16 de julio de 2014

10 cosas que sólo se viven en París

París es una ciudad genial, cuando vienes por unos días. Si se vive en ella, uno se da cuenta de que París no mola tanto y que hay una cara oculta que el turista no conoce porque viene con una venda en los ojos y que lo obliga a buscar lo que le han vendido: la ciudad del amor, el barrio de los pintores y los bohemios, los monumentos y edificios hausmanianos que tanto imponen... Para algunos, cuando se vive aquí se podría decir que París es como una relación: te encanta al principio y estás perdidamente enamorado de ella, pero poco a poco vas dándote cuenta de que no es oro todo lo que reluce y que tiene sus taras. Pero como es tu pareja, sigues bajo una especie de embrujo en plan "hay cosas que no soporto pero a la vez no puedo vivir sin ella". O sea, que es una relación de amor-odio para muchos de sus habitantes.
Otros, sin embargo, adoran vivir en París. Y no les falta razón. Los motivos pueden ser muchos: es la meca del cine; cada día puedes hacer algo diferente; hay infinidad de actividades culturales (desde museos hasta exposiciones, óperas, ballets, obras de teatro...) y tantos bares y discotecas como gustos musicales existen. Vamos, que si te gusta "hacer cosas", París mola y si no quieres, no te aburres nunca.

Yo soy más bien del primer grupo: me encanta vivir aquí por todo lo que me ofrece y por "las vistas", pero me agobia sobremanera. Sin embargo, hoy he preferido centrarme en lo que más me gusta de París y lo que más voy a echar de menos si un día dejo la ciudad (o ella deja que me vaya). No son museos, no son actividades culturales tal y como las conocemos, no son las vistas (bueno, un poco sí), y no son el queso ni el vino. Son cosas que no son propias de París y que en realidad podrían ocurrir en cualquier sitio. Pero resulta que no, que sólo pasan en París (hasta donde mis vivencias alcanzan); y es por esas cosas que me siento muy afortunada de vivir aquí.


10 cosas que sólo se viven en París:

1. Maravillarte a cada paso con lo que encuentras: puedes estar todo el día y noche paseando, da igual hacia dónde, y (casi) todo lo que veas te encantará. Si estás en los arrondisements del centro serán monumentos increíbles, pero a medida que te alejas ves cómo cambia la arquitectura, y la gente. Poder ver cómo cambia una misma ciudad y el modo de vida de sus habitantes en tan sólo unas calles me sigue dejando anonadada.

2. Celebrar la llegada del verano por todo lo alto con la Fête de la Musique. Las calles se llenan de músicos, dj's y conciertos. Toda la gente está fuera, yendo de un lado a otro y cambiando de estilos musicales en tan solo unos metros. Puedes seguir el programa o echar a andar sin rumbo y ver con qué te encuentras. Es una pasada y ¡es mi día preferido en París! Si queréis saber la fecha perfecta para visitar la ciudad... no lo dudéis: el 21 de junio.

3. Volverte "météo-dependiente", o lo que viene siendo dar al sol la importancia que se merece (y no solo por la fotosíntesis). En España nos "reímos" de los guiris que salen en chanclas a aprovechar el mínimo rayo de sol que se divisa en el firmamento. Yo era de esas, pensaba: "pobrecillos... mira cómo aprovechan, mira. Si es que están desesperados". Bueno, el tiempo me ha puesto en mi lugar y ahora soy la primera que se pelea con sus amigos parisinos para que no le "tapen" el sol. Y cuando digo "sol" quiero decir "un mínimo reflejo que asoma entre las nubes". Nada como una estancia larga en el norte para darme cuenta de hasta qué punto soy sensible a la falta de luz solar. Ahora que me doy cuenta, este punto es más bien negativo... Así que mejor quedaos con esto: ¿lo mejor del sol en París? Es preciosa cuando éste sale.

4. Descubrir que, después de años y años de haberte pateado la ciudad y creer conocerla bastante bien, ¡aún hay sitios que nunca habías visto! Y no solo eso, sino que encima son ¡sitios que te encantan! ¿Alguna vez se llega a conocer completamente París?

5. Estar semi-perdido por un barrio que todavía no conoces bien. Encontrar un bar remoto y con una decoración súper cutre de lo ñoña que es. Entrar porque es el único bar que has visto en varios metros a la rotonda y descubrir que... ¡es un bar-librería!, que... ¡justo empieza un concierto de jazz! y que... ¡hay un pintor sentado a la barra retratando la escena! Terminar la soirée hablando con los músicos y salir del bar habiendo pasado una tarde genial. Eso sí, el bar no lo volverás a encontrar aunque lo busques. Es lo que tiene perderse en París.

6. Ser feliz cuando descubres un bar en el que la pinta de cerveza sólo cuesta 3€. O disfrutar de una especie de paz interior cenando a orillas del canal del Ourq o del canal Saint-Martin. O reírte a carcajadas escuchando un monólogo gratuito en un bar recóndito.

7. Disfrutar de una botella de vino sentada en un mirador desde el que puedes contemplar todo París. Y con un poco de suerte, escuchar a un dúo de acordeón y guitarra improvisado a tus pies.

8. ¡Bailar salsa a orillas del Sena!

9. Pasar una soirée bien acompañada cenando especialidades africanas y riéndote con gente de todas partes del globo. Saber que, sin moverte de tu casa, has conocido un montón de cosas de Senegal, Guinea, el Congo, Ruanda, Togo, Angola, Argelia, Marruecos, las Antillas, la Reunión, la Guyana francesa, Haití... Y sentirte rebosante de alegría bailando ritmos de todo el mundo (entre ellos la kompas o el coupé décalé, que a partir de ahora es uno de tus estilos preferidos) y preguntándote cómo puede ser posible que tu vida sea tan genial.

10. Darte cuenta de que el idioma es importante pero cuando conoces a alguien con quien funciona, lo hará aunque a veces no sepáis ni expresar cómo os sentís o no sepáis cómo se dice tal o tal cosa. Y si encima conservas la relación, no hará más que mejorar y convertirse en una gran amistad.
*

París es lo que tiene: a veces parece que te chupa la energía y el cielo gris te absorbe el buen humor, pero cuando optas por quedarte con lo bueno, te das cuenta de que te ha robado un poco el corazón. A lo mejor por eso se llama la ciudad del amor...

