25 de septiembre de 2014

Integrarse en Bélgica

Si alguna vez visitáis Bélgica y comenzáis a ver gente joven vestida con túnicas feas y sucias, o llevando gorras tan extrañas como horrendas (a menudo con una visera de 20 cm de largo)... No os asustéis, es totalmente "normal". ¿Y por qué digo "normal" y no normal? Es una larga historia...

Manneken-Pis con la toga y la penne de la FPMS
(Facultad Politécnica de Mons)
Hace ya 4 años aterricé en el que sería a partir de entonces el país en el que me siento casi como en casa: Bélgica. Hasta poco antes no sabía nada de Bélgica, excepto que su capital era Bruselas y que el Parlamento europeo estaba allí. Sí, muy mal. Para cuando me fui allí de Erasmus al menos había aprendido que hacen buenas patatas fritas, que son conocidos por sus mejillones (moules) y que el país estaba dividido en dos, lingüísticamente hablando. Llegué allí de rebote: mi idea era aprender a hablar francés en mi último año de carrera; París habría sido mi primera opción, pero había mucha competencia y mis notas no estaban entre las mejores, así que opté por un destino más pequeño y asequible: con pocas plazas y desconocido para que nadie lo solicite y auto obligarme a hablar francés. Y así fue que me planté en Mons, una mini ciudad estudiantil muy mona pero muy desierta (los fines de semana). Aunque mi plan de conocer a pocos españoles se fue al garete (ya comenté que poco importa el destino, siempre hay muchos españoles).

El caso es que yo iba decidida a aprender francés, así que me junté con los españoles pero, sobre todo, me junté con los belgas. Esto fue posible gracias al azar que hizo que me alojara en una residencia llena de ingenier@s belgas y algunos españoles que en seguida me pusieron al tanto de una especie de "prueba" que había que pasar para asistir a muchas fiestas de belgas (información que recabaron de un estudiante belga muy majo que se lo aconsejó con creces). Dicha "prueba" consistía en una integración y se llamaba bleusaille, ni más ni menos. Esta prueba (o bleusaille) no está restringida a los estudiantes nacionales, ni mucho menos, pero es casi desconocida a los extranjeros. O les parece tal locura que ni se les pasa por la cabeza hacerla. Es una prueba de larga duración y, en el principio mismo, me recordaba a las que tienen que pasar los universitarios de EE. UU. para acceder a las fraternidades (sí, eso que tanto se ve en las películas). Digo de larga duración porque había que superar 2 o 3 semanas (depende de la facultad) muy duras, y digo que me recordaba a las fraternidades porque sólo habiendo superado dicho período como bleu (es decir, el estudiante que afronta las pruebas) tienes acceso a un montón de ventajas (no sólo las fiestas, sino también intercambio de apuntes, clubes de radio, cerveza más barata, descuentos en viajes organizados...).

Así que allí estaba yo, resuelta a superar esas 2 semanas fatídicas aunque sin saber muy bien por qué (a lo mejor por la filosofía de "lo que empiezo, lo termino" o tal vez por ganas de ver qué había al otro lado de tanto sufrimiento). Cada facultad de cada ciudad belga tiene sus integraciones y sus normas y sus pruebas, pero coinciden en algunos puntos:
- Durante 2 o 3 semanas los bleus deben esforzarse por aprender los cantos de su facultad
- Deben tratar con respeto a todos los poils y plumes (los estudiantes que ya han sobrevivido a la integración y que llevan al menos un año de universidad), sin importar la facultad, y aprenderse el nombre de aquellos con quienes ya ha tratado. Se dirigirá a ellos siempre diciendo "Bonjour Poil Fulano" o "Bonjour Plume Mengana"
- Irán vestidos/disfrazados de acuerdo a las directrices que reciban el primer día y llevarán colgando un cartel de cartón en el que se indique su nombre, apellido, edad, carrera universitaria, facultad y regional a la que pertenece (esto último puede no existir en todas las facultades)
- Deben vender todo tipo de elementos (bolis, lápices, alfombrillas para el ratón, reglas, chucherías, pegatinas, trapos, llaveros abrebotellas, etc.) que les son administrados por la "fraternidad" y recaudar el máximo dinero posible (cuanto más dinero ganas, mejor te tratarán a la hora de recontar las ganancias)
- Deben soportar todo tipo de humillaciones, peticiones, pruebas y gritos por parte de los poils y plumes

Nuestra fraternidad se dividía en 4 "regionales" y te tocaba en una u otra dependiendo de dónde vinieras, pero esto no quería decir que no pudieras relacionarte con las personas que no estuvieran en tu misma regional. Puesto que nosotros éramos un grupo de españoles y éramos Erasmus (y, por lo tanto, atravesamos fronteras) nos pusieron en la regional Frontalière. Esto quiere decir que, además de los cantos de la facultad y vender todo lo que he dicho antes, había que aprenderse los cantos de nuestra regional y vender sus zarrios también.

Sin embargo, una vez que se nos asignaba la regional, lo primero de todo era ser apadrinado o amadrinado. Tu(s) padrino(s) y/o madrina(s) se encargaría(n) de ayudarte, guiarte, explicarte cómo son las cosas, darte ánimos y motivarte para que llegaras al final de la bleusaille. Todo esto sin desvelar el gran secreto del día del bautismo... (aunque a veces te dan pistas). Para encontrar un padrino y/o madrina, o varios (no hay límite), tienes que subirte a un cajón enorme de madera, con tu cartel de cartón colgado al cuello y gritar cuáles son tus cualidades, decir que estás súper motivado para hacer la bleusaille y por qué. Tienes que venderte, vamos. En este caso el número de padrinos no importa mucho (claro que es mejor tener varios que uno solo) ya que lo que más prestigio te dará será el número de estrellas en su gorra (cuantas más estrellas, más veterano y respetado es). Nosotros conseguimos 5 padrinos (ninguna madrina, lo cual fue duro para mí ya que los otros españoles eran chicos), no porque fuéramos lo que todo estudiante belga quiere, sino porque nos pusieron de oferta. Sí, como lo oís: apadrinar cuesta unos 15€ por bleu a cada padrino, por eso quieren asegurarse de que han hecho una buena compra. Nuestro grupo de Erasmus éramos 5, y nuestros padrinos pagaron 15€ por todos (o sea, unos 3€ por cada uno...). No es necesario decir que ningún belga tenía muchas esperanzas puestas en nosotros (aunque se equivocaron porque ¡terminamos como unos campeones!).

Con el apoyo de tus padrinos/madrinas, tu regional asignada y tu cartel colgando del cuello ¡ya estás listo para empezar el sufrimiento! (quiero decir, ¡la integración!) Las semanas que seguirán tendrás un horario fijo pero compatible con tus clases (de hecho es obligatorio asistir a clase durante la bleusaille). Básicamente consistía en: a primera hora de la mañana (las 6 a.m.) tienes que ir a la radio de la facultad para bailar al ritmo que te pidan, hacer la conga y, a veces, comer crêpes. Después había que ir a clase. Sobre las 12 p.m. tienes que reunirte en la puerta de la facultad politécnica (que es donde yo "me integré") y formar una fila con el resto de tu regional; te dan un bocadillo y te llevan hasta el local que tu regional utiliza como sede, allí dedicas las horas siguientes a aprenderte y practicar los cantos regionales pertinentes. Al finalizar, debes dirigirte a la residencia (siempre en fila y cantando) y a las 15 p.m. comienza otra ronda de cantos (los comunes a toda la facultad). Podrías pensar que a las 17 p.m. ya eres libre pero, en el caso de que no haya ninguna actividad organizada, debes dedicar la tarde a vender todos los artículos inútiles que te han dado y a estudiar los cantos hasta conocerlos de memoria. A veces, sin embargo, había actividades organizadas que podían ser de dos tipos: un suplicio o algo guay (aunque casi siempre eran una mezcla de ambas). Entre las actividades "suplicio" había elección entre: la tarde deportiva (que terminaba siendo algo guay y divertido) o la tarde de "imitaciones" (que también terminaba siendo entretenida). Como actividades "guays" se contaban una salida a la piscina, donde se organizaban juegos de agua; la soirée fillot-parrain (fiesta ahijado y padrino) que era al principio de la bleusaille y se consagraba a pasar una buena tarde acompañado de tus padrinos jugando a juegos de mesa o a meterte en un disfraz de sumo y hacer lucha (inofensiva); el méchoui, que al principio era una actividad suplicio pero resultó ser una divertida barbacoa en el monte; o el concurso roi/reine de bleus (que resumiré diciendo "concurso de beber cerveza). Seguramente olvide algunas más, pero estas eran las principales (claro que también varían en función a la facultad). A excepción de los días en que la actividad ocupaba toda la tarde, el resto de días estaba bien visto que fueras al bar de la residencia (donde se concentraban todos los poils y plumes) a seguir vendiendo, a memorizar sus nombres y a soportar (en mi caso) que te pidieran cantar La Cucaracha hasta las 12 a.m., que era el toque de queda para los bleus.

