitando otro país o aprovechando para estar en contacto con la naturaleza). Estos viajes tienen una fecha, y cuando llega el día, vuelves.
Y después están los otros viajes. Los que "duran". Los que parecen viajes pero no lo son porque el lugar a donde vas será tu casa. Será tu casa durante un mes, un año o una década. Será tu casa "temporal", pero al fin y al cabo será tu casa. Son viajes que "duran" porque independientemente del tiempo que te vayas, van a durar en tu recuerdo, en tu percepción de ver el mundo. De estos "viajes" nunca vuelves.

Cuando te vas de tu "primera casa" por un tiempo (da igual dónde, puede ser a la ciudad vecina o a la otra punta del mundo), vas a cambiar. En ese momento tú no lo sabes y puede que la gente que te rodea tampoco lo sepa. Pero vas a cambiar, y mucho. Adaptarte a nuevas compañías, nuevos retos y, si estás en el extranjero, nueva lengua y nueva cultura es algo que tu forma de ver las cosas no puede ignorar. Da igual que cambies mucho o poco, para mejor o para peor... porque cuando vuelvas a tu primera casa te darás cuenta de que la persona que dejó el nido no va a volver. Porque ya no existe.

Al principio será duro: nadie verá inmediatamente el gran cambio que se ha operado en ti, y tu antiguo "yo" seguirá por ahí pululando y dando guerra por volver a ser como antes. Pero tú no quieres ser como antes porque te gusta la persona en la que te has convertido. O al revés, intentas sacar a flote la persona que eras tras el naufragio que te ha convertido en alguien que no te gusta. Sea como fuere, vuelves a tu primera casa después de "tanto" tiempo y... todo sigue igual. Te parece increíble que la vida de los demás sea la misma de antes cuando la tuya ha cambiado tanto. Te parece increíble que la gente que te rodea tenga una mente tan cerrada cuando se aprende tanto mirándose menos el ombligo e interesándose más por qué hay ahí fuera. Pero si vuelves definitivamente a tu primera casa, terminarás por encontrar un equilibrio entre quién eras y quién eres, los demás terminarán por ver quién eres ahora y dejarán de "presionarte" para que seas quien eras antes. Tan solo dale tiempo al tiempo.

Pero cuando no vuelves a tu primera casa, cuando sigues "viajando" y dejando casas a tu paso, el proceso es un poco distinto. Has cambiado incluso más que la primera vez, has tenido varias casas en los últimos años y has dejado en el camino amigos con los que pensaste que nunca perderías el contacto. Al principio te encanta la sensación: no eres de ninguna parte y a la vez lo eres de todas, tienes amigos en todos los rincones del mundo, has aprendido tanto que sólo puedes pensar en seguir abriéndote (de mente, mal pensados) a nuevas experiencias, culturas y personas, sabes que no volverás a tu primera casa porque hay tanto que ver que una vida no te va a ser suficiente. Es un sentimiento magnífico y te hace capaz de poder con todo. Sientes que te vas a comer el mundo y das gracias por la suerte que tienes de poder vivir una experiencia así. Y es en este punto cuando los nómadas del siglo XXI se dividen en dos grupos: los que siguen así el resto de su vida los nómadas auténticos‒, y los que no.

Por eso si sólo eres un nómada amateur o no has sabido organizarte y guardar un equilibrio, llega un momento en el que te da un bajón. Eres de todas partes pero en realidad no eres de ninguna, y tu sitio está allí donde tú quieras, pero se ha desplazado tantas veces como tú, que ya no sabes dónde quedarte para tenerlo todo; no quieres decir adiós a mucha gente que se te queda en el camino pero tus pasos te han llevado tan lejos que cuesta volver, y tienes que aprender a "dejar ir" contra tu voluntad. Cuando cruzaste el umbral de la puerta de tu primera casa sabías que vivirías en otro lugar, harías otros amigos y tendrías otra "familia", te enamorarías de tu nueva ciudad y aprenderías muchas cosas. Pensabas que te ibas por unos meses pero que un día volverías a tu "verdadero hogar". No sabías que a partir de entonces ya no serías la misma persona. 

Nadie te previno. Nadie te informó de que a partir de entonces querrías estar en todos los sitios al mismo tiempo. Nadie te reveló que tú cambias con cada destino y que no serás la misma persona a medida que te mudes, no serás la misma persona que te unía a tus amigos en otros lugares. Nadie te explicó que, aunque quieras, no puedes volver porque ya no es "tu sitio". Nadie te avisó de que a partir de entonces tu hogar iba a estar esparcido porque te has dejado cachitos del corazón repartidos por todo el mapa. Nadie te advirtió de que tu hogar es tu gente y tus recuerdos, y ahora "tu gente" está por todas partes y te toca elegir por qué punto cardinal te decantas; y tus recuerdos te la van a jugar, porque te acompañarán a cualquier parte y se asegurarán de que siempre "te falte algo".

