Mostrando entradas con la etiqueta percepciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta percepciones. Mostrar todas las entradas

27 de agosto de 2014

3 años

Se me ha pasado muy despacio y muy deprisa a la vez. Y aquí estoy, 3 años después.
Llegué a París cargada de ilusiones y maletas, con nervios y emocionada por empezar un proyecto nuevo. No sabía qué me esperaba en la ciudad con la que todo el mundo sueña, pero no podía creer mi suerte. ¡Un trabajo en París! ¿Quién puede presumir de un debut laboral así? Desde entonces no todo ha sido un caminito de rosas y libre de problemas, pero ha estado repleto de buenos momentos y ha sido (y es) un gran aprendizaje.
Y hoy, 3 años después de mi llegada, estoy hasta nerviosa y no sé qué escribir. Han sido tantas las impresiones, personas y momentos que han transcurrido durante este tiempo que seguramente voy a dejarme muchas en el tintero (voluntaria e involuntariamente), y otras menos importantes las escribiré "por rellenar"... pero más o menos, así han sido estos años en París:


¡1, 2, 3 reflexione otra vez!

Llegué sin darle vueltas al coco desde hacía tiempo, pero 2 semanas de soledad forzada a la búsqueda de piso, sin amigos ni nadie con quien hablar, me llevaron a hacer aquello de lo que no tuve tiempo ni ganas durante los últimos meses: pensar. Creí que me volvería loca, estaba yo sola con mis pensamientos, mis sentimientos y mis miedos. Repasando una y otra vez todos los problemas que me había bebido durante el último año y a los que no había querido dedicar tiempo para no sufrir. Llegaron todos de golpe y me sentí sola y desamparada como nunca. Dicen que pasar tiempo a solas con uno mismo es bueno y necesario, pero entonces me pareció una tortura, solo quería arrancarme de mis recuerdos. Descubrí que París es preciosa y triste como ninguna, y me acogió con mano dura, me atrapó en mi cabeza y me obligó a sufrir.

Hice grandes amigos con los que he pasado (y paso) largas horas charlando del sentido de la vida, qué buscamos y si deberíamos conformarnos y ser felices o unos eternos insatisfechos.

Dediqué tiempo a pensar qué querría hacer 7 meses después de mi llegada y después dediqué tiempo a no pensar en qué querría hacer (razón por la cual sigo aquí). Me dejé llevar por la comodidad de estar asentada y me conformé con no buscar lo que me apetece. Después París volvió a darme un sopapo con su mano de hierro y me obligó a replantearme qué quiero.

3 palabras: bueno, bonito, barato

París es caro, no todo el mundo se lo puede permitir y blablablá. Todo el mundo lo sabe. Pero no siempre es cierto. Si te mueves por los lugares indicados y no eres un adicto del lujo, las "3 b" pueden regir tu vida. Pude encontrar un alojamiento bueno, bonito, barato y pequeño en una residencia estupenda. Hoy en día, tengo un piso no tan bueno y nada barato pero con unas bonitas vistas. 2 de 3 no está tan mal, ¿eh?

Pasé mis primeros meses frecuentando bares baratos, comiendo en lugares tirados de precio y yendo a fiestas gratis. Después cambié mi estilo de vida de pobre a "joven trabajadora con un nivel aceptable" y comencé a ir al cine más a menudo, empecé a pedir cócteles sin quedarme con las ganas por el precio y a utilizar el dinero sin mirar tanto (o nada) la cuenta... Eso sí, sigo negándome a pagar 25 euros por una depilación de cejas, no por falta de medios sino por exceso de orgullo. En serio, ¿¡por unas cejas!?

3 experiencias inolvidables

Han sido muchas, muchas más. Pero si tuviera que quedarme con tres... aquí van las seleccionadas:

Conocer a mi primera amiga que fue, además, el trampolín para conocer a los demás. Después de semanas sin establecer lazos con nadie, recuerdo dormir satisfecha y feliz tras una breve conversación en el ascensor y una visita guiada de la residencia.

Las fiestas multiculturales improvisadas en casa. Ya lo comenté por aquí, pero han sido momentos de alegría, diversión y felicidad plena durante horas. Y es que, mi vida aquí ¡ha molado mucho!

Decir adiós y quedarme con el corazón "partío". Sentir que mantengo una relación a distancia con todo el mundo que conozco y que, inevitablemente, siempre me faltará alguien (más que nada porque son vidas y lugares de residencia incompatibles). Y a pesar de ello, estar feliz por poder tener un poquito de corazón en muchas partes del mundo. Duele y dolió mucho en su momento, pero ya se sabe que lo que no mata, ¡te hace más fuerte!

3 personas

¡Sería triste resumir todo a solo tres personas! Así que mejor los agrupo en 3 nacionalidades, en las que entran todos los que han hecho que París sea tan especial: me quedo con los africanos, con los antillanos y con algunos europeos.

El amor en 3 pasos

En París, la ciudad del amor (para los incrédulos, claro) he pasado 3 años acompañados de 3 fases amorosas: la número uno fue cuando llegué y pensé que no hay peor lugar para estar solo y enamorado (que no correspondido). Estás tú con tus circunstancias y nada más. Y te da para reflexionar mucho, demasiado.