A lo mejor puede no parecer tan horrible como dije que sería. Es porque no quiero asustar a nadie y porque todavía no he explicado qué pasaba durante el ramassage... El ramassage tenía lugar 2 tardes por semana, sobre las 8 p.m. Era el momento en que los poils y plumes te ponían más a prueba: ¿cuánto has vendido? ¿conoces los cantos? ¿cómo me llamo?... Todo esto acompañado de gritos, lloros, cantos, voces afónicas (de tanto cantar, en el caso de los bleus, o de tanto gritar, en el caso de los poils/plumes). Tenía lugar en una gran sala llena de mesas, en cada una de las cuales había un comité regional o, simplemente, unos enviados especiales que conocían bien los cantos y te hacían pasar el "examen". Si habías vendido bien, si conocías los cantos que te pedían y sabías los nombres de las personas, no tenías problema; te darían más cosas para vender y libre. Pero si no vendías bien, si no sabías los cantos ni los nombres... entonces era lo peor. Como extranjera nunca fueron demasiado crueles conmigo, pero mirando a mi alrededor (cuando podía) veía vasos de cerveza volar por las cabezas de los bleus, amenazas de cortar el pelo a las chicas (nunca eran verdad) o gritos que me hacían sentirme en algún lugar mezcla del servicio militar y un campo de concentración. Lo "normal", vamos.

Todo este suplicio, por supuesto, era voluntario. Había muchísimos bleus que lo dejaban; algunos el primer día, y otros casi al final. Era durante el ramassage o después de este cuando más bleus decidían irse. Yo sé por qué me sometía a ello: aprender el idioma y conocer a belgas para practicarlo, pero también por curiosidad por la cultura y por ganas de formar parte de algo que no existe en absoluto en nuestro país. Esto es, un folclore estudiantil de locos. Una vez pregunté a un amigo por qué lo hizo y, obviamente, sus razones fueron muy diferentes de las mías. En general, los belgas lo hacían un poco por tradición (sus padres lo habían hecho, por ejemplo) e imagino que también por las fiestas que se montaban... Éste en particular me dijo que lo hizo para superar su timidez.
Una cosa que me gustó de la bleusaille, sin embargo, fueron los principios que se "inculcan" a las chicas. Puesto que nuestra integración era en una facultad de ingenieros, había tan pocas chicas como os podáis imaginar. Y es por esto que hacían tanta piña e insistían tanto en conocer a las nuevas bleuses y que las nuevas las conocieran a ellas. Durante la bleusaille nos prohibían maquillarnos o ponernos guapas porque los chicos debían valorarnos por lo que éramos y no por cómo nos vistiéramos o arreglásemos. Por desgracia, cuando todo terminó me di cuenta de que a cada año se veía a las nuevas chicas como una amenaza, como rivales. Claro que no todas eran así, pero me dio pena darme cuenta de que, terminada la bleusaille, ellas mismas no se aplicaban los criterios algo feministas que nos habían exigido.

Tras dos semanas interminables, después de mucho sufrimiento y también muchos momentos divertidos, llegaba la prueba final: el último día, el bautismo. La noche anterior se dedicaba la tarde/noche a hacer una fiesta con bailes, cantos, chistes... en la que todos participaban y nadie sufría. Al final de esta velada, todos los bleus y los poils/plumes togés (los jefes del cotarro) subían al escenario y, con el resto de estudiantes, cantaban conmovidos la canción de la facultad. Recuerdo sentirme muy emocionada aquella noche, por el ambiente que había y porque ¡lo había conseguido! En 24 horas estaría bautizada (aunque no sabía qué quería decir aquello) y completamente "integrada". En el camino ya había hecho varios amigos y tenía muchas ganas de "estar al otro lado" y conocer a más gente. Durante esta fiesta nos felicitaron, nos dijeron que lo habíamos conseguido y que en unas horas todo habría terminado. ¡Ya me sentía como si todo hubiese terminado! Pero también nos previnieron de que el bautismo sería el peor día de todos y que nada de lo que pudiéramos imaginar sería tan malo como la realidad...

El último día tuvimos que disfrazarnos, y empezamos un desfile con el resto de facultades de la ciudad. Durante dicho desfile, que duró varias horas, teníamos que cantar mejor que nunca y más alto que cualquier otra vez. Nos sometían a todo tipo de pruebas asquerosas para las papilas gustativas y terminamos al pie de la colegiata, cantando (cómo no) el canto de la facultad. Después a las chicas se nos llevaron corriendo, mirando al suelo mientras sólo escuchábamos gritos. En momentos así el valor de un apretón cariñoso en la mano era lo único que podíamos decirnos para transmitirnos ánimos; recuerdo tomar la mano de muchas chicas aquella tarde. El día del bautismo las plumes me llevaron aparte y me dijeron: "Hoy será el peor día de tu vida, nada de lo que ha pasado durante estas semanas ha sido tan horrible como lo que te espera. Pero sé fuerte y aguanta, en unos minutos habrá acabado". Yo me reí un poco, nada podía ser peor que aquel desfile, que los ramassages y las pruebas a las que habían sometido a todos los locos que se atrevieron a llegar al final de la bleusaille...
Me equivoqué.
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Hasta aquí puedo leer, o más bien escribir. Juré sobre la penne (esa gorra horrenda) que jamás revelaría el secreto y, ¿de qué sirve conocer una cultura si después se traicionan sus creencias?
No obstante, fue una muy buena decisión y en ningún momento me arrepentí. Ahora, mirándolo con la perspectiva de varios años atrás... me digo que aquello es una locura y que están majaras, pero me alegro de formar parte de ello y de haber tenido la oportunidad de conocer tantas costumbres del país y de vivirlas como si fueran mías propias. Sin duda no me esperaba todo lo que me aportaría una bleusaille (aún más teniendo en cuenta que no sabía lo que era). Si desde un principio me hubieran dicho en qué consistía (y cómo terminaba) jamás se me habría ocurrido meterme en semejante "fraternidad". Da miedo y tal vez a vosotros también os parezca que es peor que la mili. No estáis equivocados pero... para mí fue toda una experiencia y la oportunidad de hacer amistades que aún conservo. Tan sólo hay que comprender que forma parte del folclore estudiantil belga, que, por cierto, lleva más de 175 años de historia... Y es que, ¡no siempre tenemos la oportunidad de adentrarnos en los caminos más desconocidos de la cultura de nuestro país de acogida!
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Para más información, podéis visitar esta página (aunque solo está disponible en francés).

23 de septiembre de 2014

Como un pájaro

Odio todo lo que tenga que ver con despegar los pies del suelo -ya sea por mar o por aire- así que odio volar, aunque por suerte he superado bastante mi miedo a los aviones (porque hubo una época en que entraba en pánico con la mínima turbulencia). Sin embargo, la crisis de los 25 (o lo que sea) y las ganas de vivir una experiencia inolvidable me embarcaron en un viaje de altura.

Como (casi) todos los viajes memorables, surgió de una proposición a la que las amigas nos apuntamos sin darle muchas vueltas. Oye, ¿no os gustaría hacer parapente? ¡Sí! ¡Eso hay que hacerlo al menos una vez en la vida! Así que, tras unas búsquedas en Groupon, concertar una fecha, ponernos de acuerdo en la altura de la que saltaríamos y reservar un albergue la noche anterior al viaje, nos fuimos hacia el Valle del Tena para hacer parapente (que, dicho sea de paso, no teníamos muy claro ni cómo funcionaba).


Haríamos el descenso desde Panticosa a las 9 de la mañana, por lo que dormimos en Biescas (para que el madrugón no fuera tan duro -aunque sí lo fue...). Hasta la noche anterior no fui consciente de lo que iba a hacer (al contrario que mi padre, para el cual estaba loca) y al acostarme comencé a pensar en todo lo que no sabía sobre el parapente: ¿te tiras al vacío desde un precipicio? ¿lleva un motor? ¿tienes que correr? ¿hará daño al aterrizar? y, la peor pregunta de todas: ¿qué pasa si algo sale mal? A la mañana siguiente aquellas dudas y miedos se habían multiplicado y habían adoptado la forma de unos nervios/estrés/ganas de hacer pis/carne de gallina/calores de hiperventilación que fueron acrecentándose conforme nos acercábamos al punto de encuentro. Ay, ay, ay... ¿En qué nos hemos metido? Cuando los monitores llegaron en su 4x4 para subirnos hasta la montaña de la que despegaríamos yo pensaba que nada me podría calmar, así que empezamos a hacer bromas y todo tipo de preguntas (algunas estúpidas y otras muy pertinentes, que conste) conforme subíamos. Unos 40 minutos después llenos de baches y aplastamiento en el coche, disfrutando de las vistas, solo podía pensar "Si el paisaje es bonito desde el coche, va a ser una pasada desde el cielo". Y los nervios se me quedaron en el camino.