10 de julio de 2014

La Martinica a ojos de una europea

La primera vez que se va al Caribe nunca se olvida. Bueno, digo yo... Yo no lo he olvidado porque fue justo hace un año. Seguro que me acuerdo durante mucho tiempo, pero por si acaso mi memoria me la juega, prefiero dejar algunas impresiones aquí escritas.
Aunque pueda parecer mentira, el Caribe nunca ha sido un destino que me "llamara tanto", tenía otras prioridades. ¿¡Quéeeeee!? Sí, lo sé, cómo se puede decir algo así... Claro que si puedo ir, me voy de cabeza, pero nunca pensé en ahorrar específicamente para hacer un viaje así. Sin embargo, tener un amigo local que te acoja y te enseñe la isla de cabo a rabo es un buen aliciente para no posponer un viaje tan idílico. Así que allí que me fui: a La Martinica, la isla de las flores. Me fui sin saber con qué me encontraría, tan solo con la idea de "voy al Caribe, al paraíso". Y... así fue. Aluciné con las playas, con el agua clara y con los paisajes. Pero hoy no os voy a hablar de qué ver en Martinica, dónde comer, etc. Eso lo guardo para otro post y podéis ir a verlo por vosotros mismos por el módico precio del billete de avión. Hoy prefiero rememorar el viaje desde un punto de vista más... perceptivo.

Para meterte de lleno en el ambiente e imaginarte en Martinica,
lee el post escuchando esta canción,
que fue la banda sonora de mi viaje
Lo primero que pensé nada más poner los pies en tierra caribeña fue "me ahogo" (miento, fue "¡menudo pelo lleva JC!", pero esto no es relevante para la historia). La humedad te da una bofetada nada más salir del aeropuerto y parece que te falte el aire para respirar. Claro que a los 5 minutos estás tan emocionado que ni lo notas.

Yo llegué sobre las 17h, así que casi se estaba haciendo de noche. Y cuando cae la noche martiniquesa, la isla retumba: ¡pensaba que me iba a volver sorda! ¿Qué es ese ruido? ¿Qué ruido? ¡Ese! ¿No lo oyes? ¡Si es atronador...! Vas tan tranquila en el coche, con las ventanillas bajadas y temiendo por tu vida porque el conductor va a toda pastilla por unas carreteras que nada tienen que envidiar a las de los Pirineos (por lo sinuosas y empinadas), cuando de repente oyes un ruido ensordecedor. Crees que son grillos pero es imposible que canten tan fuerte. Bajas el volumen de la radio para que tu compañero de viaje lo oiga y te diga qué es. Y... sí, es el canto de los grillos. Me dio hasta dolor de cabeza. No os preocupéis, a los 3 días ya ni los oía. Pero fue entonces cuando descubrí que en Martinica nunca oirás el silencio absoluto de la noche. (A menos que vaya a haber ciclón, porque entonces los grillos no cantan).

Un día tras otro y durante todo el año, se hace de noche sobre las 18:30h. Fue todo un choque comparando con el verano eterno de París (donde a las 23h aún quedan restos del atarceder). Y con la llegada de la oscuridad parece que se acaba la vida en la isla: todo el mundo vuelve a sus casas y queda muy poca gente por las calles. A menos que vayas a una soirée, a cenar a un restaurante o a dar un paseo por el Malecón de Fort-de-France, te encontrarás merodeando por calles bastante desiertas.

Visitad Fort-de-France de noche, y después visitadla de día. ¡No tiene nada que ver! Parecen dos ciudades distintas... Y si podéis, id a ver el mercado y de paso comprad alguna guayaba (o, aún mejor, zumo de guayaba).

En Martinica vi la puesta de sol más bonita que había visto nunca (hasta que fui a Cuba). Fue desde la Place des Arawaks, en Schoelcher. Mi consejo es que paséis la plaza y vayáis a sentaros sobre las rocas que dan al mar. Al día siguiente ya quería volver.

¡Sobreviví a una tormenta tropical! Vale, no fue el fin del mundo ni pasé miedo, pero derribó un montón de árboles, hubo carreteras cortadas y estuvimos en alerta naranja (que quiere decir "no salgas de casa"). Pasamos el día sin electricidad, jugando a juegos de mesa y, cuando pasó lo peor y levantamos las persianas, vimos que las vigas de la casa que construían al lado estaban todas torcidísimas y que la enorme palmera de enfrente se había caído, dejando al descubierto la finca de un béké.

Aprendí qué es un béké y nos adentramos en su territorio: los campos de caña de azúcar. Los békés son los descendientes de los blancos que fueron a hacer negocio hace varios siglos. Aún forman el 1% de la población (con la abolición de la esclavitud algunos dejaron la isla, otros se integraron/mezclaron con los nativos o, en el caso de la Guadalupe, fueron masacrados) y aun así concentran el 90% de las riquezas de la isla... Todavía quedan algunos que viven en enormes villas y complejos integrados detrás de los campos de caña de azúcar y con vistas al mar...

¡Las casas me encantaron! (Las martiniquesas, no las de los békés) Pensé que todo el mundo debe ser rico para construirse semejantes caseríos. ¡Y tan coloridas! Me encantaron: arquitectura colonial, colores a tutiplén, porches para disfrutar de las vistas y la humedad haciendo estragos de los suyos que añaden aún más encanto. Y para más inri, la arquitectura cambia un montón de norte a sur de la isla.

El norte y el sur son muy diferentes, a pesar de ser un territorio tan pequeño. Yo estaba más bien al sur, con mucha vegetación: palmeras, cocoteros, plataneros, cañas de azúcar, flores... playas de arena blanca y el cielo más bien despejado. Pero conforme vas subiendo, todo cambia: los árboles son más frondosos e incluso hay más vegetación, las carreteras se vuelven más empinadas, las playas son de arena negra y el cielo está más bien gris y nublado.

Además el norte da un poco de miedo por sus carreteras (estrechas, empinadas y casi siempre mojadas por la lluvia o la humedad). Entre ellas destacan la del día en que pensé que iba a morir y la del 2° día en que pensé que iba a morir incluso con más certeza que el primero. Hay que tener un nivel de conducción profesional para descubrir los rincones más bonitos y las playas más recónditas. Los destinos a los que conducen merecen la pena (si no sufres de vértigo o de problemas cardíacos), porque además están poco frecuentados.

Flipé cuando descubrí que sólo puedes ir de una punta a otra de la isla por un lado: ¡por el otro está cortado! Los habitantes de Grand Rivière, Macouba o Basse-Pointe solo tienen una salida de su ciudad: una única carretera del demonio (a causa de la escarpada montaña). Pero es que por el otro... ¡ha sido imposible dominar a la naturaleza! El paisaje es demasiado abrupto. ¡Increíble!