¡La fase 2 es mucho más divertida! Es cuando te das cuenta de que París será conocida como la ciudad del amor pero... debe ser porque ¡es la mejor ciudad europea (que yo conozca) para estar soltero! Hay tantas cosas que hacer, tantos sitios a los que ir... Te invitan a una fiesta en una casa y hablas con un montón gente diferente... Te vas a bailar y no te sientes mal por repetir pareja... ¡Solteros de Europa, este es vuestro sitio!

Y la fase 3 es cuando caes en las garras de un francés. No sabes cómo pasa, porque a veces ni los soportas con sus quejas y su orgullo de gallitos (claro que no todos son así... pero casi :P), pero pasa. Y ahí estás tú, en la ciudad del amor (que ya no lo es para ti) con un enamorado. Claro que podría ser peor...

3 estaciones

Aquellos que no vivan en París pueden creer que existen 4 estaciones al año, como suele ser el caso del clima oceánico. Aquí os aviso: no es así.

Invierno hay, y vaya que si lo hay. Claro que no estamos en Rusia y las temperaturas son "aceptables", pero preguntad a mis padres qué opinan del tema y os dirán que ni se os ocurra venir durante esta época del año. Más vale prevenir que quedarse helado.

Otoño: pues también hay. Suele parecerse al invierno pero un poco menos frío (aunque ojito con noviembre...) y con suerte un poco más soleado.

Primavera: ¿esto qué es lo que es? Es el otoño, ¡que ya ha vuelto! Acompañado de lluvias, un poquillo de sol, gente que ya va en sandalias de la ansiedad de tanto llevar botas, y alergias como la copa de un pino, pero otoño al fin y al cabo.

Verano: ¿quién dijo que el verano en París es inexistente? Pues que sepáis que... ¡sí tenemos verano! Este año ha durado 1 semana y media, concretamente. ¿El resto? Una mezcla primaveral y otoñal, para que las chaquetas y las botas no cojan polvo en el armario.

Al menos dicen que cuando el cielo está gris las fotos salen más bonitas
3 ingredientes faltos en mi dieta

Sí, hay que comer bien. Lo sé, lo sé, y a veces hago los deberes y consigo pasar un periodo considerablemente largo de tiempo alimentándome bien. Pero la pereza es mucha cuando llegas a casa tarde de trabajar y hay que correr al supermercado... Por esto hay 3 elementos que no son muy abundantes (más bien inexistentes) en mi dieta parisina. Y los ganadores son...: vitaminas (me encanta la fruta, pero los supermercados de aquí venden algo que no lo es, sino que más bien podría considerarse plástico a precio de oro; y los mercadillos... casi nunca logro levantarme a tiempo para llegar. Soy así de vaga...), proteínas (podría considerarme vegetariana indirecta de tan poca carne y pescado que compro) y hierro (será por los gases o porque a nadie le gusta comer lentejas cuando no le obligan, pero creo que casi podría contar con los dedos de una mano el número de veces que las he cocinado).

3 ingredientes que sobran en mi dieta

Los que llevan las pizzas, las hamburguesas de McDonalds y ¡el queso de cabra marca Leader Price!

One, two, three, au revoir al inglés

Después de tantos años en Francia podría decir que me he vuelto completamente bilingüe, que he adquirido un acento francés que no deja ver mis orígenes y que nada escapa a mi entendimiento. Por desgracia, no es así. Vale, vale, podría decirse que soy "bilingüe" pero mi acento, si ha mejorado algo, sigue dejando bien clarito de dónde vengo y a dónde voy. ¿Y todo esto a cambio de qué? De tener un montón de influencias en castellano y hablar a trompicones y de... despedirme de mi inglés. Estoy cerca de comunicarme a lo indio con acento francés: "Ellou - my name is - Lucía, I'm from - Espain, Soggy".

3 golpes de buena suerte

A veces decimos que la suerte no existe. En ese caso, supongo que se me dan muy bien los sorteos. En lo que va de estancia parisina he ganado tres veces (bueno, en realidad cuatro) en sorteos de esos que "nunca" tocan. Dos veces en la fiesta de Navidad de la empresa: el primer año un kit de baño y perfumes; y el segundo unos súper auriculares. Otro de los grandes regalos caídos del cielo ha sido un pase anual para el parque Disneyland. Me apunté a un mail de publicidad y... ¡tocó! Estaba tan entusiasmada como si tuviese 7 años. Y el último pero más impresionante... redoble de tambor... fue un viaje a... ¡CUBA! Os lo conté un poco aquí. ¡Así de afortunada he sido!

3 objetos con historia

En algún cuaderno escribí que los libros en París cuentan una historia y tienen una historia, porque muchas veces los he comprado de 2ª o a saber qué mano. Me pasa con los libros y con muchas cosas que he adquirido aquí. A día de hoy, tengo al menos 3 cosas cuyo valor implícito es mucho más interesante que el objeto en sí mismo.

En el primer puesto tengo una compilación de algunas historietas de las 1000 y una noches en un libro que data de 1939. Lo compré en los bouquinistes, donde se pueden encontrar verdaderos tesoros a precio de ganga.

En segundo lugar y siguiendo con los cuentos, tengo un libro de historias para niños que compré porque una de ellas es la de la vendedora de fósforos. El libro se imprimió en 1945, así que no está en perfecto estado, pero cuando lo vi casi se me saltaron las lágrimas de emoción. Seguro que mi tía (¡hola tía!) imagina por qué, y es que siempre, siempre me lo contaba cuando era pequeña.