Feliciana al poco de despegar
Hasta que llegamos. Bajaron las velas o alas (o como se llame) y empezaron a desplegarlas en una pendiente (por suerte no demasiado pronunciada) mientras nos explicaban cómo iba a ser el despegue. Tenéis que correr todo lo que podáis colina abajo, y alzaremos el vuelo muy suavemente. ¿¡Correr lo más deprisa que podamos!? ¿¡Y si resbalo por la hierba mojada y me caigo!? Entonces yo te ayudaré a levantarte rápido (respuesta que no me tranquilizó tanto como el monitor esperaba). Nos ponen los arneses, un casco (que yo pienso, ¿para qué? si te la pegas el casco no hace nada y si no te la pegas pareces un paleto en las fotos), una mochila y te atan a la vela. Ya no hay vuelta atrás. Mira, tienes que correr lo más rápido posible hasta esa piedra, y si al llegar te digo "¡corre!" tú sigue corriendo, pero si te digo "¡para!" tienes que frenar en seco porque habré visto algo que no me guste en el ala. Vale (¿vale? Ay madre mía, ¿y si me caigo antes de llegar a la piedra? ¿y si al llegar a la piedra me dice "para" y yo no puedo parar o me resbalo y el viento nos eleva y salimos volando con un problema en el ala?)... "¡Corre!".

Y eché a correr colina abajo, sin resbalarme, sin caerme y sin pensar en la piedra. En seguida los pies se me levantaron del suelo y solo pude coger aire de la impresión (que estaba más en mi cabeza que en la realidad). No me esperaba que fuera a ser un despegue tan suave, aunque todos los pensamientos mal rolleros regresaron cuando me di cuenta de dónde estaba y colgada de qué. Por suerte el monitor me dio conversación en seguida y pude disfrutar de un paseo súper tranquilo, sentada por los aires, disfrutando de las vistas, sintiendo el frescor del Pirineo en la cara con un viento a 6845 kilómetros por hora. He de reconocer que como deporte de riesgo da tanto miedo como montar en pony. Hasta me sentía una abuelilla sentada cómodamente y avanzando despacito por el aire mientras sobrevolaba un Milano (para los que no lo sepan, como era mi caso, es un ave rapaz) y veía patos a lo lejos, en el pantano. Es impresionante sentirte como un pájaro, sin nada que se interponga entre la tierra y tú mismo. Claro, el vuelo así se hace incluso un pelín aburrido, así que me dieron algunas vueltas, cambios bruscos de dirección y aceleramientos... ¡Me río yo ahora de las montañas rusas!

Haciendo unos giros no muy fuertes... (para el monitor)

Sobrevolamos un pantano, un valle, un ave rapaz, un pueblo y aterrizamos tan suave que apenas me di cuenta de que estaba ya en tierra. Supongo que el aterrizaje depende de dónde estés, en mi caso fue sobre un campo de fútbol así que solo tuve que levantar las piernas y dejarme deslizar con el culo (que va protegido por una mochila casi tan larga como yo) un par de metros. Y después el ala del parapente cae delante de ti suavemente, te levantas y no tienes palabras para explicar la experiencia. Te dices que ha sido muy corto (yo pasé en el aire unos 15 minutos, pero me parecieron menos de 10), muy suave, muy emocionante (sobre todo con los giros), muy fácil, muy seguro y muy bonito.

Es una experiencia que sin duda repetiría y, aunque sé que no da miedo, ni vértigo, ni se grita, ni se sufre, seguro que volvería con nervios, pensando en la ladera que hay que correr, si me voy a caer, si las cuerdas tendrán un problema. Es gracioso pensar que la parte donde más adrenalina se siente (al menos según mi experiencia) es cuando todavía estás con los pies en el suelo. Sólo vuelas durante unos minutos, que se hacen muy cortos, así que no merece la pena pensar en que algo podría ir mal. ¿Cuántas veces puedes volar sintiéndote como un pájaro, disfrutando tranquilamente del paisaje? No merece la pena malgastar ni un segundo con miedo, el paisaje es demasiado bonito para eso. Se lo recomiendo a todo el mundo.

Sanas, salvas y felicianas después de aterrizar


Si estáis en este tema tan pez como yo, aquí van algunas aclaraciones en lo que respecta al parapente:

- No te tiras por un precipicio al vacío: corres por una colina y remontas vuelo poco a poco
- No da vértigo ni miedo. Lo único que da mal rollito es pensar que estás colgando de un trozo de tela a cientos de metros de altura. Lo mejor es obviar este hecho y disfrutar de las vistas.
- Todas las vueltas, cambios bruscos de dirección y emociones "fuertes" se hacen bajo tu consentimiento. Antes te preguntan y, si lo que quieres es disfrutar de un viaje tranquilo, basta con decirlo.
- Lo he descrito como un paseo de abuelos, porque al ser el primer vuelo nos lo hicieron muy tranquilo. Pero claro, ellos se adaptan al gusto del consumidor, si quieres marcha... bajas rapidísimo con tanto giro y con esa impresión de tener el estómago al revés. Pero si no, es muy agradable y relajante.
- Al parecer hay muchas "federaciones" que no son legales, así que antes de ir aseguraos de que están inscritas en donde corresponda, certificando que todo está en regla.
- Ellos suelen aconsejarte qué ropa llevar, pero por lo general se necesita: ropa abrigada, botas de trekking o deportivas, gafas de sol (nosotras no las echamos de menos, por ejemplo) y guantes.
- Se puede utilizar una cámara de fotos propia y, si no, los monitores suelen ofrecerte la oportunidad de contratar fotos que hacen con sus cámaras Go Pro. Claro que si tienes una, eso que te ahorras.
- El parapente, como la mayoría de deportes de este tipo, es bastante caro... (digamos que tirarse desde 1000 metros cuesta alrededor de 90€). Por eso es interesante buscar en Groupon ofertas que lo hagan un poco más asequible si no sois unos ricachones.
- Si estáis pensando en practicar un deporte de riesgo pero no queréis empezar demasiado fuerte, ¡el parapente es la respuesta!

Y dicho  esto solo me queda desearos...

 

                       


¡Buen vuelo!

4 de septiembre de 2014

Los mejores (y más baratos) sitios para comer en París

París, la cocina francesa, baguette por aquí, crêpe por allá... Oh là là, todo refinamiento y elegancia. Y de repente, ¡cataplún!, nos damos de narices con el precio. Demasiado bueno para ser barato. Y es que la comida francesa es excelente, pero todo tiene un precio. Pero si vosotros, como yo, disfrutáis de una buena comida (y a ser posible contundente); si, como yo, preferís no gastaros los ahorros o el sueldo del mes en un restaurante; o si, como yo, a menudo viajáis con un presupuesto ajustado y no os podéis permitir La Tour d'Argent... aquí os dejo mi lista de los mejores sitios (y más baratos) para comer en París cuando se viaja con un presupuesto ajustado:


Au P'tit Grec

Comenzamos por un clásico de los habitantes parisinos. Seamos sinceros: habéis venido a París y una cosa está clara: ¡no podéis iros de aquí sin haber comido una crêpe! Las hay por todas partes de la ciudad, dulces, saladas, caras, menos caras... (Casi) todas estarán deliciosas, pero ninguna lo estará tanto ni os saciará como las que cocinan en este pequeño restaurante de la Rue Mouffetard. Si os dejáis caer por aquí, es posible que tengáis que esperar un poco, pues las colas que se forman a veces llegan a la otra acera, pero merecerá la pena (y es que su reputación lo precede, son las mejores crêpes de París). Además de una excelente calidad y un tamaño más que aceptable por el precio que se pide (alrededor de los 5€ o 6€), el servicio es muy agradable y la localización es perfecta: situado en una calle muy frecuentada y animada, con bares a buen precio y ambiente agradable; y a menos de 5 minutos andando del Panteón y de la mezquita. Lo único malo es que no tiene WC.

Tribal Café

Pocos conocen la existencia de este bar, donde se puede comer un buen plato de cuscús o de mejillones con patatas fritas por el precio de una cerveza. Sí, sí, como lo oís. Los miércoles y jueves sirven acompañando a la bebida un plato de mejillones con patatas fritas (moules frites), y los viernes y sábados un buen plato de cuscús. La pinta solo cuesta 3'5€ (2'85€ durate la happy hour), pero si venís para cenar (sirven los platos gratis a eso de as 21h) venid con una hora de antelación, ya que este bar es desconocido a los turistas, pero siempre está lleno de parisinos que buscan los planes más baratos.