Los paisajes son... abrumadores. Yo no tengo talento fotográfico y en el blog ha quedado probado: pese a mis intentos de captar el momento y la emoción que transmite la naturaleza de la que estaba rodeada... he fracasado. Pero me encantó el hecho de que sea tan salvaje: vas a la playa y no llevas sombrilla, te pones debajo de un árbol (¡pero cuidado, nunca debajo de un cocotero!); hay un montón de bichos con los que convivir y además tienes que tener cuidado porque algunos son pequeños pero matones y si encima los aplastas, huelen fatal; haces una excursión y ves un montón de fauna (todo tipo de cangrejos) y de flora (con hojas que son más grandes que tú de la punta de los dedos hasta los pies); vas por el bosque tropical y si empieza a llover tienes que salir pitando si no quieres sufrir graves heridas provocadas por un árbol en apariencia inofensivo... y así un largo etcétera de supervivencia.


Hasta los pájaros lo saben:
cuidadín con el Mancenillier
De hecho, cuando los pájaros no se comen el fruto de un árbol... por algo será.
Aprendí qué es un rastafari y vi uno en su hábitat natural. ¿Que queréis saber cómo y cuándo encontrar a uno en su estado natural? Muy fácil: tan solo hay que hacer una excursión, no encontrar las marcas del sendero, perderse y decidir que lo mejor será subir por el río (literalmente) hasta llegar a la cascada -que es el punto final del paseo; cuando ya no puedas con tu alma, tengas las deportivas rotas de escalar por las rocas y las rodillas con rasguños de resbalar por estas mismas, y avances sirviéndote de tus 4 extremidades por el bien de tu equilibrio, verás pasar un individuo en chanclas, con una bolsita de plástico como todo complemento de supervivencia y sorteando la naturaleza como si paseara por una calle bien pavimentada. ¡Enhorabuena, lo has encontrado!

Vi iguanas, atrapé una estrella de mar (que después liberé), hice buceo y vi peces preciosos, toqué una anémona que se cerró al instante, cogí un erizo de mar (hacen cosquillas por abajo) y vi pelícanos tirarse en picado al agua. Vi una carrera de yoles rodeada de viejitos que tomaban el "aperitivo" (con ron a palo seco y sin hielo) mientras comía pâte de guayaba (¿existe algo más delicioso?).

La respuesta es sí. En Martinica descubrí mi bebida preferida en el mundo entero y que debe ser un manjar de los dioses: el zumo de azúcar de caña. Si no habéis tenido el privilegio de probarlo, mejor: os evitará echarlo de menos y buscarlo como posesos por el continente europeo, donde a veces lo venden en tetrabricks tamaño pulgarcito pero que tan sólo son un pobre sustituto del original.

¿Qué fue antes, el coco o el cocotero?
Esto también me permitió darme cuenta de que en Europa somos un pelín exagerados respecto a las normas alimenticias: queremos que todo lo que compramos haya pasado todos los controles habidos y por haber. Me parece muy legítimo y apropiado para la salud, pero a veces un poco exagerado. No hay nada como comprar fruta al borde de la carretera o en mercadillos improvisados: ¡esa sí que es fruta fresca y viene directa de la huerta!

Guía molón que no tiene nada que envidiar a Tarzán
Y más fresco aún fue beber agua de coco recién cogido. Estar en medio de una excursión, sedienta y cansada y ver cómo escalan a un cocotero y con un "mini" machete abren un coco delante tuya... es genial. ¡Y beber directamente del coco hace que te sientas como una auténtica aventurera!



Fue un viaje en el que descubrí un montón de cosas que desconocía y que resultaron convertirse en "mis favoritas": comida (pasta de guayaba, pollo al coco, pollo colombo, pizza plus, plátanos fritos...), bebida (zumo de azúcar de caña, zumo de guayaba, zumo de mango...), fauna (desarrollé una extraña afición por los pájaros), lugares y momentos.

¿Quién me lo iba a decir? ¡El Caribe ha resultado ser uno de mis lugares preferidos! (Claro que dicho así... suena evidente)

27 de junio de 2014

Un viaje... inaudito

Este ha sido, sin duda, el viaje más surrealista de toda mi vida. No aconteció en un lugar remoto ni exótico; no era un plan de alucine; no fui pensando que siempre me acordaría de este viaje. El programa era simple: un grupo de amigas, un coche, un cámping, una semana y la idea de visitar el País Vasco (San Sebastián y algunos pueblitos de la zona) y tal vez las Landas francesas. Vamos, un viaje nada fuera de lo común pero que tienes muchas ganas de hacer por la compañía y la emoción de que es tu primer "road trip". No sabíamos que el viaje se nos iría de las manos. No sabíamos lo que nos deparaban el destino... ni la previsión meteorológica.

Empezamos el viaje: salimos de Zaragoza con destino San Sebastián. Cogemos una carretera nacional porque pasamos de pagar los peajes. Viaje sin incidentes, cantando La Oreja de Van Gogh para ir ambientándonos y rememorar nuestra infancia. Llegamos al cámping y después de montar el tinglao, nos damos cuenta de que nos faltan muchas cosas... camping gas, alguna silla, ¿papel higiénico? no recuerdo si llevamos. Sí recuerdo que los baños nos caían lejísimos... Pasamos un par de días o tres disfrutando del festival de jazz de San Sebastián, y lo único que nos falló fue el tiempo: era verano y hacía bastante fresco... Lo más remarcable (o al menos que yo recuerde) fue pensar que hay gente muy motivada en San Sebastián, haciendo footing a las 6 de la mañana bajo la lluvia y con el frío. Después de pasar el fin de semana, algunas nos tuvieron que abandonar por incompatibilidad laboral. En aquel momento pensamos "ellas se lo pierden", poco después desearíamos habernos ido con ellas...

Comienzan los imprevistos: como en todo viaje, puede pasarte que te llueva o surjan imprevistos. Claro que cuando vas con idea de vacaciones de verano, a la playita y en plan visitar tranquilamente, pues te deja un poco trastocada que no sea como tú quieres. Nos llovió. Nos llovió muchísimo. Y decidimos que cambiábamos el plan original: iríamos a ver pueblecitos de la zona pero elaborando una ruta. Destino: allá donde no llueva. Para eso acudimos a Mutriku, donde teníamos estratégicamente una casa con tele. La encendemos y... previsión meteorológica para la próxima semana en varios kilómetros y comunidades a la redonda: lluvia torrencial. ¡Da igual! Vamos a bajar hacia Vitoria, que como es el "sur" seguro que hace bueno. No, mejor no... ¿en Vitoria qué se puede visitar? Yo prefiero ir de ruta por los pueblos y de cámping donde nos pille. ¿Y si seguimos con el plan original y vamos hacia Francia para ver las Landas? Creo recordar que nos intentaron prevenir: pero si seguís subiendo... aún hará peor tiempo, ¿no? Nosotras no escuchamos, era un planazo: ¡Venga!