Y por último, aunque fue el primero que adquirí, unos guantes. Pero no unos guantes cualquiera, estos vienen ¡directos de Cuzco, en Perú!, y son súper chulos, llenos de colorines y últimamente se están descosiendo... Me los regaló un peruano que conocí de casualidad mi primera semana aquí y que me hizo patearme medio París a las tantas de la noche mientras me contaba su vida (y yo un poco la mía). Fue una historia a lo Antes del amanecer, pero sin ningún matiz romántico ni por el estilo, así que no penséis mal, pillines. Eso sí, no tuve que comprarme guantes para ninguno de los inviernos que he pasado aquí.

3 percepciones de París

París es maravillosa, no desde un punto de vista turístico; para entenderla y apreciarla hay que vivir en ella y vivirla.

París te cansa hasta caer extenuado. Hay momentos en los que la detestas y quieres perderla de vista para siempre.

París te atrapa, para bien y para mal. A ver quién es el valiente que la deja ahora...


16 de julio de 2014

10 cosas que sólo se viven en París

París es una ciudad genial, cuando vienes por unos días. Si se vive en ella, uno se da cuenta de que París no mola tanto y que hay una cara oculta que el turista no conoce porque viene con una venda en los ojos y que lo obliga a buscar lo que le han vendido: la ciudad del amor, el barrio de los pintores y los bohemios, los monumentos y edificios hausmanianos que tanto imponen... Para algunos, cuando se vive aquí se podría decir que París es como una relación: te encanta al principio y estás perdidamente enamorado de ella, pero poco a poco vas dándote cuenta de que no es oro todo lo que reluce y que tiene sus taras. Pero como es tu pareja, sigues bajo una especie de embrujo en plan "hay cosas que no soporto pero a la vez no puedo vivir sin ella". O sea, que es una relación de amor-odio para muchos de sus habitantes.
Otros, sin embargo, adoran vivir en París. Y no les falta razón. Los motivos pueden ser muchos: es la meca del cine; cada día puedes hacer algo diferente; hay infinidad de actividades culturales (desde museos hasta exposiciones, óperas, ballets, obras de teatro...) y tantos bares y discotecas como gustos musicales existen. Vamos, que si te gusta "hacer cosas", París mola y si no quieres, no te aburres nunca.

Yo soy más bien del primer grupo: me encanta vivir aquí por todo lo que me ofrece y por "las vistas", pero me agobia sobremanera. Sin embargo, hoy he preferido centrarme en lo que más me gusta de París y lo que más voy a echar de menos si un día dejo la ciudad (o ella deja que me vaya). No son museos, no son actividades culturales tal y como las conocemos, no son las vistas (bueno, un poco sí), y no son el queso ni el vino. Son cosas que no son propias de París y que en realidad podrían ocurrir en cualquier sitio. Pero resulta que no, que sólo pasan en París (hasta donde mis vivencias alcanzan); y es por esas cosas que me siento muy afortunada de vivir aquí.


10 cosas que sólo se viven en París:

1. Maravillarte a cada paso con lo que encuentras: puedes estar todo el día y noche paseando, da igual hacia dónde, y (casi) todo lo que veas te encantará. Si estás en los arrondisements del centro serán monumentos increíbles, pero a medida que te alejas ves cómo cambia la arquitectura, y la gente. Poder ver cómo cambia una misma ciudad y el modo de vida de sus habitantes en tan sólo unas calles me sigue dejando anonadada.

2. Celebrar la llegada del verano por todo lo alto con la Fête de la Musique. Las calles se llenan de músicos, dj's y conciertos. Toda la gente está fuera, yendo de un lado a otro y cambiando de estilos musicales en tan solo unos metros. Puedes seguir el programa o echar a andar sin rumbo y ver con qué te encuentras. Es una pasada y ¡es mi día preferido en París! Si queréis saber la fecha perfecta para visitar la ciudad... no lo dudéis: el 21 de junio.

3. Volverte "météo-dependiente", o lo que viene siendo dar al sol la importancia que se merece (y no solo por la fotosíntesis). En España nos "reímos" de los guiris que salen en chanclas a aprovechar el mínimo rayo de sol que se divisa en el firmamento. Yo era de esas, pensaba: "pobrecillos... mira cómo aprovechan, mira. Si es que están desesperados". Bueno, el tiempo me ha puesto en mi lugar y ahora soy la primera que se pelea con sus amigos parisinos para que no le "tapen" el sol. Y cuando digo "sol" quiero decir "un mínimo reflejo que asoma entre las nubes". Nada como una estancia larga en el norte para darme cuenta de hasta qué punto soy sensible a la falta de luz solar. Ahora que me doy cuenta, este punto es más bien negativo... Así que mejor quedaos con esto: ¿lo mejor del sol en París? Es preciosa cuando éste sale.

4. Descubrir que, después de años y años de haberte pateado la ciudad y creer conocerla bastante bien, ¡aún hay sitios que nunca habías visto! Y no solo eso, sino que encima son ¡sitios que te encantan! ¿Alguna vez se llega a conocer completamente París?

5. Estar semi-perdido por un barrio que todavía no conoces bien. Encontrar un bar remoto y con una decoración súper cutre de lo ñoña que es. Entrar porque es el único bar que has visto en varios metros a la rotonda y descubrir que... ¡es un bar-librería!, que... ¡justo empieza un concierto de jazz! y que... ¡hay un pintor sentado a la barra retratando la escena! Terminar la soirée hablando con los músicos y salir del bar habiendo pasado una tarde genial. Eso sí, el bar no lo volverás a encontrar aunque lo busques. Es lo que tiene perderse en París.