Bouillon Chartier

Al contrario que el anterior, este restaurante es ampliamente conocido tanto por turistas como por locales, lo cual no implica que sus precios sean elevados. Presenta una gran variedad de platos típicos franceses (del tamaño de tapas) a un precio muy asequible. El interior está decorado como un tren antiguo, haciéndonos olvidar la época en la que vivimos. Eso sí, suele estar abarrotado por lo que las colas para entrar son habituales y no es de extrañar que os sienten en la misma mesa que unos desconocidos. Puede parecer una falta de intimidad, pero ¡muchos aprovechan esto para establecer conversación con los vecinos! Por desgracia, debido a sus dimensiones y su gran afluencia, los camareros no se detienen mucho tiempo en cada mesa y, mi teoría es que algunos platos no los cocinan en el momento, sino que los recalientan...


Ama Dao

Este pequeño restaurante está a las afueras de París, por lo que su situación no es la más práctica si solo se viene por unos días y con el tiempo justo para ver los monumentos más importantes. Pero si os perdéis por Levallois o, simplemente, queréis probar uno de los mejores bobuns de París, no dejéis de venir. El servicio es muy agradable, los ingredientes son frescos y el precio es asequible: por 10€ podréis comer un saludable plato vietnamita. Si bien el restaurante es muy pequeñito, sus platos no lo son tanto.

Sahil

Este restaurante indio-paquistaní tiene una decoración horrorosa, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Una vez dentro y sentados en las sillas cuyo plástico no ha sido retirado completamente, podréis pedir platos copiosos por 6€, grandes vasos de lassi por 3€ y menús por menos de 10€.

Flam's



Es una cadena (hay 4 o 5 en toda la ciudad) en la que se presenta un plato típico de Alsacia: la flammekueche. Es una especie de pizza rectangular y muy fina. En sus orígenes consistía en una fina capa de pan que se metía al horno para comprobar la temperatura de este. Posteriormente, se añadieron otros ingredientes (cebolla, bacon, nata, champiñones...) y empezó a servirse como plato. En este restaurante se puede elegir el menú (¿una sola o buffet libre?) y los precios son razonables (especialmente si se contrata el buffet libre, pues por menos de 15€ el camarero te trae flammekueches hasta que dices basta). No es tal vez la comida más sana (suelen llevar una base de nata o crema fresca) pero es perfecto para descubrir la gastronomía alsaciana a un precio reducido.

Chez Gladines

He de reconocer que me atrevo a recomendar este popular restaurante vasco a pesar de no haber estado (todavía)... No obstante, todas las opiniones de amigos y conocidos apuntan en la misma dirección: raciones enormes, buen precio y mejor calidad. Cuando abrieron el primer restaurante, tuvo tanto éxito que unos años después se vieron obligados a abrir otros más en la capital gala. Aun así, es frecuente hacer un poco de cola (y es que los restaurantes con raciones abundantes son más bien pocos por estos lares).


Y de postre...

Maison Berthillon

Un helado de la heladería más mítica y reconocida de París: la maison Berthillon. Muchos lo consideran el mejor helado de París y he de decir que ¡están deliciosos! Está situada en pleno centro de la ciudad, en la Isla de St Louis (la cual está repleta de heladerías) y aunque no son los más baratos... merece la pena hacer la cola para después disfrutar de su sabor contemplando Notre Dame desde algún puente cercano. ¡Atención! Si vais durante el verano es posible que estén cerrados por vacaciones...

Y con esto y un bizcocho, os deseo... BON APPÉTIT !

27 de agosto de 2014

3 años

Se me ha pasado muy despacio y muy deprisa a la vez. Y aquí estoy, 3 años después.
Llegué a París cargada de ilusiones y maletas, con nervios y emocionada por empezar un proyecto nuevo. No sabía qué me esperaba en la ciudad con la que todo el mundo sueña, pero no podía creer mi suerte. ¡Un trabajo en París! ¿Quién puede presumir de un debut laboral así? Desde entonces no todo ha sido un caminito de rosas y libre de problemas, pero ha estado repleto de buenos momentos y ha sido (y es) un gran aprendizaje.
Y hoy, 3 años después de mi llegada, estoy hasta nerviosa y no sé qué escribir. Han sido tantas las impresiones, personas y momentos que han transcurrido durante este tiempo que seguramente voy a dejarme muchas en el tintero (voluntaria e involuntariamente), y otras menos importantes las escribiré "por rellenar"... pero más o menos, así han sido estos años en París:


¡1, 2, 3 reflexione otra vez!

Llegué sin darle vueltas al coco desde hacía tiempo, pero 2 semanas de soledad forzada a la búsqueda de piso, sin amigos ni nadie con quien hablar, me llevaron a hacer aquello de lo que no tuve tiempo ni ganas durante los últimos meses: pensar. Creí que me volvería loca, estaba yo sola con mis pensamientos, mis sentimientos y mis miedos. Repasando una y otra vez todos los problemas que me había bebido durante el último año y a los que no había querido dedicar tiempo para no sufrir. Llegaron todos de golpe y me sentí sola y desamparada como nunca. Dicen que pasar tiempo a solas con uno mismo es bueno y necesario, pero entonces me pareció una tortura, solo quería arrancarme de mis recuerdos. Descubrí que París es preciosa y triste como ninguna, y me acogió con mano dura, me atrapó en mi cabeza y me obligó a sufrir.

Hice grandes amigos con los que he pasado (y paso) largas horas charlando del sentido de la vida, qué buscamos y si deberíamos conformarnos y ser felices o unos eternos insatisfechos.

Dediqué tiempo a pensar qué querría hacer 7 meses después de mi llegada y después dediqué tiempo a no pensar en qué querría hacer (razón por la cual sigo aquí). Me dejé llevar por la comodidad de estar asentada y me conformé con no buscar lo que me apetece. Después París volvió a darme un sopapo con su mano de hierro y me obligó a replantearme qué quiero.

3 palabras: bueno, bonito, barato

París es caro, no todo el mundo se lo puede permitir y blablablá. Todo el mundo lo sabe. Pero no siempre es cierto. Si te mueves por los lugares indicados y no eres un adicto del lujo, las "3 b" pueden regir tu vida. Pude encontrar un alojamiento bueno, bonito, barato y pequeño en una residencia estupenda. Hoy en día, tengo un piso no tan bueno y nada barato pero con unas bonitas vistas. 2 de 3 no está tan mal, ¿eh?

Pasé mis primeros meses frecuentando bares baratos, comiendo en lugares tirados de precio y yendo a fiestas gratis. Después cambié mi estilo de vida de pobre a "joven trabajadora con un nivel aceptable" y comencé a ir al cine más a menudo, empecé a pedir cócteles sin quedarme con las ganas por el precio y a utilizar el dinero sin mirar tanto (o nada) la cuenta... Eso sí, sigo negándome a pagar 25 euros por una depilación de cejas, no por falta de medios sino por exceso de orgullo. En serio, ¿¡por unas cejas!?

3 experiencias inolvidables

Han sido muchas, muchas más. Pero si tuviera que quedarme con tres... aquí van las seleccionadas:

Conocer a mi primera amiga que fue, además, el trampolín para conocer a los demás. Después de semanas sin establecer lazos con nadie, recuerdo dormir satisfecha y feliz tras una breve conversación en el ascensor y una visita guiada de la residencia.

Las fiestas multiculturales improvisadas en casa. Ya lo comenté por aquí, pero han sido momentos de alegría, diversión y felicidad plena durante horas. Y es que, mi vida aquí ¡ha molado mucho!

Decir adiós y quedarme con el corazón "partío". Sentir que mantengo una relación a distancia con todo el mundo que conozco y que, inevitablemente, siempre me faltará alguien (más que nada porque son vidas y lugares de residencia incompatibles). Y a pesar de ello, estar feliz por poder tener un poquito de corazón en muchas partes del mundo. Duele y dolió mucho en su momento, pero ya se sabe que lo que no mata, ¡te hace más fuerte!

3 personas

¡Sería triste resumir todo a solo tres personas! Así que mejor los agrupo en 3 nacionalidades, en las que entran todos los que han hecho que París sea tan especial: me quedo con los africanos, con los antillanos y con algunos europeos.

El amor en 3 pasos

En París, la ciudad del amor (para los incrédulos, claro) he pasado 3 años acompañados de 3 fases amorosas: la número uno fue cuando llegué y pensé que no hay peor lugar para estar solo y enamorado (que no correspondido). Estás tú con tus circunstancias y nada más. Y te da para reflexionar mucho, demasiado.