Carretera y manta: vamos subiendo, visitamos algún pueblo (¿o fue solo uno?) y la lluvia nos acompaña todo el camino. Los que me lean pueden pensar que somos unas señoritingas y que por 4 gotas no pasa nada. Sí, si eso lo sabemos. Pero aquello era el diluvio universal 2ª parte. Pasamos las Landas, la lluvia arrecia y no sabemos qué hacer. A estas alturas del viaje hemos convertido el coche en nuestra casa, o más bien en nuestra pocilga; la conductora y la copilota vamos como reinas, pero la pobre de atrás apenas tiene sitio para sentarse: todas las cosas que no tuvimos tiempo de meter ordenadamente en el maletero están en los asientos (nevera, abrigos, zapatos, alguna mochila, comida, bebida...).

Empezamos a delirar: madre mía, pero ¿dónde vamos a ir a parar? ¿Y si no paramos? ¡Oye! ¿Y si vamos a Futuroscope? ¡Jajajaja! Paramos en una gasolinera y vemos un mapa de Francia que nos pone los pies en la tierra: Futuroscope está en el quinto pino y pronto se hará de noche.

Nuevo plan: pararnos donde creamos que habrá un cámping. Y el elegido es... ¡Burdeos! Vemos una indicación para un cámping. ¡Estamos salvadas! Y encima, la lluvia ha amainado. ¿Qué más se puede pedir? Decidimos que al día siguiente visitaremos la ciudad tranquilamente y sin lluvia (aún conservábamos la esperanza). Llegamos al cámping, donde había menos ambiente que en un entierro, y buscamos una plaza ni muy alejada ni muy cercana de otras tiendas. Empezamos a montar la tienda lo más rápido posible porque nos quedamos sin luz solar (recuerdo que no llevábamos cámping gas), pero el suelo está tan mojado que no queremos ponerla tal cual o acabaremos con una neumonía. Menos mal que sí llevábamos... ¡bolsas de basura! Ponemos una primera capa "protectora" y... cae la noche. Montar una tienda de campaña con la luz de la linterna y de los móviles sólo se lo recomiendo a los más intrépidos. Y vuelve la lluvia... Con la satisfacción del trabajo bien hecho y tan empapadas como encanadas de la risa, nos empieza a entrar el hambre. Pero... ¡si no llevamos sillas! ¡Y llueve a cántaros! Cargamos con los bártulos (platos, cubiertos, vasos, fuet, queso, pan, tomate...) y vamos a mendigar a la recepción para que nos dejen sentarnos ahí para cenar. El recepcionista no sale de su asombro y nosotras apenas podemos comer de la risa que nos da la situación, sobre todo cuando llegan nuevos campistas y nos ven allí, dando pena pero muertas de la risa.

Visita cultural: por la mañana nos vamos del cámping con la tienda chorreando y dejando una reserva natural de ranas bajo nuestra capa protectora; y nos vamos a ver Burdeos. Tras dar mil vueltas intentando encontrar un sitio para aparcar, dejamos el coche en un párking de "zona azul". ¿Para cuántas horas ponemos ticket? ¡Pero para todo el día es carísimo! Bah, nos la jugamos, si lo mismo no pasan... Burdeos es muy bonita, hasta cogimos el trenecito que te da una vuelta y nos comimos un helado (eso sí, con un frío de mil pares). De Burdeos recuerdo vagamente una historieta con un niño que era "nuestro hijo", algo de unos auriculares... y muchas risas. Cuando nos cansamos de la ciudad volvimos a casa, es decir, al coche, para decidir cuál sería nuestro siguiente punto: aún nos quedaba un día de vacaciones. Como souvenir de Burdeos nos llevamos una multa (que nunca pagamos): obviamente sí pasaron a controlar el ticket.

Crisis: puede que mis compañeras de viaje no la sufrieran, pero lo dudo. Tras varios días en la carretera delirando y riendo (muchas veces por no llorar) y sabiéndonos víctimas de los caprichos de la condensación atmosférica, yo empecé a desesperar. Estábamos volviendo hacia la península, así que nuestro rumbo era "hacia abajo" pero sin saber dónde caeríamos muertas. Al final optamos por la misma máxima que nos guió cuando empezamos a subir en el mapa: conducimos hacia abajo hasta que pare de llover, y ahí que nos quedamos. Pero después de más de 6 horas de volante y con todo el cansancio encima (y puede que el mal olor, porque creo que en Francia ni nos duchamos) la idea de conducir un "poco" más y dormir en nuestra cama calentitas y no en una tienda de campaña que estaba lista para escurrir se volvió muy tentadora...

Volvemos a la carga: ¡Pero no podíamos rendirnos! Si no habríamos fracasado: ¿terminar las vacaciones 24 horas antes de lo previsto? ¡Antes muertas! No sé cómo surgió la idea, fue algo como Oye... ¿¡y si vamos a un pueblo en fiestas!? Nos pareció un planazo a las 3, aunque no podíamos creer el grado de locura que habíamos alcanzado en tan pocos días. El cansancio desapareció y nos embargó un sentimiento mezcla de emoción y nervios: habíamos perdido la cabeza. ¡Síiiii! ¿¡Qué pueblos hay ahora en fiestas!? ¿A qué nivel del mapa estamos? ¿Por Navarra? Utilizamos el comodín del público para llamar a la persona adecuada que nos dio la solución y... nos desviamos hacia TUDELA.

No pares, sigue, sigue: ¡Esta fiesta no termina! Aparcamos, nos hicimos con un pañuelo rojo para mimetizarnos con el entorno y cenamos un kebab que me supo a gloria. ¡Los pueblos en fiestas son lo mejor! Nos metimos en un círculo humano en el que no podías parar de correr, bailamos en la calle, bebimos, nos reímos muchísimo y nos hicimos una caricatura para inmortalizar el momento. Dormimos en el coche como benditas. A la mañana siguiente nos despertó una fanática del pueblo: llevaba todos los complementos necesarios para ser la perfecta peñista (pañuelo, gorro, recuerdos de la romería...) ¡hasta se había pasado a ver a la virgen del pueblo! Cuando descubrimos que la fan número 1 de Tudela era nuestra amiga... decidimos que era el momento oportuno para terminar el viaje.

FIN

Moraleja: Empezar un viaje a priori "planeado" y terminar haciendo kilómetros como cosacas para acabar en un pueblo de Navarra en fiestas el mismo día en que has estado en Burdeos... ¡no tiene precio y merece ser contado!