6. Ser feliz cuando descubres un bar en el que la pinta de cerveza sólo cuesta 3€. O disfrutar de una especie de paz interior cenando a orillas del canal del Ourq o del canal Saint-Martin. O reírte a carcajadas escuchando un monólogo gratuito en un bar recóndito.

7. Disfrutar de una botella de vino sentada en un mirador desde el que puedes contemplar todo París. Y con un poco de suerte, escuchar a un dúo de acordeón y guitarra improvisado a tus pies.

8. ¡Bailar salsa a orillas del Sena!

9. Pasar una soirée bien acompañada cenando especialidades africanas y riéndote con gente de todas partes del globo. Saber que, sin moverte de tu casa, has conocido un montón de cosas de Senegal, Guinea, el Congo, Ruanda, Togo, Angola, Argelia, Marruecos, las Antillas, la Reunión, la Guyana francesa, Haití... Y sentirte rebosante de alegría bailando ritmos de todo el mundo (entre ellos la kompas o el coupé décalé, que a partir de ahora es uno de tus estilos preferidos) y preguntándote cómo puede ser posible que tu vida sea tan genial.

10. Darte cuenta de que el idioma es importante pero cuando conoces a alguien con quien funciona, lo hará aunque a veces no sepáis ni expresar cómo os sentís o no sepáis cómo se dice tal o tal cosa. Y si encima conservas la relación, no hará más que mejorar y convertirse en una gran amistad.
*

París es lo que tiene: a veces parece que te chupa la energía y el cielo gris te absorbe el buen humor, pero cuando optas por quedarte con lo bueno, te das cuenta de que te ha robado un poco el corazón. A lo mejor por eso se llama la ciudad del amor...

10 de julio de 2014

La Martinica a ojos de una europea

La primera vez que se va al Caribe nunca se olvida. Bueno, digo yo... Yo no lo he olvidado porque fue justo hace un año. Seguro que me acuerdo durante mucho tiempo, pero por si acaso mi memoria me la juega, prefiero dejar algunas impresiones aquí escritas.
Aunque pueda parecer mentira, el Caribe nunca ha sido un destino que me "llamara tanto", tenía otras prioridades. ¿¡Quéeeeee!? Sí, lo sé, cómo se puede decir algo así... Claro que si puedo ir, me voy de cabeza, pero nunca pensé en ahorrar específicamente para hacer un viaje así. Sin embargo, tener un amigo local que te acoja y te enseñe la isla de cabo a rabo es un buen aliciente para no posponer un viaje tan idílico. Así que allí que me fui: a La Martinica, la isla de las flores. Me fui sin saber con qué me encontraría, tan solo con la idea de "voy al Caribe, al paraíso". Y... así fue. Aluciné con las playas, con el agua clara y con los paisajes. Pero hoy no os voy a hablar de qué ver en Martinica, dónde comer, etc. Eso lo guardo para otro post y podéis ir a verlo por vosotros mismos por el módico precio del billete de avión. Hoy prefiero rememorar el viaje desde un punto de vista más... perceptivo.

Para meterte de lleno en el ambiente e imaginarte en Martinica,
lee el post escuchando esta canción,
que fue la banda sonora de mi viaje
Lo primero que pensé nada más poner los pies en tierra caribeña fue "me ahogo" (miento, fue "¡menudo pelo lleva JC!", pero esto no es relevante para la historia). La humedad te da una bofetada nada más salir del aeropuerto y parece que te falte el aire para respirar. Claro que a los 5 minutos estás tan emocionado que ni lo notas.

Yo llegué sobre las 17h, así que casi se estaba haciendo de noche. Y cuando cae la noche martiniquesa, la isla retumba: ¡pensaba que me iba a volver sorda! ¿Qué es ese ruido? ¿Qué ruido? ¡Ese! ¿No lo oyes? ¡Si es atronador...! Vas tan tranquila en el coche, con las ventanillas bajadas y temiendo por tu vida porque el conductor va a toda pastilla por unas carreteras que nada tienen que envidiar a las de los Pirineos (por lo sinuosas y empinadas), cuando de repente oyes un ruido ensordecedor. Crees que son grillos pero es imposible que canten tan fuerte. Bajas el volumen de la radio para que tu compañero de viaje lo oiga y te diga qué es. Y... sí, es el canto de los grillos. Me dio hasta dolor de cabeza. No os preocupéis, a los 3 días ya ni los oía. Pero fue entonces cuando descubrí que en Martinica nunca oirás el silencio absoluto de la noche. (A menos que vaya a haber ciclón, porque entonces los grillos no cantan).

Un día tras otro y durante todo el año, se hace de noche sobre las 18:30h. Fue todo un choque comparando con el verano eterno de París (donde a las 23h aún quedan restos del atarceder). Y con la llegada de la oscuridad parece que se acaba la vida en la isla: todo el mundo vuelve a sus casas y queda muy poca gente por las calles. A menos que vayas a una soirée, a cenar a un restaurante o a dar un paseo por el Malecón de Fort-de-France, te encontrarás merodeando por calles bastante desiertas.