¡La fase 2 es mucho más divertida! Es cuando te das cuenta de que París será conocida como la ciudad del amor pero... debe ser porque ¡es la mejor ciudad europea (que yo conozca) para estar soltero! Hay tantas cosas que hacer, tantos sitios a los que ir... Te invitan a una fiesta en una casa y hablas con un montón gente diferente... Te vas a bailar y no te sientes mal por repetir pareja... ¡Solteros de Europa, este es vuestro sitio!

Y la fase 3 es cuando caes en las garras de un francés. No sabes cómo pasa, porque a veces ni los soportas con sus quejas y su orgullo de gallitos (claro que no todos son así... pero casi :P), pero pasa. Y ahí estás tú, en la ciudad del amor (que ya no lo es para ti) con un enamorado. Claro que podría ser peor...

3 estaciones

Aquellos que no vivan en París pueden creer que existen 4 estaciones al año, como suele ser el caso del clima oceánico. Aquí os aviso: no es así.

Invierno hay, y vaya que si lo hay. Claro que no estamos en Rusia y las temperaturas son "aceptables", pero preguntad a mis padres qué opinan del tema y os dirán que ni se os ocurra venir durante esta época del año. Más vale prevenir que quedarse helado.

Otoño: pues también hay. Suele parecerse al invierno pero un poco menos frío (aunque ojito con noviembre...) y con suerte un poco más soleado.

Primavera: ¿esto qué es lo que es? Es el otoño, ¡que ya ha vuelto! Acompañado de lluvias, un poquillo de sol, gente que ya va en sandalias de la ansiedad de tanto llevar botas, y alergias como la copa de un pino, pero otoño al fin y al cabo.

Verano: ¿quién dijo que el verano en París es inexistente? Pues que sepáis que... ¡sí tenemos verano! Este año ha durado 1 semana y media, concretamente. ¿El resto? Una mezcla primaveral y otoñal, para que las chaquetas y las botas no cojan polvo en el armario.

Al menos dicen que cuando el cielo está gris las fotos salen más bonitas
3 ingredientes faltos en mi dieta

Sí, hay que comer bien. Lo sé, lo sé, y a veces hago los deberes y consigo pasar un periodo considerablemente largo de tiempo alimentándome bien. Pero la pereza es mucha cuando llegas a casa tarde de trabajar y hay que correr al supermercado... Por esto hay 3 elementos que no son muy abundantes (más bien inexistentes) en mi dieta parisina. Y los ganadores son...: vitaminas (me encanta la fruta, pero los supermercados de aquí venden algo que no lo es, sino que más bien podría considerarse plástico a precio de oro; y los mercadillos... casi nunca logro levantarme a tiempo para llegar. Soy así de vaga...), proteínas (podría considerarme vegetariana indirecta de tan poca carne y pescado que compro) y hierro (será por los gases o porque a nadie le gusta comer lentejas cuando no le obligan, pero creo que casi podría contar con los dedos de una mano el número de veces que las he cocinado).

3 ingredientes que sobran en mi dieta

Los que llevan las pizzas, las hamburguesas de McDonalds y ¡el queso de cabra marca Leader Price!

One, two, three, au revoir al inglés

Después de tantos años en Francia podría decir que me he vuelto completamente bilingüe, que he adquirido un acento francés que no deja ver mis orígenes y que nada escapa a mi entendimiento. Por desgracia, no es así. Vale, vale, podría decirse que soy "bilingüe" pero mi acento, si ha mejorado algo, sigue dejando bien clarito de dónde vengo y a dónde voy. ¿Y todo esto a cambio de qué? De tener un montón de influencias en castellano y hablar a trompicones y de... despedirme de mi inglés. Estoy cerca de comunicarme a lo indio con acento francés: "Ellou - my name is - Lucía, I'm from - Espain, Soggy".

3 golpes de buena suerte

A veces decimos que la suerte no existe. En ese caso, supongo que se me dan muy bien los sorteos. En lo que va de estancia parisina he ganado tres veces (bueno, en realidad cuatro) en sorteos de esos que "nunca" tocan. Dos veces en la fiesta de Navidad de la empresa: el primer año un kit de baño y perfumes; y el segundo unos súper auriculares. Otro de los grandes regalos caídos del cielo ha sido un pase anual para el parque Disneyland. Me apunté a un mail de publicidad y... ¡tocó! Estaba tan entusiasmada como si tuviese 7 años. Y el último pero más impresionante... redoble de tambor... fue un viaje a... ¡CUBA! Os lo conté un poco aquí. ¡Así de afortunada he sido!

3 objetos con historia

En algún cuaderno escribí que los libros en París cuentan una historia y tienen una historia, porque muchas veces los he comprado de 2ª o a saber qué mano. Me pasa con los libros y con muchas cosas que he adquirido aquí. A día de hoy, tengo al menos 3 cosas cuyo valor implícito es mucho más interesante que el objeto en sí mismo.

En el primer puesto tengo una compilación de algunas historietas de las 1000 y una noches en un libro que data de 1939. Lo compré en los bouquinistes, donde se pueden encontrar verdaderos tesoros a precio de ganga.

En segundo lugar y siguiendo con los cuentos, tengo un libro de historias para niños que compré porque una de ellas es la de la vendedora de fósforos. El libro se imprimió en 1945, así que no está en perfecto estado, pero cuando lo vi casi se me saltaron las lágrimas de emoción. Seguro que mi tía (¡hola tía!) imagina por qué, y es que siempre, siempre me lo contaba cuando era pequeña.

Y por último, aunque fue el primero que adquirí, unos guantes. Pero no unos guantes cualquiera, estos vienen ¡directos de Cuzco, en Perú!, y son súper chulos, llenos de colorines y últimamente se están descosiendo... Me los regaló un peruano que conocí de casualidad mi primera semana aquí y que me hizo patearme medio París a las tantas de la noche mientras me contaba su vida (y yo un poco la mía). Fue una historia a lo Antes del amanecer, pero sin ningún matiz romántico ni por el estilo, así que no penséis mal, pillines. Eso sí, no tuve que comprarme guantes para ninguno de los inviernos que he pasado aquí.

3 percepciones de París

París es maravillosa, no desde un punto de vista turístico; para entenderla y apreciarla hay que vivir en ella y vivirla.

París te cansa hasta caer extenuado. Hay momentos en los que la detestas y quieres perderla de vista para siempre.

París te atrapa, para bien y para mal. A ver quién es el valiente que la deja ahora...


20 de agosto de 2014

Qué tiene Edimburgo que no tengan las demás

Edimburgo fue mi primera vez.
Fue mi primera pesadilla y fue mi primer amor viajero. Tal vez por eso la veo con tan buenos ojos y es, desde entonces, mi ciudad preferida en el mundo.


Fue mi primer viaje sola. Bueno, cuando digo "sola" quiero decir sin padres, ni instituto, ni conocidos. En realidad me fui con una empresa de estas que hacen cursos intensivos en el extranjero (te apuntas a un curso de inglés y estás en un país extranjero durante X semanas viviendo en casa de una familia con la que practicar el idioma). Recuerdo estar asustadísima a la vez que súper emocionada. Vamos, un cosquilleo constante en la tripa. Recuerdo que había otros chicos de Zaragoza que no me cayeron muy bien (de hecho, me cayeron bastante mal) con los que intenté no entablar mucha relación y recuerdo sentirme aliviada al conocer a la gente con quien sí me llevaría muy pero que muy bien. Echo la vista atrás y me veo diminuta en el vestíbulo del colegio esperando con nervios que me asignaran a mi familia.

Me encantó su arquitectura. Las casas eran increíbles, de piedra, enormes, preciosas. Por desgracia, la mía era más bien feucha, a las afueras y un tanto sucia. La señora con la que yo y otros 6 estudiantes vivimos era grande y gorda, y cocinaba demasiado picante. Por esta misma razón casi nunca cenaba en casa y, analizándolo ahora desde la perspectiva de los años pasados, creo que no debieron de parecerle demasiado bien tantas ausencias de mi parte. Sorry!

Mis compañeros de casa eran encantadores, sobre todo la francesa gordita y rebelde y la rusa tímida con un flequillo horrendo. Compartimos una mini habitación en la que la señora embutió 4 literas y un armario cuyo olor era insoportable, resultado de todos los pares de zapatos almacenados (4 chicas adolescentes + 3 semanas de estancia = muchos zapatos). Los chicos estaban más "a sus anchas", solo eran 3, aunque imagino que su habitación debía oler peor que la nuestra. Ahora entiendo lo que la francesa (sí, he olvidado su nombre) decía sobre París y que no era la mejor ciudad para vivir (cuando lo contó solo pensé "no sabe la suerte que tiene, ¡qué quejica!) y aún la admiro por su voto de abstinencia contra McDonalds.