Moraleja 2: Si os pasa algo similar, recordad que al mal tiempo, buena cara. ¡Fue un viaje memorable!

Recorrido original: en morado.
Recorrido improvisado: azul, rojo y amarillo.
Despertarse en Burdeos y acostarse en Tudela en fiestas... ¡no tiene precio!

25 de junio de 2014

El que mucho abarca... se estresa

El título de esta entrada lo dice todo. Y es que, dependiendo de cómo seas, cuando viajas te gustaría ver absolutamente TODO.
Es más o menos lo que me pasa a mí. Y es un horror.

¿Por qué?
La respuesta es tan evidente como decir que no se puede ver todo. Llegas a un lugar nuevo y tienes el tiempo contado: un fin de semana, 15 días o 7 meses. Qué más da, el lugar a donde vayas siempre será más grande que el tiempo del que dispongas para verlo. Esta máxima debería grabármela a fuego cada vez que voy a un sitio nuevo, porque siempre lo olvido y termino estresándome...
En mi defensa diré que no siempre he sido una viajera agobiada. Antes iba a un sitio y veía todo lo que podía, pero sin agobiarme, sin pensar que "me estoy dejando cosas". Llegaba a un lugar nuevo, lo visitaba, hacía actividades y elegía qué cosas me apetecía ver más ("¿museo o paseo por la ciudad?". Nunca elijo museo...); todo sin consultar una guía.
Sin embargo, desde hace unos años me he vuelto un ser agobiante y que da la brasa para verlo todo. Lo peor es que desconozco la razón, pero me temo que tiene que ver con el valor que tiene el tiempo en mi vida diaria ("Rápido, sólo tengo un fin de semana para ver a toda la familia... Rápido, para un día que hace bueno tengo que salir a aprovechar el sol... Rápido, si pierdo este metro llegaré tarde a tomar una cerveza..." Y así entro en un bucle infinito que me persigue hasta en mis vacaciones). Si pudiera, me iría de viaje sin mí, porque viajar así es morir de estrés. Sobra decir que por esta razón no soy la mejor compañía para ir de vacaciones y, encima, el pensamiento de "esto me lo he dejado de ver" eclipsa los buenos momentos de mi viaje.

Para todos aquellos que sufran de esta misma enfermedad y estén hartos, como yo, o para aquellos que sufran en primera persona las consecuencias de un compañer@ de viaje así, aquí os dejo un par de consejos para volver más zen a vuestro compañero de ruta o para dejar el "vicio" del estrés (no porque nos guste, sino porque una vez que caes en él, cuesta salir. Me parece que algo así debe pasarle a los fumadores...):

- Si sois gente organizada, os aterroriza ir de viaje sin haber previsto las cosas y lo primero que metéis en vuestra maleta es una guía, mi consejo es: de acuerdo, preved las cosas, reservad hoteles o lo que sea y leed algo sobre el sitio a donde vais. Al llegar al destino podéis pasaros por la oficina de turismo a pedir consejo sobre qué hacer, cuándo y dónde. Pero NO carguéis con la guía a todas partes, salíos del recorrido propuesto por esta misma e indagad un poco sin saber dónde estáis. Perderse mola y, aunque no veáis lo "establecido", apreciaréis mil veces más poder disfrutar de un viaje placentero y en paz.

- Si sois del mismo estilo que la gente del párrafo anterior, pero ni de coña os separáis de vuestra guía y pasáis de "perderos"... En ese caso, estáis condenados al estrés. O, podéis optar por la opción mucho más sana a nivel cardíaco "vamos a ver todo lo que nos han recomendado pero seleccionando". Esto es, si no hay tiempo para todo, en lugar de ir corriendo de aquí para allá, podéis elegir qué cosas vais a "sacrificar". Vale, no lo veréis todo, pero vuestro corazón os agradecerá el descanso y además tendréis la excusa perfecta para volver: "es que nos dejamos cosas por ver", siempre cuela.

- Si por el contrario sois gente que solía querer ver todo lo posible, pero sin llegar a pensar que malgastaríais vuestro viaje si no lo conseguíais: ¡bienvenidos a mi grupo! Ahora os habéis vuelto unos brasas y unos compañeros penosos, ¡pero no todo está perdido! El secreto para volver a disfrutar viajando (que no visitando cual guiris de primera, mapa en mano a todas horas) es... que no lo sé. Pero yo creo que los tiros deben ir por: dejar los agobios antes de subir al avión y disfrutar con lo que el viaje ofrece. ¿Que apenas veis monumentos? Pues más tiempo habréis tenido para ver paisajes. ¿Que apenas "veis" cosas? Pues más tiempo habréis tenido para "sentir" cosas (que es lo que luego uno recuerda). ¿Que no es lo que esperábais? Pues no haberos leído la guía de cabo a rabo, insensatos. ¿Que no habéis leído la guía para no ir en plan "lo quiero ver todo" y ahora os arrepentís porque no sabéis que ver? Pues a la oficina de turismo o, mejor aún, ¡a preguntar a los habitantes! Y así sucesivamente.

Puede parecer superfluo decirlo, pero lo importante de un viaje no es tanto seguir lo que pone en la guía para no perderte nada, como adentrarte en un lugar nuevo y descubrir qué tiene y cómo te va a hacer sentir. Recuerda que la guía es, al fin y al cabo, una recopilación de las vivencias de uno o varios autores y que su viaje nunca será el mismo que el tuyo, aunque vayáis a los mismos sitios, visitéis los mismos museos y comáis en los mismos restaurantes. Una guía está bien para hacerse una idea de la historia, la cultura o lo que podemos encontrar en el destino. Pero no es una guía de tu viaje. Tu viaje es lo que ves, lo que sientes y lo que vives. No malgastes tu viaje pensando que te estás dejando cosas, porque verlo todo es imposible y porque el que mucho abarca...

20 de junio de 2014

Cuando te vas, ya no vuelves

Hay muchos tipos de viajes.
Están los viajes que todos conocemos: turistas dispersos por el mundo disfrutando de sus vacaciones (15 días en la playa, visitando otro país o aprovechando para estar en contacto con la naturaleza). Estos viajes tienen una fecha, y cuando llega el día, vuelves.
Y después están los otros viajes. Los que "duran". Los que parecen viajes pero no lo son porque el lugar a donde vas será tu casa. Será tu casa durante un mes, un año o una década. Será tu casa "temporal", pero al fin y al cabo será tu casa. Son viajes que "duran" porque independientemente del tiempo que te vayas, van a durar en tu recuerdo, en tu percepción de ver el mundo. De estos "viajes" nunca vuelves.