Visitad Fort-de-France de noche, y después visitadla de día. ¡No tiene nada que ver! Parecen dos ciudades distintas... Y si podéis, id a ver el mercado y de paso comprad alguna guayaba (o, aún mejor, zumo de guayaba).

En Martinica vi la puesta de sol más bonita que había visto nunca (hasta que fui a Cuba). Fue desde la Place des Arawaks, en Schoelcher. Mi consejo es que paséis la plaza y vayáis a sentaros sobre las rocas que dan al mar. Al día siguiente ya quería volver.

¡Sobreviví a una tormenta tropical! Vale, no fue el fin del mundo ni pasé miedo, pero derribó un montón de árboles, hubo carreteras cortadas y estuvimos en alerta naranja (que quiere decir "no salgas de casa"). Pasamos el día sin electricidad, jugando a juegos de mesa y, cuando pasó lo peor y levantamos las persianas, vimos que las vigas de la casa que construían al lado estaban todas torcidísimas y que la enorme palmera de enfrente se había caído, dejando al descubierto la finca de un béké.

Aprendí qué es un béké y nos adentramos en su territorio: los campos de caña de azúcar. Los békés son los descendientes de los blancos que fueron a hacer negocio hace varios siglos. Aún forman el 1% de la población (con la abolición de la esclavitud algunos dejaron la isla, otros se integraron/mezclaron con los nativos o, en el caso de la Guadalupe, fueron masacrados) y aun así concentran el 90% de las riquezas de la isla... Todavía quedan algunos que viven en enormes villas y complejos integrados detrás de los campos de caña de azúcar y con vistas al mar...

¡Las casas me encantaron! (Las martiniquesas, no las de los békés) Pensé que todo el mundo debe ser rico para construirse semejantes caseríos. ¡Y tan coloridas! Me encantaron: arquitectura colonial, colores a tutiplén, porches para disfrutar de las vistas y la humedad haciendo estragos de los suyos que añaden aún más encanto. Y para más inri, la arquitectura cambia un montón de norte a sur de la isla.

El norte y el sur son muy diferentes, a pesar de ser un territorio tan pequeño. Yo estaba más bien al sur, con mucha vegetación: palmeras, cocoteros, plataneros, cañas de azúcar, flores... playas de arena blanca y el cielo más bien despejado. Pero conforme vas subiendo, todo cambia: los árboles son más frondosos e incluso hay más vegetación, las carreteras se vuelven más empinadas, las playas son de arena negra y el cielo está más bien gris y nublado.

Además el norte da un poco de miedo por sus carreteras (estrechas, empinadas y casi siempre mojadas por la lluvia o la humedad). Entre ellas destacan la del día en que pensé que iba a morir y la del 2° día en que pensé que iba a morir incluso con más certeza que el primero. Hay que tener un nivel de conducción profesional para descubrir los rincones más bonitos y las playas más recónditas. Los destinos a los que conducen merecen la pena (si no sufres de vértigo o de problemas cardíacos), porque además están poco frecuentados.

Flipé cuando descubrí que sólo puedes ir de una punta a otra de la isla por un lado: ¡por el otro está cortado! Los habitantes de Grand Rivière, Macouba o Basse-Pointe solo tienen una salida de su ciudad: una única carretera del demonio (a causa de la escarpada montaña). Pero es que por el otro... ¡ha sido imposible dominar a la naturaleza! El paisaje es demasiado abrupto. ¡Increíble!

Los paisajes son... abrumadores. Yo no tengo talento fotográfico y en el blog ha quedado probado: pese a mis intentos de captar el momento y la emoción que transmite la naturaleza de la que estaba rodeada... he fracasado. Pero me encantó el hecho de que sea tan salvaje: vas a la playa y no llevas sombrilla, te pones debajo de un árbol (¡pero cuidado, nunca debajo de un cocotero!); hay un montón de bichos con los que convivir y además tienes que tener cuidado porque algunos son pequeños pero matones y si encima los aplastas, huelen fatal; haces una excursión y ves un montón de fauna (todo tipo de cangrejos) y de flora (con hojas que son más grandes que tú de la punta de los dedos hasta los pies); vas por el bosque tropical y si empieza a llover tienes que salir pitando si no quieres sufrir graves heridas provocadas por un árbol en apariencia inofensivo... y así un largo etcétera de supervivencia.


Hasta los pájaros lo saben:
cuidadín con el Mancenillier
De hecho, cuando los pájaros no se comen el fruto de un árbol... por algo será.
Aprendí qué es un rastafari y vi uno en su hábitat natural. ¿Que queréis saber cómo y cuándo encontrar a uno en su estado natural? Muy fácil: tan solo hay que hacer una excursión, no encontrar las marcas del sendero, perderse y decidir que lo mejor será subir por el río (literalmente) hasta llegar a la cascada -que es el punto final del paseo; cuando ya no puedas con tu alma, tengas las deportivas rotas de escalar por las rocas y las rodillas con rasguños de resbalar por estas mismas, y avances sirviéndote de tus 4 extremidades por el bien de tu equilibrio, verás pasar un individuo en chanclas, con una bolsita de plástico como todo complemento de supervivencia y sorteando la naturaleza como si paseara por una calle bien pavimentada. ¡Enhorabuena, lo has encontrado!