Me acuerdo de quedarme anonadada con todas las historias de brujas y magia que flotaban en el ambiente, y de pasar miedo haciendo el tour de los callejones subterráneos plagados de fantasmas. Y, si bien dio algo de miedo, también me reí a carcajada limpia con Rosa. Rosa, que era mi chaleco salvavidas cuando no entendía ni sabía decir algo en inglés. ¡Qué envidia me daba que supiera hablar tan bien! Entonces me pareció increíble tener más feeling y cosas en común con alguien de México que con los que venían de mi propia ciudad y tenían mi misma edad.

En Edimburgo casi me emocioné al entrar a la cafetería donde se escribió Harry Potter y descubrí Starbucks y que sí me gusta la nata (a veces) gracias a un belga (cabe decir que también conocí a los belgas, cuya existencia ni me había planteado hasta entonces). Cumplí mi sueño de infancia de ver el Lago Ness (que estaba en la lista de "cosas que ver antes de morir" junto con la muralla china y la aurora boreal) y amplié la lista de tal manera que he perdido la cuenta. Aprendí que en Europa los días duran muchísimo más que en España durante el verano (¡amanece sobre las 3 de la mañana y el sol se pone a eso de las 23h!) pero demasiado cortos durante el invierno (noche cerrada antes de las 16h... debe ser duro).

Ví la película Trainspotting porque se grabó allí, y viví los atentados de Londres en el propio país. Saqué mil fotos y escupí en una piedra en forma de corazón. Paseé Victoria Street mil veces sin comprar nada y visité el castillo sintiéndome en Hogwarts. Me quedé encantada con los gaiteros escoceses que tocaban en faldas en la calle y me pareció curioso que se cerrasen los parques por las noches. Aluciné con los cementerios de Reino Unido y hasta me pareció ver un fantasma. Reí a carcajadas acompañada y paseé tranquilamente sola. Me dije que en algún momento de mi vida tendría que vivir allí por un tiempo.

No todo fueron cosas buenas, también lo pasé muy mal y me dí cuenta de que no llamo a casa cuando no estoy bien para no derrumbarme: si no lo cuento, parece menos real y me siento menos vulnerable. Pero aunque algunas cosas no fueran tan bien como me habría gustado, hoy me alegro de que ocurrieran, porque forman parte de la primera y maravillosa experiencia de vivir en otro país. Gracias a Edimburgo sufrí mi primera pérdida de recuerdos cuando un problema informático hizo que todas mis fotos se borrasen del disco duro. Y aunque de allí sólo me llevé materialmente un osito de peluche, una boina escocesa y una sudadera que utilicé cada invierno hasta que me fue pequeña, me han quedado unos recuerdos magníficos y muchas, muchas ganas de cumplir con mi propósito de volver y pasar más tiempo.


¿Qué tiene Edimburgo que no tengan las demás?

Cuentos, leyendas, magia, y quema de brujas. Edificios preciosos y paisajes únicos. Rincones encantadores, grandes y frecuentadas avenidas, parques con vistas espectaculares, cementerios de cine, un verano muy luminoso. Escoceses simpáticos y un acento gracioso, un perro que es un héroe y un fantasma subterráneo. Un castillo y un dragón, casas de colorines, el nacimiento de Harry Potter, una "vergüenza" preciosa, dungeons que ponen los pelos de punta. Una colina y monumentos "a la romana", enormes cantidades de verde y una luz al atardecer preciosa.


¿Qué tiene Edimburgo que no tengan las demás?
Que fue la primera.

18 de agosto de 2014

Por qué irse de Erasmus es beneficioso para la salud

Llega un momento en la vida de todo universitario en el que se le ofrece la oportunidad de irse de Erasmus (bueno, más bien "llegaba un momento en el que se le ofrecía la oportunidad". Ahora no sé muy bien cómo está el tema de las becas...). El caso es que cuando eres estudiante y puedes optar a irte un año o unos meses al extranjero, muchos ni se lo plantean: van de cabeza. Otros son más reticentes y analizan los pros y contras. Y a otros no los mueves de casa ni con una palanca. Las tres posiciones son igualmente válidas. Yo, debido a los estudios que cursé, pude irme 2 veces de Erasmus (no, la beca no me la dieron 2 veces). La primera vez era obligatorio, pero si no lo hubiera sido habría formado parte del primer grupo. La segunda vez analicé un poco más las ventajas de quedarme o de irme. También me fui. Con esto quiero decir que mi opinión no es muy objetiva y que este post es mera propaganda para promover el intercambio cultural y lingüístico (o de lo que sea...) que ofrece el programa Erasmus (y similares).

¿Por qué irse de Erasmus es beneficioso para la salud?

Por los idiomas. Esta es la excusa razón que todo el mundo conoce y la que se utiliza para convencer a los padres de que una inmersión 100% en un país te convertirá en una persona bilingüe. Bueno, tiene algo de cierto. Si te defiendes en inglés, o en el idioma que sea, ampliarás tus conocimientos. Si, por el contrario, no sabes nada del idioma, puedes tomar dos caminos: juntarte con los españoles que haya en tu destino (da igual donde vayas, habrá españoles, y muchos) y mejorar tus conocimientos lingüísticos nacionales ("esta palabra en mi comunidad no se dice", "en el sur se utiliza tal o cual expresión..."); o intentar cambiar un poco de compañías, dar el salto internacional y aplicarte en el idioma (esto suena muy bonito, pero a efectos prácticos erasmusiles casi siempre quiere decir que te emborrachas como una cuba y entonces eres capaz de entenderte con todo el mundo).
Bromas aparte, irse de Erasmus es una oportunidad excepcional para aprender o mejorar un nuevo idioma. Puede que vayáis con muy buenas intenciones y dispuestos a olvidar vuestra lengua materna, pero a veces hay elementos con los que no contamos y que se interponen en nuestro camino. Por ejemplo, puede que la gente local no sea tan abierta ni esté tan dispuesta a juntarse con extranjeros como pensábais (requiere mucha paciencia hacer amigos a los que hay que explicarles qué significa tal o tal cosa o con los que utilizar un vocabulario más fácil...). Lo mejor es no juzgar esta actitud, ya que si estuvierais en su caso seguramente haríais lo mismo (¿o acaso sois amigos de los extranjeros que hablan mal español de vuestra clase? pues eso). Puede que el idioma del país al que vais se os dé fatal y estéis tan asustados que recurráis a la opción salvavidas: juntarse con los que conocen vuestra lengua. Es normal: estáis en un país extranjero y viviendo solos (muchos por primera vez), hay un millón de papeleo que hacer y no os enteráis de nada, y tenéis que sacaros las castañas del fuego hablando a lo indio. Suele pasar. Mi consejo es que si entabláis amistad con aquellos que hablen español, intentéis al menos no formar un gueto de hispanohablantes infranqueable por cualquier otro ser viviente: conocer al resto de Erasmus o a los estudiantes nativos es el quit del intercambio. O puede pasaros que entendáis el idioma y estéis decididos a no juntaros con ningún hispanohablante. Pues... ¡buena suerte! Porque estamos por todas partes. No podréis evitarlos, pero sí podéis racionar las frecuentaciones y abriros a nuevos horizontes.

Por conocer una nueva cultura. Vale, habláis el idioma del país desde que vais al parbulario, conocéis los grupos de música más famosos y siempre veis las pelis en versión original. Ya estáis súper inmersos en la cultura, pero no hay nada como una estancia larga para vivirla y comprenderla. Irse a un nuevo país para vivir en él (de hecho no estoy segura de que como turista se llegue a comprender verdaderamente una cultura) te enseña infinidad de cosas. Al principio muchas de ellas te parecerán extrañas, otras te harán gracia o te darán pena y hay algunas que jurarás no adoptar jamás. Conocer a los habitantes del país en cuestión es un plus que no podemos pasar por alto, porque te enseñarán las cosas más sorprendentes sin siquiera darse cuenta. Entender el por qué las cosas son así o asá es un conocimiento que no tiene precio. Es una experiencia maravillosa que nos abre la mente y nos cierra los prejuicios. Nos enseña a no juzgar y a no temer lo desconocido, y nos acerca como seres humanos. Se me pone la carne de gallina. ¿No os dan ganas de iros inmediatamente a experimentar algo así?