Cuando te vas de tu "primera casa" por un tiempo (da igual dónde, puede ser a la ciudad vecina o a la otra punta del mundo), vas a cambiar. En ese momento tú no lo sabes y puede que la gente que te rodea tampoco lo sepa. Pero vas a cambiar, y mucho. Adaptarte a nuevas compañías, nuevos retos y, si estás en el extranjero, nueva lengua y nueva cultura es algo que tu forma de ver las cosas no puede ignorar. Da igual que cambies mucho o poco, para mejor o para peor... porque cuando vuelvas a tu primera casa te darás cuenta de que la persona que dejó el nido no va a volver. Porque ya no existe.

Al principio será duro: nadie verá inmediatamente el gran cambio que se ha operado en ti, y tu antiguo "yo" seguirá por ahí pululando y dando guerra por volver a ser como antes. Pero tú no quieres ser como antes porque te gusta la persona en la que te has convertido. O al revés, intentas sacar a flote la persona que eras tras el naufragio que te ha convertido en alguien que no te gusta. Sea como fuere, vuelves a tu primera casa después de "tanto" tiempo y... todo sigue igual. Te parece increíble que la vida de los demás sea la misma de antes cuando la tuya ha cambiado tanto. Te parece increíble que la gente que te rodea tenga una mente tan cerrada cuando se aprende tanto mirándose menos el ombligo e interesándose más por qué hay ahí fuera. Pero si vuelves definitivamente a tu primera casa, terminarás por encontrar un equilibrio entre quién eras y quién eres, los demás terminarán por ver quién eres ahora y dejarán de "presionarte" para que seas quien eras antes. Tan solo dale tiempo al tiempo.

Pero cuando no vuelves a tu primera casa, cuando sigues "viajando" y dejando casas a tu paso, el proceso es un poco distinto. Has cambiado incluso más que la primera vez, has tenido varias casas en los últimos años y has dejado en el camino amigos con los que pensaste que nunca perderías el contacto. Al principio te encanta la sensación: no eres de ninguna parte y a la vez lo eres de todas, tienes amigos en todos los rincones del mundo, has aprendido tanto que sólo puedes pensar en seguir abriéndote (de mente, mal pensados) a nuevas experiencias, culturas y personas, sabes que no volverás a tu primera casa porque hay tanto que ver que una vida no te va a ser suficiente. Es un sentimiento magnífico y te hace capaz de poder con todo. Sientes que te vas a comer el mundo y das gracias por la suerte que tienes de poder vivir una experiencia así. Y es en este punto cuando los nómadas del siglo XXI se dividen en dos grupos: los que siguen así el resto de su vida los nómadas auténticos‒, y los que no.

Por eso si sólo eres un nómada amateur o no has sabido organizarte y guardar un equilibrio, llega un momento en el que te da un bajón. Eres de todas partes pero en realidad no eres de ninguna, y tu sitio está allí donde tú quieras, pero se ha desplazado tantas veces como tú, que ya no sabes dónde quedarte para tenerlo todo; no quieres decir adiós a mucha gente que se te queda en el camino pero tus pasos te han llevado tan lejos que cuesta volver, y tienes que aprender a "dejar ir" contra tu voluntad. Cuando cruzaste el umbral de la puerta de tu primera casa sabías que vivirías en otro lugar, harías otros amigos y tendrías otra "familia", te enamorarías de tu nueva ciudad y aprenderías muchas cosas. Pensabas que te ibas por unos meses pero que un día volverías a tu "verdadero hogar". No sabías que a partir de entonces ya no serías la misma persona. 

Nadie te previno. Nadie te informó de que a partir de entonces querrías estar en todos los sitios al mismo tiempo. Nadie te reveló que tú cambias con cada destino y que no serás la misma persona a medida que te mudes, no serás la misma persona que te unía a tus amigos en otros lugares. Nadie te explicó que, aunque quieras, no puedes volver porque ya no es "tu sitio". Nadie te avisó de que a partir de entonces tu hogar iba a estar esparcido porque te has dejado cachitos del corazón repartidos por todo el mapa. Nadie te advirtió de que tu hogar es tu gente y tus recuerdos, y ahora "tu gente" está por todas partes y te toca elegir por qué punto cardinal te decantas; y tus recuerdos te la van a jugar, porque te acompañarán a cualquier parte y se asegurarán de que siempre "te falte algo".

Nadie te dijo que, si te vas, ya no vuelves.
Pero el viaje merece la pena.

Ellos lo explican mejor que yo:

"El síndrome del eterno viajero es la sensación 
de no estar a gusto en ningún sitio 
porque necesitas estar en otros. 
Es la ansiedad que sientes al pensar 
que nunca serás feliz en un solo lugar. 
Es una enfermedad... que te salva la vida."

http://algoquerecordar.com/posts-destacados-el-sindrome-del-eterno-viajero/

18 de junio de 2014

Cuba: Lo que te han contado vs. Lo que vives

Todos conocéis la sensación: sale una nueva película, y toda la gente que conoces que la ha visto te habla de ella como la mejor película que han visto en años, o la más divertida, o te describen emocionados los mejores efectos especiales del siglo... Y cuando por fin vas a verla, porque es LA película, dices: está bien, está muy bien, pero no es para tanto. Lo mismo pasa cuando dices a la gente que te vas de vacaciones a Cuba: empiezan a contarte las maravillas de cuando ell@s estuvieron allí. Hasta la fecha, nadie me ha contado haber vivido una mala experiencia en este país. Por eso, yo que me hago ilusiones en seguida, tenía las expectativas por los aires (aunque puse mucho empeño en que no fuera así, para no llevarme posibles decepciones). Pero claro, cuando tus padres (que acaban de visitar Cuba por primera vez) te cuentan una maravilla tras otra, otro de tus amigos está enamorado del país y el resto de tus conocidos no paran de repetirte lo bien que te lo vas a pasar y lo guay que es... pues te vas ilusionando, te vas ilusionando... hasta que llega el primer día en La Habana y no sabes muy bien qué esperar, y tienes miedo de perderte aquello de lo que tanto te han hablado y convertirte en la primera persona que conoces para la que Cuba no es tan excepcional como para el resto de seres humanos. Más o menos es lo que me pasó a mí. Cuba me encantó, aunque no sé si tanto como pensaba que lo haría.