Vi iguanas, atrapé una estrella de mar (que después liberé), hice buceo y vi peces preciosos, toqué una anémona que se cerró al instante, cogí un erizo de mar (hacen cosquillas por abajo) y vi pelícanos tirarse en picado al agua. Vi una carrera de yoles rodeada de viejitos que tomaban el "aperitivo" (con ron a palo seco y sin hielo) mientras comía pâte de guayaba (¿existe algo más delicioso?).

La respuesta es sí. En Martinica descubrí mi bebida preferida en el mundo entero y que debe ser un manjar de los dioses: el zumo de azúcar de caña. Si no habéis tenido el privilegio de probarlo, mejor: os evitará echarlo de menos y buscarlo como posesos por el continente europeo, donde a veces lo venden en tetrabricks tamaño pulgarcito pero que tan sólo son un pobre sustituto del original.

¿Qué fue antes, el coco o el cocotero?
Esto también me permitió darme cuenta de que en Europa somos un pelín exagerados respecto a las normas alimenticias: queremos que todo lo que compramos haya pasado todos los controles habidos y por haber. Me parece muy legítimo y apropiado para la salud, pero a veces un poco exagerado. No hay nada como comprar fruta al borde de la carretera o en mercadillos improvisados: ¡esa sí que es fruta fresca y viene directa de la huerta!

Guía molón que no tiene nada que envidiar a Tarzán
Y más fresco aún fue beber agua de coco recién cogido. Estar en medio de una excursión, sedienta y cansada y ver cómo escalan a un cocotero y con un "mini" machete abren un coco delante tuya... es genial. ¡Y beber directamente del coco hace que te sientas como una auténtica aventurera!



Fue un viaje en el que descubrí un montón de cosas que desconocía y que resultaron convertirse en "mis favoritas": comida (pasta de guayaba, pollo al coco, pollo colombo, pizza plus, plátanos fritos...), bebida (zumo de azúcar de caña, zumo de guayaba, zumo de mango...), fauna (desarrollé una extraña afición por los pájaros), lugares y momentos.

¿Quién me lo iba a decir? ¡El Caribe ha resultado ser uno de mis lugares preferidos! (Claro que dicho así... suena evidente)

20 de junio de 2014

Cuando te vas, ya no vuelves

Hay muchos tipos de viajes.
Están los viajes que todos conocemos: turistas dispersos por el mundo disfrutando de sus vacaciones (15 días en la playa, visitando otro país o aprovechando para estar en contacto con la naturaleza). Estos viajes tienen una fecha, y cuando llega el día, vuelves.
Y después están los otros viajes. Los que "duran". Los que parecen viajes pero no lo son porque el lugar a donde vas será tu casa. Será tu casa durante un mes, un año o una década. Será tu casa "temporal", pero al fin y al cabo será tu casa. Son viajes que "duran" porque independientemente del tiempo que te vayas, van a durar en tu recuerdo, en tu percepción de ver el mundo. De estos "viajes" nunca vuelves.

Cuando te vas de tu "primera casa" por un tiempo (da igual dónde, puede ser a la ciudad vecina o a la otra punta del mundo), vas a cambiar. En ese momento tú no lo sabes y puede que la gente que te rodea tampoco lo sepa. Pero vas a cambiar, y mucho. Adaptarte a nuevas compañías, nuevos retos y, si estás en el extranjero, nueva lengua y nueva cultura es algo que tu forma de ver las cosas no puede ignorar. Da igual que cambies mucho o poco, para mejor o para peor... porque cuando vuelvas a tu primera casa te darás cuenta de que la persona que dejó el nido no va a volver. Porque ya no existe.

Al principio será duro: nadie verá inmediatamente el gran cambio que se ha operado en ti, y tu antiguo "yo" seguirá por ahí pululando y dando guerra por volver a ser como antes. Pero tú no quieres ser como antes porque te gusta la persona en la que te has convertido. O al revés, intentas sacar a flote la persona que eras tras el naufragio que te ha convertido en alguien que no te gusta. Sea como fuere, vuelves a tu primera casa después de "tanto" tiempo y... todo sigue igual. Te parece increíble que la vida de los demás sea la misma de antes cuando la tuya ha cambiado tanto. Te parece increíble que la gente que te rodea tenga una mente tan cerrada cuando se aprende tanto mirándose menos el ombligo e interesándose más por qué hay ahí fuera. Pero si vuelves definitivamente a tu primera casa, terminarás por encontrar un equilibrio entre quién eras y quién eres, los demás terminarán por ver quién eres ahora y dejarán de "presionarte" para que seas quien eras antes. Tan solo dale tiempo al tiempo.

Pero cuando no vuelves a tu primera casa, cuando sigues "viajando" y dejando casas a tu paso, el proceso es un poco distinto. Has cambiado incluso más que la primera vez, has tenido varias casas en los últimos años y has dejado en el camino amigos con los que pensaste que nunca perderías el contacto. Al principio te encanta la sensación: no eres de ninguna parte y a la vez lo eres de todas, tienes amigos en todos los rincones del mundo, has aprendido tanto que sólo puedes pensar en seguir abriéndote (de mente, mal pensados) a nuevas experiencias, culturas y personas, sabes que no volverás a tu primera casa porque hay tanto que ver que una vida no te va a ser suficiente. Es un sentimiento magnífico y te hace capaz de poder con todo. Sientes que te vas a comer el mundo y das gracias por la suerte que tienes de poder vivir una experiencia así. Y es en este punto cuando los nómadas del siglo XXI se dividen en dos grupos: los que siguen así el resto de su vida los nómadas auténticos‒, y los que no.