Por la familia. Sí, la que dejas atrás es muy importante y seguramente la echarás mucho de menos. Pero ahora mismo me refiero a la familia "que ganas". Estás en un país desconocido, donde se habla un idioma que tal vez no domines y, excepto si te has ido con algún conocido, estás más solo que la una. Todos tus mecanismos de socialización se activan. Y vaya que si se activan. Seas como seas (alto, gordo, tímido, maníaco de la limpieza, soez, hincha del Real Madrid, pijo, independentista...) harás amigos.Y no solo amigos, harás una piña inseparable con aquellos que están en tu situación. Puede que tu círculo sea de 4 o de 14 personas, pero en cualquier caso encontrarás en ellos el refugio que necesitas. En el Erasmus todo es muy relativo, y aquello que te parecía trivial en tu vida cotidiana adquiere un peso enorme. Las emociones son mucho más intensas y el tiempo se vuelve completamente relativo. Antes eras capaz de pasar una semana sin ver a un amigo y no pasaba nada. En el Erasmus, un día sin tener noticias de alguien de tu "círculo íntimo" te parece una eternidad e incluso llegas a preocuparte. Son tantas las emociones compartidas y los momentos (malos, pero sobre todo buenos) que os unen, que de repente te das cuenta de que, más que amigos, esas personas a quienes solo te unía un país de destino han pasado a ser tu familia. Nunca habías forjado lazos de amistad tan fuertes en tan poco tiempo; nunca habrías pensado que podrías ver lo bueno en aquella chavala con opiniones políticas totalmente contrarias a las tuyas, nunca habrías pensado que el chico que te ponía nerviosa al principio con sus chistes malos acabaría siendo como tu hermano. Es posible que al final del Erasmus pierdas el contacto poco a poco, o puede que conservéis la relación para siempre, pero en cualquier caso la gente con la que compartas la experiencia se quedará en tu recuerdo durante mucho, mucho tiempo.
.....

Pero si estas razones principales no os bastan (qué público más exigente...), tendré que revelaros las que solo conocen los que han vivido un Erasmus.

Por la fiesta. ¿A quién queremos engañar? El Erasmus mola por las fiestas. Incluso si estáis en el pueblo más remoto del rincón más desconocido del mundo... habrá fiesta. ¿Que no hay fiesta? La montaréis vosotros. ¿Que no hay bares? Crearéis house parties. ¿Que la bebida es cara? Os quedaréis sin cenar para que el alcohol os haga mayor efecto. ¿Que la música es un horror? Al final os encantará e incluso la bailaréis dándolo todo. ¿Que vuestros horarios son prontísimo por la mañana? Id a Reino Unido: allí la fiesta comienza tan pronto que acaba a la 1 de la mañana (una hora asequible para madrugar al día siguiente) ¿Que en las clases son exigentes con vosotros aunque no seáis nativos? Aaaah, pues haberlo pensado antes; ahora disfrutad un poco, no os agobiéis por las notas e intentad aplicaros en clase lo mejor que podáis.

Por la independencia familiar. Seguramente en vuestro caso esto no haga referencia a una independencia económicamente hablando, pero sí en términos de "espacio vital". Muchos estudiantes se quedan en las universidades de su ciudad y por lo tanto no necesitan mudarse y siguen viviendo en su casa (la de sus padres). Es por esto que el Erasmus representa en muchos casos la primera oportunidad para dejar el nido y lanzarse a la aventura de vivir sin los padres. Puede tener sus cosas buenas (no hay horarios, ni expicaciones que dar, etc.) y sus cosas malas (te tienes que hacer la comida, no tienes la protección y la seguridad que da tener a los padres cerca...). Pero una vez que te haces a la idea y que te acostumbras a ir a tu aire, es una experiencia religiosa: descubres que eres más organizado de lo que pensabas, que escondes a un cocinillas o, todo lo contrario, que eres un desastre pero te da igual porque nadie va a darte la tabarra para que cambies.

Por el amor. Seguro que conoces a alguien que se fue de Erasmus y volvió con novi@, ¿verdad? Y es que hasta el más patoso con los idiomas puede sucumbir a los encantos de los extranjeros. Es una prueba de que el amor no conoce de edades, ¡ni de fronteras! A lo mejor piensas que los amores de Erasmus duran eso, el Erasmus, pero yo conozco a varias personas que han encontrado a la persona gracias a este intercambio. Además, ¿hay algo más romántico que decir a vuestros hijos: "fíjate que el mundo es grande, y fui a parar al pueblucho donde encontraría a mi media naranja"?

Por el sexo. Es mundialmente conocido el juego de palabras "orgasmus". Son muchos los que van de Erasmus pensando que encontrarán la tierra prometida de los líos de una noche. Y a veces la encuentran, pero otras no. Es mejor quitarse esta idea de la cabeza (por si acaso eres de esos y te llevas una decepción) e ir con la intención de simplemente pasarlo bien. El resto dependerá de cómo seas y de cómo sean el resto de personas con quienes compartas la experiencia. Aunque una cosa es segura: con o sin sexo, va a ser inolvidable.

Por la gente. ¿Cuántas veces tienes la oportunidad en tu día a día de conocer a gente de todo el mundo? ¿Quién habría pensado que tu mejor amiga sería noruega? ¿Quién dijo que los alemanes son cuadriculados? ¿Y de dónde sacamos la idea de que los franceses son prepotentes? En muchos casos, el Erasmus es la puerta para abrir nuestras mentes un poco más, para lanzarnos al mundo de los viajes o para darnos cuenta de que hay personas increíbles en todas partes del mundo. Te ríes con tus amigos de todo el globo de los prejuicios que hay sobre unos y otros, y te das cuenta de que tienes más en común con un indio que con alguien de tu propia ciudad. Si es que en el fondo, y a pesar de lo que nos hagan creer, ¡somos todos iguales!

Por vivir en el limbo. Lo más cotidiano se vuelve importante y lo que era más importante, "desaparece" de tu vida. Vives en una especie de limbo "don't worry, be happy" en el que todo te parece muy lejano: tu familia, tus amigos, los problemas que tenías en casa, los comederos de cabeza del día a día, la rutina... Sabes que están ahí, que tendrás que hacerles frente cuando vuelvas, pero en ese momento estás "en pausa" de tu vida normal. Claro que no creo que lo mejor sea utilizar un Erasmus para "huir", porque en ese caso solo empeorarás las cosas, acarreando tu bagaje allí donde vayas. Pero sí estarás como en una especie de vacaciones de las preocupaciones (por eso se hace tan duro volver después).

Por la intensidad con la que vives todo. Lo he comentado unos párrafos arriba: todo adquiere una nueva dimensión e intensidad. Cada día es único, cada día hay un desafío. Y cada día lo superas. Te sientes súper poderoso porque el profesor te ha felicitado por tus buenas notas o tu esfuerzo, o porque te has bebido una cascada de cervezas, o porque has ido de excursión por la campiña inglesa y has sobrevivido a una lluvia torrencial durante 4 horas en el monte sin agua ni comida. Cualquier pequeño detalle te parece inmenso, vives cada hora con tal intensidad que tienes la impresión de llevar allí media vida y terminas conociendo a la gente con la que compartes cada momento como si los conocieras de siempre. Es un poco como vivir al límite pero sin arriesgar el pellejo. Nada de la vacuidad de lo cotidiano: sientes que vives de forma plena y eso, vale mucho.

Porque es una de las mejores (o la mejor) experiencias que vivirás en tu vida. Ahí lo dejo.
Y si no es así y tu Erasmus es una experiencia nefasta, estoy segura de que será una de las mejores en lo que a aprendizaje personal respecta. Así que...

¡NO OS QUEDÉIS AHÍ QUIETOS!


Todo parecido con la realidad Erasmus es mera coincidencia y ha sido reducido al mínimo común múltiplo. Si queréis haceros una idea de hasta qué punto mola hacer un Erasmus... ¡hacedlo! Podréis escuchar miles de versiones, a cada cual mejor, y pensaréis que es una experiencia sobrevalorada... Pero no llegará ni a la suela del zapato cuando la viváis.

8 de agosto de 2014

Ryanair: la compañía con un 90% de vuelos puntuales

... O eso dicen.
¿Alguna vez habéis utilizado esta compañía? Sobre ella se pueden escribir tantas historias como pasajeros ha tenido... porque telita. Se hizo famosa por sus precios súper baratos (lo cual corroboro, ya que compré vuelos de ida y vuelta a Bélgica por 12€, por 2€ a Londres e incluso una vuelta de Granada por la friolera cantidad de... ¡1 céntimo!). Qué tiempos aquellos... Claro que no es oro todo lo que reluce. En aquella época sólo te dejaban llevar una maleta de mano (nada de bolso o mochila adicional) con unas medidas muy específicas. Tanto, que si te pasabas de un centímetro, la tenías que facturar. Es increíble las artimañas que se inventaba la gente para no pagar de más... Pero el post de hoy se lo dedico a sus horarios.