Hay aspectos sobre los que me contaron cosas increíbles y no fue para tanto (como la ceremonia del cañonazo en la Habana, aunque sí, hay que verla) . Hay cosas sobre las que me hablaron y fue casi tal y como me lo habían contado. Y hay cosas sobre las que nadie me habló y fue genial descubrirlas por mí misma, verlas a través de mis propios ojos, sin una idea preconcebida. Por si estáis pensando visitar Cuba y vuestros conocidos empiezan a deciros "Bua, ya verás es genial porque..." o "me encantó por tal y tal...", mi consejo es: escuchad lo que os dicen, y si os dan buenas direcciones aún mejor, pero id como si no supierais nada de las experiencias de los demás y concentraos en vivir vuestro viaje, no el de los que ya estuvieron allí. Dejad en la aduana la idea que os hayáis podido hacer de cómo será, olvidad lo que os han contado, y preparaos para disfrutar de lo que Cuba os pueda ofrecer. Porque un mismo país siempre cambia con cada persona que se aventura en él, y la percepción que haya podido tener tu vecino no será la misma que la tuya. Yo no seguí mi propio consejo y este post es el resultado de ello.

Cómo me contaron Cuba:

La gente:
    • todo el mundo es majísimo, se desviven por ayudarte con lo que sea. Nada de caras largas, siempre muy agradables.
    • viven tan en la miseria que muchos te piden una ayudita (jabón, bolis, que les compres alguna cosa, dinero...).
    • los cubanos te van a tirar mucho los tejos.
La música, el ambiente y los bailes:
    • ¡En cada esquina hay música! ¡A todas horas, en cualquier parte!
    • hay mucho ambiente, en cualquier parte se baila y todos los cubanos bailan requetebién.
La comida y la bebida:
    • "Los mojitos son los mejores que hemos probado nunca".
El transporte:
    • Cuba está llena de coches americanos de los años 50.
    • los autobuses (omnibus) de los cubanos son un armatoste de hierro... y en contraposición los de los turistas son autobuses normales, como los de Europa
La vida comunista:
    • hay mucha miseria, viven con lo necesario e imprescindible y todo lo reutilizan hasta el infinito; de todo sacan provecho
    • allí todo el mundo es mecánico y electricista, por necesidad. Los que tienen carreras universitarias (la mayoría de la población) se dedican al turismo (taxistas, camareros, guías, etc.)
    • las ciudades están en ruinas
Así que, sabiendo tantas cosas de Cuba y habiendo oído tan buenas historias, estaba convencida de que iba a ser el viaje de mi vida. No lo fue.
¡Personas del mundo que me han hablado de Cuba, yo os maldigo!

Cómo yo viví Cuba:

La gente es muy  maja. Siempre muy agradables y viven muy en la miseria. No me pidieron cual mendigos (excepto en una ocasión y el tío fue bastante borde cuando le dije que no...) y sin embargo pensé que casi siempre te intentan timar. Para mí, que no estoy acostumbrada a negociar, fue la perdición. Los taxistas, los cocheros, los que contratamos como guías, los restaurantes, los vendedores... No lo critico y obviamente no fue todo el mundo, pero a veces me sentía un pelín turista estúpida.
Ni los cubanos me tiraron (tanto) los tejos (quiero creer que porque iba acompañada y no por fea...) ni me sacaron a bailar. ¡Esto sí que no me lo esperaba! Me dije: "soy joven, sé bailar un poco y soy maja, no se me resistirán". Angelico... descubrí que los cubanos prefieren sacar a bailar a las maduritas, y si están con el puntillo de tantos mojitos, mejor. Cuando vi el panorama decidí tomar cartas en el asunto y pedirles que bailaran conmigo directamente, pero no contaba con que tuviera que ponerme a la cola (estaban muy solicitados)... para al cabo de un par de canciones ser olvidada. En 10 días, el número total de bailes con un cubano auténtico fue de... 3. Respecto al tema de la música y el ambiente, también me quedé un poco decepcionada. Me temo que también dimos con los lugares incorrectos en el momento incorrecto, y en lugar de un ambiente a lo Dirty Dancing, terminamos en un par de garitos donde la pista, además de grande, estaba vacía y donde había un desfile de chicas "de compañía". Tampoco vimos ninguna rueda callejera, pero creo que para eso hay que ir más bien a Santiago.
¿Los mojitos? Deliciosos (casi todos, porque en el todo incluido de Varadero... parecían sacados de la piscina), "pegaban" fuerte y mezclados con el calor hacían que no sintiera las piernas.
Lo que no me esperaba, y doy gracias por que nadie me hubiera prevenido, es que hubiera taaaanta gente por la calle, a todas horas, en cualquier parte. Los que dicen que Nueva York es la ciudad que no duerme, deberían pasarse por La Habana. Increíble.
No esperaba tampoco encontrar tanta propaganda. Luego lo piensas y, claro, es lógico en una dictadura... Había leído 1984 y me parecía estar dentro de un libro similar, versión caribeña. Reiniero, nuestro cochero del primer día, era hijo del castrismo. Su discurso parecía sacado de un mitin y fue el más claro ejemplo de cómo muchas personas repiten lo que se les dice que es la verdad.

Tampoco sabía que Cuba, y sobre todo La Habana, tuviera un olor: a petróleo. No sabía que el viento soplara tan fuerte que te deja ciego y sucio. No sabía que las olas sobrepasaran el malecón y se adentraran hasta las casas. No sabía que el agua de la cisterna apenas tuviera presión y que los frigoríficos apenas conservan los alimentos fríos. No sabía que el zumo de azúcar de caña fuera una "viagra natural" (Reiniero dixit). No sabía que en las calles hay todo tipo de vehículos. No sabía que casi todo el mundo allí es un artista ni que muchos chapurrean el ruso. No sabía hasta qué punto la gente busca alguien que le abra las puertas al resto del mundo.

Con qué me quedo de mi viaje:


Con Cárdenas, que no estaba prevista en el viaje pero como casi siempre, lo más imprevisto termina siendo lo mejor. Allí vimos un mercado, probamos frutas típicas y bebimos sin preocuparnos por si el agua nos haría ponernos malos... visitamos dos museos y aprendimos un montón de cosas guiados por un amigo.

Con La Habana, descubrir su olor, su calor pegajoso y perdernos por las calles para terminar encontrando un comercio donde tomamos zumo de guarapo por tan solo unos céntimos.

Con haber trabado amistad con un cubano al que le iba bien entablar conversación para olvidar una discusión con una amiga.

Con haber flipado con las cosas que no sabía y quedarme enamorada de los colores y la arquitectura.

Con el paseo por la playa a la luz de la Luna llena y haber pasado miedo cuando una nube la tapaba.

Con ver ponerse el sol sobre la línea del firmamento en el océano.