Por eso si sólo eres un nómada amateur o no has sabido organizarte y guardar un equilibrio, llega un momento en el que te da un bajón. Eres de todas partes pero en realidad no eres de ninguna, y tu sitio está allí donde tú quieras, pero se ha desplazado tantas veces como tú, que ya no sabes dónde quedarte para tenerlo todo; no quieres decir adiós a mucha gente que se te queda en el camino pero tus pasos te han llevado tan lejos que cuesta volver, y tienes que aprender a "dejar ir" contra tu voluntad. Cuando cruzaste el umbral de la puerta de tu primera casa sabías que vivirías en otro lugar, harías otros amigos y tendrías otra "familia", te enamorarías de tu nueva ciudad y aprenderías muchas cosas. Pensabas que te ibas por unos meses pero que un día volverías a tu "verdadero hogar". No sabías que a partir de entonces ya no serías la misma persona. 

Nadie te previno. Nadie te informó de que a partir de entonces querrías estar en todos los sitios al mismo tiempo. Nadie te reveló que tú cambias con cada destino y que no serás la misma persona a medida que te mudes, no serás la misma persona que te unía a tus amigos en otros lugares. Nadie te explicó que, aunque quieras, no puedes volver porque ya no es "tu sitio". Nadie te avisó de que a partir de entonces tu hogar iba a estar esparcido porque te has dejado cachitos del corazón repartidos por todo el mapa. Nadie te advirtió de que tu hogar es tu gente y tus recuerdos, y ahora "tu gente" está por todas partes y te toca elegir por qué punto cardinal te decantas; y tus recuerdos te la van a jugar, porque te acompañarán a cualquier parte y se asegurarán de que siempre "te falte algo".

Nadie te dijo que, si te vas, ya no vuelves.
Pero el viaje merece la pena.

Ellos lo explican mejor que yo:

"El síndrome del eterno viajero es la sensación 
de no estar a gusto en ningún sitio 
porque necesitas estar en otros. 
Es la ansiedad que sientes al pensar 
que nunca serás feliz en un solo lugar. 
Es una enfermedad... que te salva la vida."

http://algoquerecordar.com/posts-destacados-el-sindrome-del-eterno-viajero/

18 de junio de 2014

Cuba: Lo que te han contado vs. Lo que vives

Todos conocéis la sensación: sale una nueva película, y toda la gente que conoces que la ha visto te habla de ella como la mejor película que han visto en años, o la más divertida, o te describen emocionados los mejores efectos especiales del siglo... Y cuando por fin vas a verla, porque es LA película, dices: está bien, está muy bien, pero no es para tanto. Lo mismo pasa cuando dices a la gente que te vas de vacaciones a Cuba: empiezan a contarte las maravillas de cuando ell@s estuvieron allí. Hasta la fecha, nadie me ha contado haber vivido una mala experiencia en este país. Por eso, yo que me hago ilusiones en seguida, tenía las expectativas por los aires (aunque puse mucho empeño en que no fuera así, para no llevarme posibles decepciones). Pero claro, cuando tus padres (que acaban de visitar Cuba por primera vez) te cuentan una maravilla tras otra, otro de tus amigos está enamorado del país y el resto de tus conocidos no paran de repetirte lo bien que te lo vas a pasar y lo guay que es... pues te vas ilusionando, te vas ilusionando... hasta que llega el primer día en La Habana y no sabes muy bien qué esperar, y tienes miedo de perderte aquello de lo que tanto te han hablado y convertirte en la primera persona que conoces para la que Cuba no es tan excepcional como para el resto de seres humanos. Más o menos es lo que me pasó a mí. Cuba me encantó, aunque no sé si tanto como pensaba que lo haría.

Hay aspectos sobre los que me contaron cosas increíbles y no fue para tanto (como la ceremonia del cañonazo en la Habana, aunque sí, hay que verla) . Hay cosas sobre las que me hablaron y fue casi tal y como me lo habían contado. Y hay cosas sobre las que nadie me habló y fue genial descubrirlas por mí misma, verlas a través de mis propios ojos, sin una idea preconcebida. Por si estáis pensando visitar Cuba y vuestros conocidos empiezan a deciros "Bua, ya verás es genial porque..." o "me encantó por tal y tal...", mi consejo es: escuchad lo que os dicen, y si os dan buenas direcciones aún mejor, pero id como si no supierais nada de las experiencias de los demás y concentraos en vivir vuestro viaje, no el de los que ya estuvieron allí. Dejad en la aduana la idea que os hayáis podido hacer de cómo será, olvidad lo que os han contado, y preparaos para disfrutar de lo que Cuba os pueda ofrecer. Porque un mismo país siempre cambia con cada persona que se aventura en él, y la percepción que haya podido tener tu vecino no será la misma que la tuya. Yo no seguí mi propio consejo y este post es el resultado de ello.