Nadie te dijo que, si te vas, ya no vuelves.
Pero el viaje merece la pena.

Ellos lo explican mejor que yo:

"El síndrome del eterno viajero es la sensación 
de no estar a gusto en ningún sitio 
porque necesitas estar en otros. 
Es la ansiedad que sientes al pensar 
que nunca serás feliz en un solo lugar. 
Es una enfermedad... que te salva la vida."

http://algoquerecordar.com/posts-destacados-el-sindrome-del-eterno-viajero/

18 de junio de 2014

Cuba: Lo que te han contado vs. Lo que vives

Todos conocéis la sensación: sale una nueva película, y toda la gente que conoces que la ha visto te habla de ella como la mejor película que han visto en años, o la más divertida, o te describen emocionados los mejores efectos especiales del siglo... Y cuando por fin vas a verla, porque es LA película, dices: está bien, está muy bien, pero no es para tanto. Lo mismo pasa cuando dices a la gente que te vas de vacaciones a Cuba: empiezan a contarte las maravillas de cuando ell@s estuvieron allí. Hasta la fecha, nadie me ha contado haber vivido una mala experiencia en este país. Por eso, yo que me hago ilusiones en seguida, tenía las expectativas por los aires (aunque puse mucho empeño en que no fuera así, para no llevarme posibles decepciones). Pero claro, cuando tus padres (que acaban de visitar Cuba por primera vez) te cuentan una maravilla tras otra, otro de tus amigos está enamorado del país y el resto de tus conocidos no paran de repetirte lo bien que te lo vas a pasar y lo guay que es... pues te vas ilusionando, te vas ilusionando... hasta que llega el primer día en La Habana y no sabes muy bien qué esperar, y tienes miedo de perderte aquello de lo que tanto te han hablado y convertirte en la primera persona que conoces para la que Cuba no es tan excepcional como para el resto de seres humanos. Más o menos es lo que me pasó a mí. Cuba me encantó, aunque no sé si tanto como pensaba que lo haría.

Hay aspectos sobre los que me contaron cosas increíbles y no fue para tanto (como la ceremonia del cañonazo en la Habana, aunque sí, hay que verla) . Hay cosas sobre las que me hablaron y fue casi tal y como me lo habían contado. Y hay cosas sobre las que nadie me habló y fue genial descubrirlas por mí misma, verlas a través de mis propios ojos, sin una idea preconcebida. Por si estáis pensando visitar Cuba y vuestros conocidos empiezan a deciros "Bua, ya verás es genial porque..." o "me encantó por tal y tal...", mi consejo es: escuchad lo que os dicen, y si os dan buenas direcciones aún mejor, pero id como si no supierais nada de las experiencias de los demás y concentraos en vivir vuestro viaje, no el de los que ya estuvieron allí. Dejad en la aduana la idea que os hayáis podido hacer de cómo será, olvidad lo que os han contado, y preparaos para disfrutar de lo que Cuba os pueda ofrecer. Porque un mismo país siempre cambia con cada persona que se aventura en él, y la percepción que haya podido tener tu vecino no será la misma que la tuya. Yo no seguí mi propio consejo y este post es el resultado de ello.

Cómo me contaron Cuba:

La gente:
    • todo el mundo es majísimo, se desviven por ayudarte con lo que sea. Nada de caras largas, siempre muy agradables.
    • viven tan en la miseria que muchos te piden una ayudita (jabón, bolis, que les compres alguna cosa, dinero...).
    • los cubanos te van a tirar mucho los tejos.
La música, el ambiente y los bailes:
    • ¡En cada esquina hay música! ¡A todas horas, en cualquier parte!
    • hay mucho ambiente, en cualquier parte se baila y todos los cubanos bailan requetebién.
La comida y la bebida:
    • "Los mojitos son los mejores que hemos probado nunca".
El transporte:
    • Cuba está llena de coches americanos de los años 50.
    • los autobuses (omnibus) de los cubanos son un armatoste de hierro... y en contraposición los de los turistas son autobuses normales, como los de Europa
La vida comunista:
    • hay mucha miseria, viven con lo necesario e imprescindible y todo lo reutilizan hasta el infinito; de todo sacan provecho
    • allí todo el mundo es mecánico y electricista, por necesidad. Los que tienen carreras universitarias (la mayoría de la población) se dedican al turismo (taxistas, camareros, guías, etc.)
    • las ciudades están en ruinas
Así que, sabiendo tantas cosas de Cuba y habiendo oído tan buenas historias, estaba convencida de que iba a ser el viaje de mi vida. No lo fue.
¡Personas del mundo que me han hablado de Cuba, yo os maldigo!