La Habana (foto de Google)
Y, sobre todo, me quedo con la esperanza de poder volver algún día.

16 de junio de 2014

Croacia, ese gran desconocido (para mí)

Este ha sido mi último viaje. La elección fue simple: quería un país al sur, con sol, playa y precios baratos. Hasta ahora nunca me lo había planteado, aunque últimamente la gente me había hablado muy bien de este destino. Y Ryanair hizo el resto... un vuelo de ida y vuelta a 65€ y 4 días bien acompañada para un viajecito en plan relax y en amoureux.

Croacia mola mucho. Antes de ir miré algunas fotos en google y flipé. Pero ¡nada que ver con la realidad! Lo bueno de irte de viaje sin saber qué te vas a encontrar es eso, que lo te encuentras suele ser mucho mejor de lo que hubieras imaginado. En mi ignorancia, desconocía completamente que Croacia tuviera tanta historia romana y unos paisajes tan idílicos. Por desgracia no tuvimos tiempo de descubrir mucho: un presupuesto ajustado y un fin de semana largo no dan para más, pero aun con todo ¡no paramos! En 4 días vimos 3 ciudades y sin estresarnos en absoluto. ¿Cómo es posible? El secreto está en el tamaño:

Pula, capital de la región de Istria y ciudad en la que dormimos, se ve en 2 o 3 horas. No miento. Bueno, si entras a ver los monumentos y museos, tal vez necesites un poco más. La primera noche que pasamos allí lo vimos todo, aun sin saberlo. Fue a la mañana siguiente cuando, guía y mapa en mano, nos dimos cuenta de que la ciudad ya no escondía secretos para nosotros. Eso sí, vimos el anfiteatro con todas las luces del día. Cuando más me gusto fue al atardecer. ¡Qué atardeceres tiene Croacia! Aquí os dejo una humilde muestra, ya que mi talento fotográfico y mi cámara de fotos con la pantalla rota no dieron para más:


Rovinj y Poreč, las otras dos ciudades que vimos, son increíbles pero increíblemente pequeñas. Esto nos pilló de sorpresa y aprovechamos el mismo día para ver las dos. Rovinj ha sido la que más me gustó.

Arquitectura de "casas viejas"



Tiene una arquitectura de "casas viejas" como a mí me gusta y unas vistas preciosas. Además, antes de llegar a Croacia no sabíamos qué ciudades visitar...






Rovinj desde el aire (gracias Google por esta foto)



Pero Rovinj la vimos desde el avión y una vez en Pula la describimos y preguntamos qué ciudad era. El promontorio molón se conoce como "ciudad roja", y nos bañamos justo a los pies de la iglesia que está en el centro (y que se llama Santa Eufemia). Sí, sí, justo ahí donde la flecha.




Poreč también es muy bonita e igualmente pequeña. Es conocida por su Basílica Eufrásica, que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Sobre esta ciudad leímos en la guía que la basílica era lo más de lo más, así que allí que nos fuimos. Y como suele pasar cuando te haces expectativas... te llevas un chasco. La basílica es una pasada y si vas a Poreč hay que verla, pero nosotros esperábamos lo más de lo más. Eso sí, lo que me impresionó mucho son los mosaicos: ¡se conservan súper bien y son del siglo IV!

 



El hecho de que estas ciudades fueran pequeñitas nos permitió ir a la playa 2 días en lugar de uno, como habíamos previsto en un principio. El agua estaba un poco fría, pero es tan clara y el paisaje es tan idílico, que te dan ganas de meterte todo el rato. Para los que no lo sepáis (como era mi caso) las playas no son de arena, sino de roca (no de gravilla, no, de roca). Tal vez queráis prever unas chanclas adaptadas al medio para poder andar por las rocas e ir a descubrir los rincones más bonitos (huid de la playa donde está todo el mundo, los paisajes son mejores cuando te alejas de la multitud). Las fotos están aún por llegar...

Para completar esta guía de cómo ver Istria en 4 días, aquí van algunos consejos prácticos:

Croacia no es caro. Si eres estudiante o tienes un presupuesto apretado, es el destino perfecto.

- En Pula puedes comer raciones tamaño XXL por unos 4 o 5€. ¿Dónde? Aquí.

- Si lo que buscas es un destino para ir en pareja y/o en plan relax, Croacia es la respuesta.

- Si estás pensando en hacer un recorrido por Croacia, te aconsejo no reservar hotel en ninguna ciudad. Es muy fácil encontrar alojamiento, basta con encontrar en la estación de bus gente que te lo ofrece (más bien ellos te encuentran a ti) o con pasearte un poco por la ciudad y buscar placas que digan "sobe" o "appartement". Mi consejo: visita varias casas, compara precios y elige; negocia el precio y, si es posible, quédate en casa de alguien que hable inglés, así os entenderéis más fácilmente. Además, si una ciudad te gusta más o menos, tendrás la oportunidad de cambiar cuando quieras.

- Muchos de los restaurantes tienen a gente que intenta que te quedes a comer en su restaurante. Esto no está mal, te permite comparar precios y cuando les dices que no, te despiden con una sonrisa. Pero si hay alguno un poco desagradable que apenas te da tiempo a expresarte, HUYE. Nosotros caímos en la trampa y pagamos las consecuencias: tardaron media hora en servirnos y nos cobraron a 1€ una salsa blanca...

Llévate el bañador siempre. Aunque tengas pensado únicamente visitar una ciudad, o te parezca que no hace tanto calor como esperabas, o creas que es un coñazo ir siempre con la toalla y una mochila a cuestas. Las aguas cristalinas, un sol que no perdona y la posibilidad de bañarte en casi cualquier rincón harán que te arrepientas de no poder darte un chapuzón si no has cogido el bañador...

Y por último, mi TOP 5 de lo mejor/peor del viaje:
  1. Ir sin haber previsto nada. Sin casa, sin saber qué hay que visitar, sin hablar el idioma.
  2. Los paisajes. Solo me arrepiento de no saber plasmar en una foto lo que me flipa.
  3. Los monumentos romanos. ¡Están por todas partes! Desde los mejor conservados hasta los que están esparcidos por las calles (partes de columnas, frontones...) como si nada. ¿Lo mejor? Toparnos con el teatro romano de Pula y con el frontón de Poreč.
  4. El carácter mediterráneo. Cruzarse con gente agradable, sonriente, sin prisas... y todos bronceados!
  5. La cama. ¡Dormí como nunca! Súper cómoda, grande... Habría sido perfecta de no ser porque tuvimos una compañía con la que no contábamos... Pero eso ya lo dejo para otro día.