Cómo me contaron Cuba:

La gente:
    • todo el mundo es majísimo, se desviven por ayudarte con lo que sea. Nada de caras largas, siempre muy agradables.
    • viven tan en la miseria que muchos te piden una ayudita (jabón, bolis, que les compres alguna cosa, dinero...).
    • los cubanos te van a tirar mucho los tejos.
La música, el ambiente y los bailes:
    • ¡En cada esquina hay música! ¡A todas horas, en cualquier parte!
    • hay mucho ambiente, en cualquier parte se baila y todos los cubanos bailan requetebién.
La comida y la bebida:
    • "Los mojitos son los mejores que hemos probado nunca".
El transporte:
    • Cuba está llena de coches americanos de los años 50.
    • los autobuses (omnibus) de los cubanos son un armatoste de hierro... y en contraposición los de los turistas son autobuses normales, como los de Europa
La vida comunista:
    • hay mucha miseria, viven con lo necesario e imprescindible y todo lo reutilizan hasta el infinito; de todo sacan provecho
    • allí todo el mundo es mecánico y electricista, por necesidad. Los que tienen carreras universitarias (la mayoría de la población) se dedican al turismo (taxistas, camareros, guías, etc.)
    • las ciudades están en ruinas
Así que, sabiendo tantas cosas de Cuba y habiendo oído tan buenas historias, estaba convencida de que iba a ser el viaje de mi vida. No lo fue.
¡Personas del mundo que me han hablado de Cuba, yo os maldigo!

Cómo yo viví Cuba:

La gente es muy  maja. Siempre muy agradables y viven muy en la miseria. No me pidieron cual mendigos (excepto en una ocasión y el tío fue bastante borde cuando le dije que no...) y sin embargo pensé que casi siempre te intentan timar. Para mí, que no estoy acostumbrada a negociar, fue la perdición. Los taxistas, los cocheros, los que contratamos como guías, los restaurantes, los vendedores... No lo critico y obviamente no fue todo el mundo, pero a veces me sentía un pelín turista estúpida.
Ni los cubanos me tiraron (tanto) los tejos (quiero creer que porque iba acompañada y no por fea...) ni me sacaron a bailar. ¡Esto sí que no me lo esperaba! Me dije: "soy joven, sé bailar un poco y soy maja, no se me resistirán". Angelico... descubrí que los cubanos prefieren sacar a bailar a las maduritas, y si están con el puntillo de tantos mojitos, mejor. Cuando vi el panorama decidí tomar cartas en el asunto y pedirles que bailaran conmigo directamente, pero no contaba con que tuviera que ponerme a la cola (estaban muy solicitados)... para al cabo de un par de canciones ser olvidada. En 10 días, el número total de bailes con un cubano auténtico fue de... 3. Respecto al tema de la música y el ambiente, también me quedé un poco decepcionada. Me temo que también dimos con los lugares incorrectos en el momento incorrecto, y en lugar de un ambiente a lo Dirty Dancing, terminamos en un par de garitos donde la pista, además de grande, estaba vacía y donde había un desfile de chicas "de compañía". Tampoco vimos ninguna rueda callejera, pero creo que para eso hay que ir más bien a Santiago.
¿Los mojitos? Deliciosos (casi todos, porque en el todo incluido de Varadero... parecían sacados de la piscina), "pegaban" fuerte y mezclados con el calor hacían que no sintiera las piernas.
Lo que no me esperaba, y doy gracias por que nadie me hubiera prevenido, es que hubiera taaaanta gente por la calle, a todas horas, en cualquier parte. Los que dicen que Nueva York es la ciudad que no duerme, deberían pasarse por La Habana. Increíble.
No esperaba tampoco encontrar tanta propaganda. Luego lo piensas y, claro, es lógico en una dictadura... Había leído 1984 y me parecía estar dentro de un libro similar, versión caribeña. Reiniero, nuestro cochero del primer día, era hijo del castrismo. Su discurso parecía sacado de un mitin y fue el más claro ejemplo de cómo muchas personas repiten lo que se les dice que es la verdad.

Tampoco sabía que Cuba, y sobre todo La Habana, tuviera un olor: a petróleo. No sabía que el viento soplara tan fuerte que te deja ciego y sucio. No sabía que las olas sobrepasaran el malecón y se adentraran hasta las casas. No sabía que el agua de la cisterna apenas tuviera presión y que los frigoríficos apenas conservan los alimentos fríos. No sabía que el zumo de azúcar de caña fuera una "viagra natural" (Reiniero dixit). No sabía que en las calles hay todo tipo de vehículos. No sabía que casi todo el mundo allí es un artista ni que muchos chapurrean el ruso. No sabía hasta qué punto la gente busca alguien que le abra las puertas al resto del mundo.

Con qué me quedo de mi viaje:


Con Cárdenas, que no estaba prevista en el viaje pero como casi siempre, lo más imprevisto termina siendo lo mejor. Allí vimos un mercado, probamos frutas típicas y bebimos sin preocuparnos por si el agua nos haría ponernos malos... visitamos dos museos y aprendimos un montón de cosas guiados por un amigo.

Con La Habana, descubrir su olor, su calor pegajoso y perdernos por las calles para terminar encontrando un comercio donde tomamos zumo de guarapo por tan solo unos céntimos.

Con haber trabado amistad con un cubano al que le iba bien entablar conversación para olvidar una discusión con una amiga.

Con haber flipado con las cosas que no sabía y quedarme enamorada de los colores y la arquitectura.

Con el paseo por la playa a la luz de la Luna llena y haber pasado miedo cuando una nube la tapaba.

Con ver ponerse el sol sobre la línea del firmamento en el océano.

La Habana (foto de Google)
Y, sobre todo, me quedo con la esperanza de poder volver algún día.