Ryanair es una compañía barata y, por ende, se podría sospechar que es sinónimo de mala calidad: maletas perdidas, asientos incómodos, horarios no respetados... Pero, sorprendentemente, son bastante puntuales. Yo utilizo esta compañía desde que empecé a viajar y muy pocas veces he llegado más tarde de lo indicado en el billete. Si alguna vez habéis cogido un avión Ryanair que haya llegado puntual, os habrá sorprendido su musiquita anunciando orgullosamente que son una compañía con un alto porcentaje de vuelos que llegan a la hora indicada. Tiririiii ririiiiii y la gente aplaude. ¿Su secreto? Muy fácil: cuando compras el billete te indican la hora de llegada. Pero... se aseguran de guardar un buen margen. Esto es, si el viaje entre París y Barcelona dura, por ejemplo 1 hora 30 min, ellos indicarán que el vuelo tiene una duración de 2 horas. Así es difícil no cumplir con los horarios establecidos... Personalmente, a pesar de ser una compañía de asientos incómodos y en la que el vuelo está dedicado a vender todo tipo de productos, en lo que respecta a horarios tengo pocas quejas. Por lo general siempre van muy puntuales. ¿Siempre? No, siempre no. Cuando te fallan, lo hacen de verdad. Nada de un retraso de una o dos horas. No, Ryanair lo hace a lo grande. ¿Por qué digo esto? Dejadme que os cuente...

Érase una vez que se era una joven estudiante inexperimentada en el mundo aéreo y sus retrasos. Era ingenua y se consideraba aventurera, aunque pronto descubriría que cuando había problemas se ahogaba en un vaso de agua. Tras haber vuelto a casa por Navidad, como el turrón, se disponía a regresar a su país adoptivo de aquel momento, Reino Unido. Iba a ser un viaje largo, muy largo: vuelo desde Zaragoza a Londres y, una vez allí, un autobús desde el aeropuerto hasta la capital y otro de varias horas hasta el sur de Inglaterra. Allí le esperaría una caminata de media hora hasta llegar a su hogar. No importaba: era joven e intrépida y, aunque entraría por la puerta de casa a primeras horas de la madrugada, al día siguiente podría dormir hasta que el cuerpo dijera basta.

Se despidió de su familia y se dispuso a esperar en la terminal el embarque de su vuelo. Pasaron algunos minutos, y los minutos se hicieron un par de horas. Por entretenerse, llamó a sus padres para informarles del retraso: esperaba llegar a tiempo para coger el autobús que la llevara al sur. Al cabo de un rato, comunicaron que el vuelo que esperaba no llegaría a Zaragoza: había demasiada niebla para aterrizar. ¿Qué broma es esta? ¿Niebla? ¡Este piloto viene de Londres, tiene que saber cómo aterrizar con un poco de niebla! Al parecer no sabía, así que los pasajeros fueron informados de que serían transportados al aeropuerto más cercano, donde había aterrizado su avión: REUS. ¿¡Quéeeeee!? Catástrofe. La joven llamó a sus padres, intentando que la voz no le temblara: ya no quedaba esperanza, perdería su autobús. Apenas podía controlar los nervios. Sus padres acudieron al aeropuerto (en Zaragoza todo está muy cerca) y le preguntaron qué había pasado. Nada, un retraso... ¿Y qué vas a hacer? Intentaré coger el último autobús que sale de Londres con destino a Exeter, es a la 1 de la mañana, así que tal vez llegue a tiempo... Pero estaba tan nerviosa que, de tan solo explicar el plan, se le vino el mundo encima: "Dios mío, dios mío... ¿y qué hago si no llegamos a tiempo? ¿Dormir en la estación? Bueno, no es tan mal plan... mucha gente lo hace. No pasa nada, no pasa nada... no pierdas la calma" pensaba.

Tras dos horas de viaje y muchos nervios, llegó a Reus. Embarcaron a toda velocidad. El piloto se disculpó (...) y despegaron casi de inmediato. Llegaron a Londres casi a medianoche. Nuestra protagonista corrió tan rápido como sus botas le permitían para coger el autobús que la llevaría a la estación de Victoria Street. La otra opción era dormir en el aeropuerto, algo que en aquellos momentos también le parecía muy tentador, pero si llegaba antes de la 1 de la mañana podría coger un autobús... Durante el viaje entabló conversación con su compañero de asiento: las penas compartidas siempre son mejores y nos ayudan a mantener la calma. Le explicó su plan, y su plan B (en caso de no haber autobús, dormiría en la estación). El chico, que se alojaba en una residencia, daría la dirección a un taxista y así no se complicaría más. Llegaron a Londres unos minutos después de la 1 de la mañana. Se despidieron rápido y la joven echó a correr ("¡menos mal que la estación está al lado!"). Pero... pero... No, no puede ser. ¡No puede ser!
Queridos lectores, si alguna vez estáis en la misma situación, tened en cuenta que la estación de Victoria Street cierra por la noche.

Momento de estrés y desesperación. No podía permitirse venirse abajo: había que ser práctico y buscar una solución... Que no cunda el pánico. ¿Cuáles son mis opciones? Volver al aeropuerto y dormir allí: descartado, ya no hay buses que vayan. Rondar las calles de Londres hasta que la estación abra: heu... mejor que no, hace frío y me da mal rollo. Buscar un hotel y pedir alojamiento: sí, va a ser caro pero es lo mejor... Además conozco uno aquí al ladito. Y allí que se fue. Arrastrando su maleta, cansada, sudorosa y bien asustada. Por favor que haya plazas, por favor que haya plazas...

No hubo. Incluso preguntó al recepcionista si la dejaría dormir o quedarse en los sofás de la recepción. Nanay de la China. Aguantó las lágrimas que se amontonaban en sus ojos hasta salir del hotel y tras andar un par de metros... no pudo más. Se echó a llorar, desesperada, asustada y llena de impotencia. No sabía a dónde ir, hacía frío y tenía miedo. La total. En aquellos momentos de desesperación no se le ocurrió pensar en la opción más fácil: ¿a quién conozco que esté en Londres y pueda alojarme? Cuando se recompuso mínimamente (ahora ya sin sollozos, solo algunas lagrimillas corriendo por las mejillas) volvió a la estación donde la dejó el primer autobús. No sabía para qué, pero al menos era un sitio que conocía. No obstante, el destino decidió que ya había sufrido suficiente por aquella noche e hizo que se encontrara con el chico que había conocido en el autobús. ¡Cuánto se alegra uno de ver una cara conocida en una situación así! (incluso cuando esa cara te es conocida desde hace solo una hora). Ey, ¿qué ha pasado? ¿No tenías una residencia reservada? Sí, pero el taxista no sabe dónde es... creo que la dirección está mal. ¿Qué te ha pasado? Ah, nada, nada, se me ha metido algo en el ojo (¿de verdad pensaba que iba a creerme?) y es que estoy muy agobiada... Venga, no te preocupes, cogemos un taxi y que nos lleve a algún hotel.

Cogieron un taxi que los dejó una manzana más allá de donde lo tomaron, frente a un hotelillo. Buenas noches, ¿tienen habitaciones libres? Sí, son un-montón-de-libras-por-noche, ¿quieren una o dos? ¿¡A ese precio!? Una. ¿Cama doble? Noooooo, ¡dos camas! La joven sabía que había tenido suerte, al menos no estaba sola, pero aún así le daba canguele dormir con alguien que no conocía. Claro que el chico estaba en la misma situación que ella, ¿qué peligro iba a correr? Aun así llamó a su madre (sí, a pesar de ser las 2 de la mañana) y le explicó la situación. Le pidió que por favor la llamase al día siguiente a las 8h para coger el primer autobús que saliese para Exeter. Y se dispuso a "dormir" con el mal rollo de estar en la misma habitación que un desconocido (inofensivo, el pobre) cuando de repente... este ¡se quitó los pantalones! "¿Pero qué hace? ¿Dormir en calzoncillos? ¡Si no nos conocemos!". ¿Vas a dormir con la ropa? (parecía extrañado porque, claro, dormir en vaqueros no es especialmente cómodo) Sí, sí, así mañana no pierdo tiempo en prepararme ("já, lo que no pienso es cambiarme de ropa delante de nadie"). Vale, buenas noches. Sí... "buenas" noches.

A las 7:59 h su madre, que durmió peor que ella aquella noche, la llamó. La joven se despidió de su amigo de aventuras, se desearon buena suerte, y enfiló a la estación de autobús que... uf, estaba abierta. No penséis que el resto fue pan comido, pues aún tuvo que esperar varias horas a que hubiera una plaza en algún bus. Pero nuestra historia tiene un final feliz y, aunque con el pelo sucio y despeinado, unas ojeras que llegaban al mentón y la cara casi sin lavar, nuestra protagonista llegó a su destino sana y salva. Y aprendió que no merecía la pena asustarse y perder la calma. Y, mucho menos, tener miedo de un pobre chaval en su misma situación.

Moraleja: cuidadín con Ryanair. Cuando te la juegan... puede que termines en la calle, literalmente. 

(Con el tiempo y más incidentes viajeros, nuestra protagonista se "curtió" poco a poco en esto de la situaciones extremas y, al menos, ya no desespera tanto. Para eso está la primera vez ;-) )