Cómo yo viví Cuba:

La gente es muy  maja. Siempre muy agradables y viven muy en la miseria. No me pidieron cual mendigos (excepto en una ocasión y el tío fue bastante borde cuando le dije que no...) y sin embargo pensé que casi siempre te intentan timar. Para mí, que no estoy acostumbrada a negociar, fue la perdición. Los taxistas, los cocheros, los que contratamos como guías, los restaurantes, los vendedores... No lo critico y obviamente no fue todo el mundo, pero a veces me sentía un pelín turista estúpida.
Ni los cubanos me tiraron (tanto) los tejos (quiero creer que porque iba acompañada y no por fea...) ni me sacaron a bailar. ¡Esto sí que no me lo esperaba! Me dije: "soy joven, sé bailar un poco y soy maja, no se me resistirán". Angelico... descubrí que los cubanos prefieren sacar a bailar a las maduritas, y si están con el puntillo de tantos mojitos, mejor. Cuando vi el panorama decidí tomar cartas en el asunto y pedirles que bailaran conmigo directamente, pero no contaba con que tuviera que ponerme a la cola (estaban muy solicitados)... para al cabo de un par de canciones ser olvidada. En 10 días, el número total de bailes con un cubano auténtico fue de... 3. Respecto al tema de la música y el ambiente, también me quedé un poco decepcionada. Me temo que también dimos con los lugares incorrectos en el momento incorrecto, y en lugar de un ambiente a lo Dirty Dancing, terminamos en un par de garitos donde la pista, además de grande, estaba vacía y donde había un desfile de chicas "de compañía". Tampoco vimos ninguna rueda callejera, pero creo que para eso hay que ir más bien a Santiago.
¿Los mojitos? Deliciosos (casi todos, porque en el todo incluido de Varadero... parecían sacados de la piscina), "pegaban" fuerte y mezclados con el calor hacían que no sintiera las piernas.
Lo que no me esperaba, y doy gracias por que nadie me hubiera prevenido, es que hubiera taaaanta gente por la calle, a todas horas, en cualquier parte. Los que dicen que Nueva York es la ciudad que no duerme, deberían pasarse por La Habana. Increíble.
No esperaba tampoco encontrar tanta propaganda. Luego lo piensas y, claro, es lógico en una dictadura... Había leído 1984 y me parecía estar dentro de un libro similar, versión caribeña. Reiniero, nuestro cochero del primer día, era hijo del castrismo. Su discurso parecía sacado de un mitin y fue el más claro ejemplo de cómo muchas personas repiten lo que se les dice que es la verdad.

Tampoco sabía que Cuba, y sobre todo La Habana, tuviera un olor: a petróleo. No sabía que el viento soplara tan fuerte que te deja ciego y sucio. No sabía que las olas sobrepasaran el malecón y se adentraran hasta las casas. No sabía que el agua de la cisterna apenas tuviera presión y que los frigoríficos apenas conservan los alimentos fríos. No sabía que el zumo de azúcar de caña fuera una "viagra natural" (Reiniero dixit). No sabía que en las calles hay todo tipo de vehículos. No sabía que casi todo el mundo allí es un artista ni que muchos chapurrean el ruso. No sabía hasta qué punto la gente busca alguien que le abra las puertas al resto del mundo.

Con qué me quedo de mi viaje:


Con Cárdenas, que no estaba prevista en el viaje pero como casi siempre, lo más imprevisto termina siendo lo mejor. Allí vimos un mercado, probamos frutas típicas y bebimos sin preocuparnos por si el agua nos haría ponernos malos... visitamos dos museos y aprendimos un montón de cosas guiados por un amigo.

Con La Habana, descubrir su olor, su calor pegajoso y perdernos por las calles para terminar encontrando un comercio donde tomamos zumo de guarapo por tan solo unos céntimos.

Con haber trabado amistad con un cubano al que le iba bien entablar conversación para olvidar una discusión con una amiga.

Con haber flipado con las cosas que no sabía y quedarme enamorada de los colores y la arquitectura.

Con el paseo por la playa a la luz de la Luna llena y haber pasado miedo cuando una nube la tapaba.

Con ver ponerse el sol sobre la línea del firmamento en el océano.

La Habana (foto de Google)
Y, sobre todo, me quedo con la esperanza de poder volver algún día.